La puerta se desgarró con violencia, sacudiendo las bisagras como si el viento mismo hubiera encarnado ira. Por ella irrumpieron siluetas veloces, arrastrando consigo el peso de un miedo antiguo y una rabia recién herida. La noche, antes sumida en un silencio hospitalario, se quebró bajo el eco de botas y respiraciones agitadas. Los presentes en la sala de espera se encogieron, sus miradas clavadas en los uniformes de aquellos jóvenes, símbolos de una autoridad que no pedían, sino imponían.
La Academia de Nunca Más: un nombre que resonaba como un presagio entre sus muros. Sus alumnos, temidos no por lo que eran, sino por lo que el poder había tallado en ellos. Rostros se alzaron, espejos de emociones rotas. Algunos dibujaban el miedo de quien ha visto demasiado; otros, la furia de quienes cargan cadenas invisibles. Pero uno destacaba, al frente: el de una joven cuya expresión parecía contener todas las sombras del infierno, un dolor tan denso que amenazaba con devorar la luz.
El aire se espesó cuando un médico, su rostro surcado por los años y las noches en vela, emergió de una sala. Su mano se alzó, firme como un muro, deteniendo el avance del grupo. Aunque la indignación bullía en ellos, una chispa de razón los obligó a detenerse, a escuchar.
—Ella no soportará verlos a todos— declaró el médico, su voz un río tranquilo frente a la tormenta.
—¡Entonces entraré yo!— corearon, sus palabras chocando en el aire como espadas. Se miraron entre sí, cómplices y rivales en un mismo fuego.
—Ajax —intervino una chica tras lentes oscuros, avanzando—, eres su novio, pero quizás eres el último que deba ver.
La mano de Ajax la detuvo, mientras las serpientes bajo su gorro se retorcían, eco de su ira. —¡Ella me necesita!— rugió, cada sílaba una grieta en su compostura.
—Lo sensato es que Yoko entre primero —interpuso Bianca, su tono afilado como el filo de un juicio—. Siempre confió más en ella.
—¡Ninguno de ustedes sabe lo que necesita! —Eugene avanzó, su voz un puente entre la razón y el desespero—. ¿Han pensado en su dolor? Debemos acudir a las autoridades…
—¿Confiar en normies? —Ajax estalló, las palabras quebrándose en su garganta—. ¡Esos mismos que la destrozaron! ¡Debo convertir en piedra a cada maldito de ellos!
—¿Y en qué ayudaría eso? —rugió Yoko, sus dedos aferrados a la camisa de Ajax como garras, las lentes empañadas por un brillo que no era de lágrimas, sino de fuego contenido—. ¿Crees que la violencia traerá justicia, o solo más cadenas?
Merlina, en cambio, era un espectro de calma glacial. Avanzó hacia la puerta, su silencio más elocuente que cualquier grito. El médico retrocedió, una gota de sudor frío deslizándose por su sien al cruzar su mirada con la de ella: vacía, como un cielo nocturno sin estrellas, donde hasta el alma parecía haberse extinguido.
—Entraré yo, doctor —anunció, palabras talladas en hielo. La multitud estalló en protestas, pero su aura, densa como plomo, ahogó las voces. Ajax se interpuso, serpientes silbando bajo su gorro, veneno en cada palabra:
—Merlina, ¿crees que te dejaré pasar?
No hubo respuesta. Solo el destello de una daga desenvainada con precisión de relámpago. La hoja cortó el aire —y la yema de su dedo— antes de que nadie pudiera parpadear. Un grito agudo llenó el pasillo, seguido del crujir de metal al clavar la mano del médico contra la pared.
—Sí —murmuró Merlina, tomando el pomo con la delicadeza de quien sostiene una rosa—. Si alguien se opone, que hable ahora.
El silencio fue su respuesta. Ni siquiera el viento se atrevió a susurrar.
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Devuélvemela.
Mystery / ThrillerUna noticia sofocante llegó un día cuando menos lo esperaban, como menos lo esperaban y de quien menos lo esperaban. Enid quien representaba la alegría de la academia de nunca más había sufrido una violacion, nadie entendía el porqué, nadie quería e...
