Una anécdota no vivida.
Denso, profundo, verde y pintoresco: así era ese largo bosque de taiga. Un caudaloso río por ahí pasaba donde bebían agua las temidas fieras. Noches largas, oscuras y frías con la redonda y blanca luna aullada por los hambrientos y feroces lobos. Un lugar hostil como desierto, con la única diferencia en el nublado clima que traía fuertes lluvias que enfriaban hasta a las mismas llamas internas que me mantenían tibio y radiante como sol.
Desperté mágicamente ahí, con mi ser húmedo y sucio, de la mojada y marrón tierra. Apenas un rayito de luz penetraba en ese vasto mar de color verde. Me levanté sobre mi pesado cuerpo hambriento, sediento y manchado. Mi suave piel se había endurecido como el áspero tronco del gran pino. Empecé a caminar para buscar una dulce comida sobre mis desnudos pies, que fue cuando me encontré ese largo camino.
¿Cómo es posible que semejante trocha exista en un lugar remoto como ese? La curiosidad me visitó por un instante y empecé a caminar a pesar de cojear de tanto peso y suciedad sobre mí. Diversas flores crecían sin importar que era un bosque brumoso lleno de hongos. Conforme cojeaba se iba aclarando el oscuro camino donde apenas el sol entraba. Empezaba a ver pasivos animales y no a las rufianes fieras. ¿Qué rayos estaba pasando?
Mis marrones y cansados ojos se iluminaron al ver lo que había al final del largo camino del bosque: Una casa bien hermosa como un palacio. Una bandera se encontraba en lo alto con tu rostro reflejado en ella: Una sonrisa mostrando tu brillante dentadura estaba dándome la bienvenida. La bruma había desaparecido y con ella la oscuridad. Me sentía como en casa, y es que ya la había podido encontrar.
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Letter "L"
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