el filo de tu lengua

14 2 0
                                    

Habíamos pasado ahí al menos dos semanas pero se sentían como tres cadenas perpetuas, Atenea logró desintegrar todo el cuerpo y hasta una semana más regresamos a casa.

–¿cómo sabes que ya es seguro regresar?

–la policía en México es un asco, ya pararon de buscar si era alguien relevante.

La frialdad con lo que decía las cosas era realmente impresionante y aterrador, la hacía ver como una persona sin sentimientos verdaderos, abrió la puerta del copiloto para que entrase y dió la vuelta para el asiento del chofer. Sacó sus llaves de la maleta donde tenía un llavero que le regalé hace meses, era un pequeño conejo pues le recordaba mi; arrancó y nos dirigimos nuevamente a la ciudad.

–No estés tan tensa, está todo bien.

–¿Que pasará si nos atrapan?

–Eso no pasará, no hay evidencia y tampoco un cuerpo, nada nos involucra a nosotras.

–De acuerdo...

–Y deja de estar de zorra, me haces ensuciar las manos.

–Lo se, lo siento.

–Que parte que no puedes salir si no es conmigo no te ha quedado claro, no tienes amigos, nadie que te quiera como lo hago yo. No tienes nada, solo a mi.

–Ya no saldré, perdón.

–desde hoy me darás todas las contraseñas de tus redes y numeros cercanos a ti, te quiero bajo control.

–No... Son mis cosas...

–¡No te estoy dando opciones, que me las des y punto!

Empezó a acelerar en la carretera que curiosamente iba vacía, ella sabía el terror que me provocaba ir a gran velocidad, no paraba de presionar el pedal e ir más rapido, a ella no le interesaba si ella vivía o moría, le interesaba que si vivía sería para ella y si no era suya, entonces tendría que morir.

–¡Atenea basta!

–¿Que?

Encendió el radio y lo subió a todo el volumen mientras ella gritaba con entusiasmo la canción que sonaba, comencé a llorar y entrar en panico al ver que una curva se acercaba y ella aceleraba más.

–¡Atenea!

–Cállate mierda.

–¡Maldita sea Atenea, detente!

–¡Que te calles!

–¡Lo haré, solo deténte!

El rechinido del freno en seco hizo que saliera volando al tablero, la bolsa de aire se infló y un grito de adrenalina salió de ella, no chocamos, pero frenamos lo suficientemente fuerte para que el motor ya no arrancara.

–Mira lo que hiciste, ahora como nos iremos

–¿Yo? Tu fuiste la loca que aceleró sin control.

–Tu me hiciste hacerlo.

Su seriedad y tranquilidad me hizo sentir miedo, que certeza tenía que no me haría daño.

–¿Ahora que hacemos?

–Que más, caminaremos.

Salimos del auto y caminamos por horas hasta que volvía a anochecer, la neblina bajaba, hacía frio y la criaturas de la noche salían de sus escondites, estaba aterrada. Ella bailaba sin preocupación mientras caminaba, era una completa psicopata.

–¿dónde estamos?

–falta media hora para llegar a la ciudad.

–tengo frío.

Se quitó el sueter y me lo puso con delicadeza en mis hombros, me miró con esos ojos tan profundos como siempre entre el armazón de sus lentes. No la amaba, nunca la amé, pero no podía dejarla; por más que odiara no me podía alejar de ella, por nada.

–Gracias.

–Te amo, amor. Con cada filo de mi lengua, te amo.

–Lo se...

Tomó bruscamente mi rostro y me besó con sus labios resecos y fríos –Dilo, se que me amas también, dilo.

No pide evitar que salieran lagrimas de mis ojos y entre forcejeos acepté –Te amo.

–Buena chica.

Seguimos caminando otros quince o veinte minutos tal vez y la neblina dificultaba ver, el cansancio, hambre y sed me estaban matando, no creo llegar a la ciudad.

–Atenea no puedo más...

–No seas llorona, ya casi llegamos.

–¿Qué me diste esta mañana?

–El desayuno idiota, ¿qué otra cosa?

–No soy tan boba Atenea, que le pusiste... – tropecé y caí en el suelo golpeándome en la cabeza, veía borroso y un liquido sentí que salía de en mi frente, no se cuanto tiempo pasó y ya estaba en casa, la casa que tanto odiaba llegar.

La humedad que empapaba mis pulmones era repugnante además del olor encerrado de días, tal vez semanas. Atenea estaba sentada mirando mi celular en la esquina de la cama y una venda se ataba en mi cabeza brazos y piernas, además de heridas, rasguños y moretones por todo el cuerpo.

–¿Qué me pasó?

–Eso no importa, ya era hora que despertaras – una cachetada hizo que despertara por fin y aventó mi telefono contra la pared.

–cuando planeabas decirme que tenías amigos, ¿uhm? Crees que soy idiota, que esto es un juego, ¡tu me perteneces maldita sea!

No dije nada, solo en silencio solté una lagrima y miré hacia abajo, me dolía todo, el cuerpo, la cabeza y el alma, no soportaba a estar un segundo más dentro de mi cuerpo, no quería ser yo, deseaba ser alguien más. Cualquier otra persona, que no fuera yo.

–¿Qué me pasó?

–¿No es obvio? Te drogué y me aseguré que fueras solo mía, si no me crees siente abajo.

Era imposible no creerle después de como había dejado el resto de mi cuerpo.  Levanté con esfuerzo mi pantalón y pantaleta y quedé horrorizada, sangraba, estaba totalmente destrozada y no tenía la más minima sensibilidad, no solo había destrozado mi alma.

–¡Que mierda hiciste Atenea!

–Me aseguré que nadie más te deseara maldita asquerosa. Y ¿así me pagas? ¿Ocultándome cosas? Eres una mierda de novia, siempre victimizandote y haciéndote la estupida .

–Te odio.

–Mirame a los ojos y dime aue me odias. Hazlo.

La miré entre mi vista borrosa, pero no podía decirlo, no salía nada, solo de mi vista nublada salió decir –Te amo.

–Te amo más.

____________________________________________________________________________

Basada en hechos reales.

______________________________________

Veneno Del CorazónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora