CHAPTER VII

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↳ IN THE DEEP.
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𝗌𝗒𝗅𝖺𝗌 𝗐𝗈𝗈𝖽

El aire en Kamchatka no se respiraba: se soportaba. Era pesado, helado, saturado del olor a metal oxidado y humedad. Cada calada de ese aire parecía raspar la garganta como si me estuvieran lijando por dentro. Antonov lo manejaba mejor; tal vez porque llevaba más tiempo aquí. O tal vez porque ya había perdido la esperanza hacía demasiado para seguir peleando contra el clima, contra el olor, contra todo.

Yo todavía no.

No podía.

El silencio en la celda era espeso como moco congelado. Si uno no prestaba atención podía creer que no existía nada fuera de esas cuatro paredes húmedas. Pero yo sí escuchaba. El zumbido eléctrico del pasillo. Los mecanismos metálicos abriéndose y cerrándose. Pasos lejanos. Gemidos que nunca sabía si eran humanos o producto de mi cabeza fatigada.

Y, a veces, muy a veces…

…el llanto ahogado de ella.

Seven.

Mei.

No sabía en cuál de sus nombres pensar. No sabía cuál era ella ahora, ni cuál iba a ser cuando la encontrara. En Nevada fue una paciente. Después, una aliada. Luego, una niña asustada que intentaba aprender a vivir sin que el mundo la aplastara. Más tarde, una sombra. Y ahora…
Ahora era un arma rehén.

Me pasé una mano por el pelo sucio. No recordaba cuándo había sido la última vez que pude lavarme. Quizá antes de que me encerraran aquí. Quizá antes de que me obligaran a firmar papeles de los que ni siquiera vi las letras porque me estaban partiendo la mandíbula a golpes.

Antonov, sentado contra la pared, abrió un ojo.

—Te mueves demasiado —refunfuñó en ruso.

—Y tú roncas como si tuvieras un oso muerto dentro —le respondí.

Hizo un gruñido seco, casi ofendido, y volvió a cerrar los ojos… aunque sabía que también estaba escuchando. Nadie en ese lugar podía ignorar el sonido de botas acercándose. Nunca se sabía cuándo venían por uno. Y cuando venían… no era para algo bueno.

Pasos.

Pesados.

Alineados.

Yo ya sabía distinguirlos. Estos no eran guardias patrullando. Estos eran guardias buscando.

Me levanté, sin hacer ruido, apoyando los dedos en los barrotes para evitar que mis piernas temblaran. La adrenalina siempre hacía eso: te preparaba para correr aunque supieras que no había dónde.

La sombra de dos soldados se proyectó en la pared. Antonov abrió el otro ojo.

—No hables —murmuró.

No pensé obedecerlo.

La llave giró con un rechinido metálico seco. La puerta se abrió y el soldado de la izquierda señaló directamente hacia mí.

—Этот. Вставай. (Este. Levántate.)

—¿Ahora qué? —pregunté mientras levantaba las manos despacio— ¿Van a darme un spa? Porque el servicio acá es pésimo, se los digo como cliente frecuente.

El soldado no entendió el chiste, pero sí entendió el tono. Me torció el brazo hacia atrás con una fuerza innecesaria.

—¡Ay! Doucement, por favor —dije en francés, porque si me iban a romper el brazo, al menos que pareciera sofisticado.

❝ 𝗦𝗘𝗩𝗘𝗡 𝗜𝗜 ❞ ───, 𝗐𝗂𝗅𝗅 𝖻𝗒𝖾𝗋𝗌.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora