Regis

39 8 0
                                        

La sala principal del hogar de Frankenstein se mantenía en un silencio profundo, roto sólo por los suaves pasos de Regis mientras caminaban de un lado a otro, incapaz de encontrar la calma. Había intentado concentrarse en otras cosas, pero sus pensamientos seguían volviendo al mismo lugar: las expectativas de su abuelo, el peso de su linaje, y la duda constante de si realmente estaba a la altura.

No era la primera vez que estas preocupaciones lo abrumaban, pero esa tarde se sentían más intensas, más sofocantes. Se detuvo frente a una de las amplias ventanas, mirando el horizonte sin realmente verlo. La luz dorada del atardecer bañaba la estancia, pero Regis sentía como si todo a su alrededor estuviera envuelto en sombras.

<<No puedo simplemente ignorarlo más.>> pensó.

Su abuelo, Gejutel K. Landegre, era un pilar en su vida. Desde que tenía memoria, el anciano noble había sido su modelo a seguir, un ejemplo de rectitud, fortaleza y sabiduría. Gejutel no solo era un líder dentro del Clan Landegre, sino también una figura de referencia entre los nobles. Su postura inquebrantable y su mirada severa transmitían una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar.

<<¿Cómo podría siquiera acercarme a eso?>> pensó Regis, apretando los puños contra su costado.

Había crecido bajo la expectativa tácita de convertirse en el sucesor de su abuelo. Aunque nunca lo había dicho en voz alta, Regis sentía que cada consejo, cada corrección y cada mirada de Gejutel contenía un mensaje claro: "Algún día, el peso del clan será tuyo".

Pero con ese peso venía también una sensación constante de insuficiencia. Por más que entrenara, por más que estudiara, por más que intentara demostrar su valía, siempre había una pequeña voz en su interior que le susurraba que no era suficiente.

—Mi abuelo nunca duda —murmuró para sí mismo, sus ojos clavados en el horizonte—. Él siempre sabe qué hacer, qué decir. Es fuerte, decidido... perfecto.

La palabra "perfecto" salió de su boca con un dejo de amargura. No porque envidiara a su abuelo, sino porque esa perfección era un estándar inalcanzable.

<<Yo, en cambio...>> Regis bajó la mirada hacia sus propias manos, las mismas que habían empuñado armas en nombre de su clan, las mismas que habían luchado al lado de sus amigos. Aunque eran fuertes, no le parecían lo suficientemente firmes para sostener el peso de un legado tan grande.

La duda era una constante en su vida. ¿Estaba destinado a ser un reflejo pálido de Gejutel? ¿Era su único propósito en la vida mantener vivo un legado que no sentía completamente suyo? ¿Y si fallaba?

Sin embargo, entre esas sombras de inseguridad, había un pensamiento persistente que se negaba a desaparecer, una chispa de rebeldía que había empezado a crecer desde que conoció al señor Raizel y al grupo que lo rodeaba.

<<Quiero ser algo más que una copia de mi abuelo.>> pensó Regis, enderezándose ligeramente. <<Quiero demostrar que puedo ser un líder a mi manera. Que puedo proteger a mi clan y a los que me importan no solo con fuerza, sino también con justicia, con compasión.>>

Pero esa chispa no era suficiente para apagar las dudas.

¿Era eso posible?

¿Era realmente capaz de encontrar un equilibrio entre las expectativas que pesaban sobre él y el ideal de liderazgo que había empezado a construir en su corazón?

El sonido de pasos suaves interrumpió sus pensamientos. Al levantar la vista, Regis vio a Raizel entrar en la estancia. La presencia del Noblesse, como siempre, era imponente y serena a la vez. Había algo en él que obligaba a cualquiera a detenerse, a reflexionar. Regis lo respetaba profundamente, pero también había algo en Raizel que lo intimidaba: su capacidad para inspirar respeto sin necesidad de palabras, su fuerza silenciosa que no requería demostrar nada.

𝖀𝖓 𝖆𝖇𝖗𝖆𝖟𝖔. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora