En un mundo donde los demonios son temidos, poderosos y malvados, matan personas inocentes cuando tienen ganas y no hay muchas cosas que los puedan detener.
Por eso existen los cazadores, ellos son personas de corazón valiente que asesinan a estos...
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El pueblo entero estaba en silencio, no había nadie despierto a esas horas, excepto por el par de cazadores que recién entraban a su cabaña.
Ambos arrastraban los pies, sus cuerpos ya no podían más, estaban agotados, y llevaban la ropa cubierta de sangre, alguna más seca que otra pegándose a sus pieles.
El sombrero, un arco y una bonita espada, fueron puestas sobre la mesa de madera. Encendieron las lámparas de aceite que iluminaron todo el lugar y se miraron sin decir nada, luego, Dazai se acercó a su compañero, inspeccionando cada parte de su rostro.
—¿No te lastimaron, verdad? —su pregunta salió suave, pero tan preocupada que el pelirrojo solo pudo negar agachando la mirada. —Bien... —besó su frente con delicadeza. —Vamos a ducharnos.
El agua caliente estaba en un punto tan perfecto que la sangre seca fue bastante fácil de quitar con un par de esponjas, lo que les dio tiempo de llenar la bañera y poder sentarse ahí con sus cuerpos relajándose después de un largo día.
Durante la noche habían aparecido unos demonios amenazando al pueblo, y justo como era su deber, los persiguieron, los mataron, y volvieron a casa a muy altas horas de la madrugada.
—¿Dazai? —lo llamó Chuuya, esperando que su compañero no se hubiera quedado dormido dentro de la bañera.
—¿Hm? —fue su contestación desganada.
—Lo siento. —murmuró. —Casi te hacen daño por mi culpa... No debí dejarte solo.
Las manos del castaño sentado detrás suyo, le rodearon, atrayéndolo hasta pegar la espalda contra su pecho, sintiendo la respiración del más alto en su nuca causándole escalofríos. —Estoy bien. —murmuró, inhalando su aroma a jabón. —Y en una sola pieza, eso es lo importante.
—Pero...
—Shh. —silenció. —Vayamos a dormir. —el recorrido hacia la habitación fue lo peor. Sus cuerpos estaban exhaustos y cada paso se sentía como caminar descalzos sobre trozos de vidrio, sin embargo, la recompensa fue su cama tendida, limpia, comoda y lista, recibiéndolos a ambos de brazos abiertos. T
umbados y agotados, se miraron arropándose juntos. —Te amo. —susurró de pronto esas palabras tan inusuales de una forma natural, dejando que flotaran unos segundos mientras estrechaba el cuerpo de su amado contra su pecho.
Chuuya dejó un beso en una de sus cicatrices nuevas, alzando la mirada hacia el rostro adormilado del cazador. —Lo sé, pero seguramente, yo lo hago más.
...
...
...
—¡Buenos días, Yosano!
—Buenos días, Kenji. —el chico granjero le dió una radiante sonrisa a la mujer que pasaba por la calle, sosteniendo en sus manos una canasta.
No hacía falta preguntar a dónde se dirigía, ese camino llevaba hacia la colina donde vivía el cazador.
Sus pies se plantaron en la entrada de la cabaña con apariencia de hogar abandonado, en verdad parecía que nadie había vivido ahí en años, e incluso, las flores del jardín estaban marchitas, excepto... Las camelias, ellas seguían hermosas.
Tocó tres veces y la puerta se abrió sin nadie que la recibiera. Entró, mirando el desorden que había a su alrededor; platos sin lavar, velas derretidas, un montón de ropa acumulada en el piso y un espada junto a la mesa parecía perder su brillo.
—Estaba pensando en traerte algo de medicamentos, pero no quiero ser la responsable de un posible suicidio. —habló, dejando la canasta sobre la madera, haciendo a un lado todo el desorden.
Claro que nadie contestó, solo obtuvo un gruñido como repuesta, casi como si de un animal se tratara.
—Como sea... Te dejaré comida aquí. Hay muchas frutas que te mandó Kunikida, dice que te harán bien. —suspiró, buscando con la mirada entre la obscuridad al hombre de cabellos castaños. —Quizás no lo parezca pero él también se preocupa por ti. En realidad, todo el pueblo lo hace.
Nada. De nuevo solo obtuvo un gruñido.
—Kenji dice que este año la cosecha de trigo será grandiosa, ¿No quieres ir a ver cómo va? —el silencio volvió a ser su respuesta.
Yosano apretó fuerte los puños, fastidiada de haber quedado ignorada nuevamente. —¡Escúchame bien, Dazai! ¡No puedes encerrarte aquí hasta morir! —a pasos firmes, se acercó al cuerpo demacrado del cazador en la esquina de la sala.
Parecía un muñeco, pues no hacía nada, ni siquiera se tomaba la molestia de mirarla. Lo levantó sin mucho esfuerzo obligándolo a sentarse en un sillón, encendió la lámpara junto a la mesa, y por fin, luego de tanto, sus ojos vieron lo que se temía.
—Dazai... —susurró para sí misma. Estaba impresionada de ese par de bolsas obscuras bajo los ojos de su amigo. Nunca lo había visto de ese modo y era tan triste.
—Déjame. —su voz sonaba como si fuera a romperse. Definitivamente no sonaba como el Dazai burlón y brillante que todos conocían.
—Ha pasado mucho tiempo.
Lo sabía, lo sabía muy bien. Dazai llevaba la cuenta de cada minuto, cada día y cada mes.
—Lo sé.
—No podemos exigirte nada, pero te necesitamos. —habían pasado las últimas semanas sin el maravilloso cazador, y el pueblo se sentía sin protección. —Los demonios han estado rondando por aquí, seguramente ya se dieron cuenta de que somos un blanco facil.
Dazai dirigió su mirada a la espada abandonada. —Lo lamento, yo... Volví a recaer.
Yosano lo miró unos segundos. Esos ojos probablemente jamás volverían a recuperar el brillo que alguna vez fue la adoración y salvación del pueblo, pero no estaba en ella obligarlo a volver, todo era voluntad del mismo Dazai, si es que quería seguir adelante.
—No te preocupes. Todos te apoyamos y si decides salir, te aseguro que nada habrá cambiado.
Dazai no estaba seguro de eso, pero alguna vez juró proteger ese lugar. Mantenerlo a salvó era todo lo que alguna vez quiso, solo que ahora... Esa promesa sonaba a nada más que un sueño roto sin su compañero.
—Por cierto, el pequeño Atsushi y Akutagawa se han vuelto amigos, dicen que quieren ser como tú.
Que fracasado y vacío se sentía. Él mismo había salvado a esos niños hace tan solo unos años cuando creía que su vida no podía ser mejor, y de repente se estaba consumiendo en la miseria, en la oscuridad, en la tristeza.
Yosano estuvo un tiempo más a su lado, tan solo algunos minutos antes de volver al pueblo donde su vida como la mujer sanadora del pueblo, era complicada.
Dazai estuvo en la cama varios minutos antes de levantarse y salir de la cabaña. Junto a las escaleras había una cubeta con agua. La utilizó para regar sus camelias... Esas camelias llenas de recuerdos y amor que lo atormentaban cada noche.
Mientras dejaba caer hilos de agua en la tierra, se preguntaba... ¿Cómo había terminado así?
La respuesta era bastante sencilla y dolorosa; Chuuya estaba muerto...