XXI

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Sana estaba sonriendo. La aspereza del filtro de su cigarrillo acariciaba el borde de sus labios mientras le daba una profunda calada. A poca distancia Tzuyu reclamaba y gruñía fastidiada porque su viejo y decadente saco de boxeo finalmente había terminado por romperse del todo.

—Seguro ahora usará tu culo para practicar —se burló Yeojin ganándose una risita baja en respuesta.

Momo intentaba tranquilizar a Tzuyu. Explicarle que había dos sacos más de boxeo y que podía seguir usando otro. Sin embargo, no. Su dueña parecía tener una pequeña ligadura emocional a ese bulto de cuero azul y arena que se encontraba en el suelo.

—¡No quiero otro! —gritó encolerizada.

Sana rodó los ojos y botó el humo por la boca. Tzuyu era alguien bastante caprichosa y cuando su poca paciencia se sumaba, el resultado no era muy agradable.

—¿Qué le pasó a la cavernícola de tu novia? —preguntó Dahyun llegando al lado de Sana.

Tenía un pómulo hinchado y teñido de matices rojizos. Sana frunció el ceño y recordó la escena del desayuno donde Dahyun se peleó con una de las chicas de la mesa por una estupidez. Sí, estupidez. Ya que definitivamente no era algo muy importante quien tuviera el cabello más rubio y, sin embargo, Dahyun había reaccionado bastante mal cuando la otra chica le dijo que solamente era "una mal teñida". Un espectáculo digno para comenzar el día. Con Tzuyu celebrando la "pelea de gatas" como lo había gritado a todo pulmón y con Momo vitoreando a Dahyun, "rubia loca, te amo."

—Rompió su saco de boxeo —respondió Sana con voz traviesa—. Y ahora está como yegua en celo.

—Mujeres —se burló la rubia tomando el cigarrillo de los labios de Sana.

La castaña se encontraba sentada en aquella banca donde siempre se sentaban para ver a las chicas entrenar. Si aquello fuera una mala comedia norteamericana, serían algo así como las porristas, pero Sana no tenía pompones ni falda, solamente un desgastado short y una camiseta dos tallas más grandes que tenía el aroma de Tzuyu. Tampoco animaba, ni siquiera le dirigía la palabra y aun así, a Tzuyu parecía gustarle verla ahí. No lo decía, pero Sana podía ver atisbos de sonrisas en el rostro de su dueña cada vez que ella aparecía por la puerta para quedarse horas sentada, sin hacer nada más que fumar y ver a Tzuyu lanzar golpes.

—Oye Satang, ¿cómo está Nayeon?

—Mejor. En unos días saldrá de la unidad médica.

—Genial.

Nadie dijo nada más al respecto. No querían recordar el suceso del día anterior cuando Nayeon fue pillada en las regaderas, abusada y golpeada. Era la única del grupo que no tenía a alguien que velara por su seguridad y la marcara como propia, dando la oportunidad a las abusivas para hacer y deshacer con ella.

—Mira quién viene. —Señaló Yeojin a la entrada. Ryujin se encontraba ahí, con sus ojos de cachorro en busca de Tzuyu—. ¿Todavía piensa que Tzuyu la protege?

Sana se encogió de hombros. Como Tzuyu la había defendido una vez, y debido a que la chica prácticamente vivía pisándole los talones, al parecer se había generado un pensamiento colectivo de que la chica era una protegida de la emperadora. Preferiría que no fuera gracias a Tzuyu que el trasero de Ryujin estuviese a salvo, pero tampoco iba a desmentir tales rumores... Su conciencia no la dejaría dormir si llegaba a hacerlo. Quizá estaba siendo tramoyista, fingiendo actuar por el bien de alguien más cuando lo único que quería era no sentir culpa. No le importaba. Vio a la chica caminar hasta Tzuyu y para su grata sorpresa, su dueña la miró en el acto. Tzuyu pasó saliva y le dio un sorbo a una botella de agua que reposaba en el suelo; Sana tuvo que apretar los labios para que estos no se curvaran en una sonrisita triunfal. En su lugar, sacó el cigarrillo de sus labios y sin quitar la vista de Tzuyu, llevó su dedo corazón e índice a su boca. Lamiendo el borde de estos con sus tiernos labios de manera mundana; sacando su lengua. Un pequeño recordatorio de lo ocurrido.

𝕻𝖗𝖎𝖘𝖎𝖔𝖓𝖊𝖗𝖆 - 𝕾𝖆𝖙𝖟𝖚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora