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Aroma a fresas y caramelo. Muy intenso. Ese era el aroma que me atacó sin previo aviso como si de un perro callejero se tratara.

Lo primero que hice, tras detenerme de súbito, fue mirar al alfa a mi lado. Al igual que yo, Aran había notado las feromonas omega de inmediato y ahora mantenía la mirada fija
en dirección a donde probablemente estaba Illya. No parecía afectarle demasiado el fuerte olor sexual, pero no podía decir lo mismo de mí. Estaba en un estado demasiado delicado como para atreverme a pensar que volver a acercarme a un omega en su ciclo no me afectaría.

Tomé aire, con el molesto compuesto hormonal filtrándose por mis receptores sensoriales y siendo arrollado por la incomodidad en el proceso.

En ocasiones como esta, odiaba toda esta mierda de los segundos géneros. Carajo.

Apreté la mandíbula y le ordené a Aran quedarse donde estaba mientras yo me acercaba a la fuente del olor.
Como esperaba, Illya era el responsable. Para mi excelente desgracia. Estaba en un callejón apartado, sentado en el suelo, casi acostado, hecho una bolita y todo sudado y jadeante.

Al menos intentó apartarse de todos al meterse en esa callejuela, pero con semejante aroma, de poco servía esconderse. Cualquiera sería capaz de encontrarlo en segundos. No sabría decir si el chico era poco inteligente o solo no había tenido tiempo para pensar en otras opciones menos suicidas que sentarse ahí.

Suspiré, tan resignado como se me estaba haciendo costumbre y me acerqué más al omega inconsciente. Lo agité un poco para ver si era posible despertarlo y ahorrarme el trabajo extra, pero no. Illya solo hizo un inesperado y tierno sonidito gutural, movió las piernas como buscando algún tipo de alivio en sus zonas más sensibles y continuó medio en coma.

—Aish —exhalé.

No pensé demasiado en mi siguiente movimiento. Solo tomé una buena bocanada de aire y me agaché para tomar al pequeño acosador en brazos. Para fortuna de mis delgadas extremidades, no pesaba mucho, pero aún me costó enderezar las rodillas con esta carga extra encima mío.
Cuando encontré el equilibrio correcto y el omega dejó de removerse y volvió a hacerse una especie de rollito, volví donde me esperaba Aran, todavía con cara de absoluta indiferencia.

—Conozco a este chico —le expliqué—. Debo llevarlo a su casa, ¿me acompañas? —pregunté.

Sería prudente mantenerlo a mi lado durante el trayecto. No veía otro modo para que dos omegas llegaran sanos y salvos a su destino sin ser importunados por alfas atraídos por sus instintos... hasta que me acordé de que Aran también era un alfa.

¿Y si él también caía presa del deseo?
Lo miré, algo temeroso.

No tenía la fuerza para enfrentarlo si decidía hacer cualquier cosa, y por dios, no se porqué algo dentro de mi se sintió tenso al pensar en el pelinegro e Illya en la misma ecuación. Pero cuando Aran asintió con simpleza ante mi pregunta, sin cambiar la expresión, como si tener a Illya a menos de dos metros fuera el menor de sus problemas... joder, todo mi cuerpo se relajó de golpe.

En cuanto a acompañarme, sabía que no se negaría. El tipo estaba empeñado en llevarme hasta mi casa, pero nunca se sabe.

Era irónico si lo pensaba. Toda esta situación. No era amigo de Illya. Joder, ni siquiera me caía bien. Y sin embargo me ponía en esta incomoda posición para salvarle el culo, porque por muy mal que me cayera, no se merecía ser abusado por experimentar su ciclo en el momento y lugar equivocados.

Solté el aire, acomodé una vez más al omega y volteé hasta la calle que más rápido me llevaría a la propiedad de los Zancag.

Luego de un rato de rápida caminata y absoluto silencio, ya me sentía agotado. Le estaba exigiendo más de lo que podía a este cuerpecito delgaducho. Tampoco es que fuese fácil llevar en brazos a un tipo que no deja de retorcerse, pero no iba a arriesgarme a pedirle a Aran que lo cargara por mi. No confiaba tanto en su autocontrol, ni siquiera cuando sentía cómo mi temperatura subía y mi cuerpo empezaba a sentirse extraño como respuesta al celo de este tipo.

MATEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora