Epilogo

3.6K 204 137
                                        

Era de esas mañanas, cuando tanteaba la cama y estaba demasiado frío, aquello indicaba que llevaba bastante tiempo sola entre las sábanas. Lo odiaba. Se levantó maldiciendo por lo bajo, frotando sus ojos con los dedos pulgar e índice de una mano. Sentía la garganta seca y un leve dolor de cabeza. Buscó con la mirada sus zapatillas de dormir, aquellas que Sana la obligaba a tener para que no caminara descalza por la casa. Sí, a veces Sana podía ser un grano en la vagina, y por a veces era prácticamente la mayor parte del tiempo. Lo cual, de acuerdo, podía hacer que Tzuyu quisiera ponerle un tapón en la boca; no lo hacía, pero la idea parecía cada vez más tentadora, como cuando Sana la sermoneó durante tres horas por haber manchado su sofá color cappuccino con salsa barbacoa

Abrió las cortinas y tuvo que parpadear reiteradas veces para acostumbrarse a la luz ya que era un día malditamente soleado. Siendo honesta, ya se había acostumbrado. Ni siquiera podía imaginarse viviendo nuevamente bajo un cielo gris y pisando tierra húmeda por el frío. Tzuyu había aprendido a odiar el frío. Respiró profundamente al abrir la ventana, el aroma de las malditas gardenias que debía regar cada tarde a las seis con treinta minutos, por órdenes de Sana, llegó gratamente a sus fosas nasales. Jamás admitiría que le gustaba el aroma de aquellas diabólicas flores.

Salió de la habitación principal, de aquel aposento que tenía el perfume de Sana en las sábanas de la cama, que tenía una chueca repisa de pared con algunas fotos enmarcadas. De paredes que Tzuyu insistía eran blancas y Sana gritaba, como si fuera la peor ofensa, que eran de color crema de nieve. Buscó rápidamente en la pequeña y rústica cocina, frunciendo el ceño al ver la cafetera encendida. Se suponía que Sana dejaría de beber café, se lo había prometido. Salió al jardín trasero, a ese pequeño paraíso de árboles frutales donde Tzuyu había armado un magnífico set campestre, a sus ojos, para que pudieran pasar sus tardes recostadas en cómodos y grandes sofás de exterior bajo la sombra de los árboles. Vio a Sana acurrucada en sí misma, con la mirada perdida y una taza cerca de sus labios. Tenía sus piernas recogidas y los labios levemente morados, lo que implicaba, llevaba demasiado tiempo en el jardín, seguramente desde la madrugada. Curvas suaves, pies descalzos y su piel reflejando con soberbia los rayos del sol. Sus ojos vagaban en algún punto del suelo. Llevaba una de las sudaderas de Tzuyu y una simple braga, sin ser consciente de cuan vulnerable se veía al usar la ropa de la taiwanesa.

Tzuyu caminó pausadamente hacía Sana, no dijo nada. Algunas veces era así, no había sido todo un cuento de hadas desde su reencuentro, distaba bastante de serlo. La libertad tuvo un enorme precio, uno que no pagó solamente Tzuyu, y había días malos, días donde Sana no podía con los recuerdos de aquellos meses donde pensó que Tzuyu estaba muerta. Y despertaba, sintiéndose perdida, temiendo del mundo. Buscando apartarse, sin percatarse de cuanto lastimaba a Tzuyu con eso. Por lo general estaban bien, debían estarlo. Ya había pasado un año desde que se hubieron reencontrado en La Digue, un año que llevaban viviendo en aquella isla de clima y paisaje soñado. No había sido tan difícil para Sana lograr aquel cambio en su vida sin levantar sospechas, no con Dahyun cubriéndole la espalda. Oh sí, la maldita rubia hija de puta. Dahyun a quien Tzuyu no había vuelto a ver desde que mataron al último socio de Yi Cheng. En realidad, Reynolds mencionó algo de caipiriñas en el caribe junto a Momo. ¿Cómo era que la puta de su hermana había salido de prisión? Tzuyu no tenía idea y Reynolds se negaba a darle detalles. Algunas veces ocultar cosas de quienes amas es la única manera de protegerlos. Y con ellas ocultas, protegidas, todo transcurría con una deliciosa y peligrosa calma, con el conocimiento de que en cualquier momento su teléfono sonaría y le avisaría que el momento del último golpe había llegado. La consumación del plan maestro de Ivanov contra Yi Cheng Chou; aquel designio que llevaba a Tzuyu a disparar una última vez.

Sana ya no debía tener miedo, ni Sana ni nadie cercano a ella, puesto que de su padre ya no quedaba más que una sombra en un registro militar. Yi Cheng había caído, lentamente cada día durante los meses que Tzuyu y Dahyun se dedicaron a dejarlo desprotegido y vulnerable. Y finalmente, luego de un maldito año, con la certeza de que su padre ya no tenía jurisdicción ni protección de las fuerzas militares del Reino Unido y, por el contrario, solo era un coronel jubilado y con múltiples cargos imputándosele en los tribunales de justicia; Tzuyu era libre. Podía dormir tranquila, con unas cuantas armas guardadas estratégicamente en la casa donde pasaba sus días con Sana. Aquel acogedor y fausto paraíso llamado hogar, porque era donde ambas debían estar. Donde había leños mal cortados en el pórtico junto a un par de zapatos con barro, donde había juegos de cortinas que no combinaban porque Tzuyu se negaba a que Sana fuera la única que tuviera voz y voto en la decoración; orgullo de macho alfa al estilo Tzuyu. Eran ellas quienes convertían aquella casa en un hogar. Era Sana con sus suaves bailes en las mañanas mientras preparaba el desayuno al ritmo de la música. Era Tzuyu, maldiciendo cuando alguna de las lluvias espontaneas de la isla se dejaba caer a los pocos minutos de que hubiese tendido la ropa en los cordeles. Y la amaba malditamente demasiado. Incluidos los días malos, los días donde su Sana no era suya, sino una sombra presa del dolor de su pasado. Y era una rutina, una donde la taiwanesa, cuyos cabellos ya se apreciaban mucho más largos, llegaba hasta Sana; besaba sus fríos labios y acunaba su rostro con ambas manos. Se miraban en silencio durante minutos, hasta que Sana finalmente parecía recuperar la noción de sí misma, del lugar donde se encontraba.

𝕻𝖗𝖎𝖘𝖎𝖔𝖓𝖊𝖗𝖆 - 𝕾𝖆𝖙𝖟𝖚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora