❝ M E T A N O I A ❞
﹙ 𝒊. ﹚ griego.
El proceso de transformación que cambia la forma
de pensar, sentir, de ser o de vivir de alguien.
⋅ ⠀ Meta = más allá.
⋅ ⠀ Noia = de la mente.
—Entonces yo debo esconderme y tú saldrás a buscarme. —Dijo emocionado, daba saltitos entusiasmado por iniciar ya mismo si era posible.
—Exacto, así que yo voy a contar hasta veinte y tú buscarás un lugar donde esconderte. Puede ser en donde quieras siempre y cuando sea dentro del palacio.
El menor había captado enseguida las reglas del juego y cuando empezamos a hablar de cómo se jugaba, despertó su curiosidad instantáneamente.
Apoyé mis brazos contra la pared y empecé a contar mientras oía los pasos apresurados del joven duque volverse cada vez más silenciosos hasta desaparecer. Cuando llegué a veinte avisé que saldría a buscarlo y así fue como recorrí cada parte de la biblioteca, asegurándome de que no estaba escondido aquí. Tuve que salir y subir aun más por las escaleras, suponiendo que el joven duque no me lo pondría fácil y no se escondería en lugares que yo ya conocía. Cuando llegue al tercer piso abrí una puerta y me encontré con un salón de pintura, había pinceles y acuarelas, una pintura a medio hacer de un rostro triste, lleno de sombras y tonalidades azules. No había nadie y tampoco ningún rastro del joven duque así que me di la vuelta y choqué sin querer con la mesa provocando que se caigan algunos pinceles manchados de azul. Lo levanté apresuradamente y solté un suspiro de alivio al notar que no había manchado la pintura.
Salí de la habitación y crucé un pasillo estrecho que me daba lugar a un enorme salón abandonado, estaba lleno de retazos de tela, bordados, agujas, lana, y variedades de vestidos llenos de polvo. Me di la vuelta sabiendo que aquí no se escondería el joven amo debido a la suciedad del lugar. Bajé por las escaleras y volví a sentir esa picazón en mi nuca, la incómoda sensación de ser observado a la distancia por unos ojos que yo no podía encontrar. Porque a pesar de buscar a la persona que me estaba observando a la lejanía, no podía encontrar a nadie, ni siquiera forzando la vista.
No creía en los fantasmas.
Sabía que alguien me había estado mirando desde hace rato, así que tarde o temprano terminaría descubriendo quién era.
Encontrar al joven duque fue verdaderamente difícil, porque se había estado escondiendo en su propio armario todo este tiempo y él sabía perfectamente que yo no entraría a su habitación así que terminó ganando la primer partida. Pero las siguientes dos fueron totalmente victoriosas para mi.
El resto del día fue más tranquilo, almorzamos juntos y luego el joven fue a tomar una siesta mientras yo me encargaba de planificar sus horarios para toda la semana. Me pasé el resto del día en la biblioteca. Al caer la noche no podía dormirme, había comenzado a leer un libro sobre un romance de verano en Italia y me había atrapado tanto que cada vez pasaba página tras página sumiendome totalmente en la trama, repitiendome "solo un capítulo más" pero cuando me quise dar cuenta, terminé leyendo más de lo que creía mientras que la luna se alzaba en la noche húmeda y silenciosa.
Sentía mis labios resecos, estaba sediento, tuve que cerrar mi libro y lo dejé sobre la cama. Tenía pensado bajar hacia la cocina para servirme un vaso con agua, suponiendo que la servidumbre dormía así que me dispuse a bajar con mi pijama levemente desarreglado, tenía los botones desabrochados con mi hombro y parte de mi pecho al descubierto ya que el clima húmedo y caluroso lo requería. Cuando abrí la puerta de la cocina me aseguré de que no haya nadie, serví un vaso con agua y me lo bebí casi de un solo trago, soltando un jadeo al sentir la frescura deslizarse por mi garganta. Decidí que, para no hacer el mismo recorrido, me llevaría un poco de agua a mi habitación. No tenía idea de que hora era pero debía ser bastante de madrugada.
Cuando abro la puerta de la cocina nuevamente, esta vez para regresar a mi habitación, siento que me llevo por delante a alguien haciendo que el agua se derrame en el abdomen descubierto de esa persona. Mi mirada duró un efímero segundo, pero en tan poco tiempo capté a detalle al hombre que tenía en frente. Era más alto que yo, no llevaba puesta camisa ya que solo tenía un pantalón de dormir color azul oscuro. Totalmente apenado elevé mi vista a su rostro y fue en ese mismo instante donde me quedé totalmente helado. Me sonrojé de inmediato. No sabía si era porque acababa de mojar a ese hombre de mirada hostil y furiosa, o tan solo era porque esa mirada me estaba desarmando haciendo que todas mis defensas se escapen espantadas para tenerme totalmente vulnerable ante él. Quería hablar, quería disculparme, quería preguntarle quién era y por qué su piel era tan pálida o por qué me miraba con tanto desdén. Pero sencillamente no pude hacer nada más que oír su voz ronca escupir un «"Largo de aquí"» y casi tan rápido como él habló, salí disparado lejos de él. A paso apresurado fui subiendo por las escaleras, pensando en el tono amargo con el que hablaba ese hombre de cabellos azabaches, tan oscuros como esa mirada penetrante. Mis latidos se habían acelerado de manera inconmensurable, cuando llegué a la habitación no había otra cosa en que pensar más que en él.
¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Cómo se llamaba? ¿Por qué su mirada era tan profunda? ¿Por qué sus ojos eran tan apagados? ¿Por qué a pasar de haberme echado así, me atrapaba tanto? ¿Por qué no podía sencillamente dejar de pensar en él?
Y entre pregunta tras pregunta, me quedé profundamente dormido.
[...]
Cuando desperté en la mañana tenía unas notables ojeras en mi rostro, negué viéndome al espejo mientras acomodaba el puño de mi camisa y luego caminé hacia la puerta de la habitación, encontrándome con el mayordomo Jeon en las escaleras.
—¿Va a la cocina joven tutor? —preguntó mientras bajábamos juntos.
—Si, iré a hablar con el cocinero.
—¿Necesita algo? —Siempre servicial.
—Quiero hablar sobre una persona con la que me crucé anoche en la cocina. —Rasqué mi nuca suavemente y luego sonreí nervioso, recordando el inconveniente de la noche anterior.
—Oh, entonces lo acompaño quizá lo pueda ayudar.
Asentí agradecido, tenía pensado averiguar quién era el hombre con el que me había topado para pedirle disculpas por haberle echado toda el agua encima en la madrugada, por la forma en la que me había mirado, de seguro estaría enojado conmigo y no deseaba que eso ocurriera. Al menos en mi estadía en el palacio quería llevarme bien con la gente que lo habitaba. Cuando llegamos a la cocina, saludé a la servidumbre y al cocinero con el cual tuvimos una larga charla en donde le detalle a la persona con la que me había cruzado.
—No tengo ni la menor idea. —Dijo el cocinero Jin, negando con la cabeza. —Mis ayudantes de cocina son estos que ves aquí, no creo que otra persona se atreva a ingresar a la cocina en la madrugada. Al menos, no un sirviente.
—¿Pudo haber sido un guardia? —Preguntó el mayordomo Jeon, intentando ayudarme a encontrar a esa persona, pero con un tono levemente nervioso.
—Lo dudo, nadie entra a la cocina. —El cocinero negó. —Sólo tienen permitido ingresar fuera del horario de trabajo los duques, el mayordomo, el cocinero y usted.
Solté un suspiro, estaba rendido, al parecer no encontraría a la persona de la noche anterior y si en algún momento lo volvía a ver tendría que ser una casualidad. Salí de la cocina agradeciendo por la ayuda a todos y luego me fui a sentar en mi lugar frente a la mesa del comedor, esperando a que esté el desayuno y leyendo el periódico exactamente como la mañana anterior. Vi de reojo como el mayordomo ponía la vajilla en la mesa y me sorprendió ver tres platos, tres tazas, tres de cada cosa. Fui cerrando mi periódico cuando mi mirada se dirigió a la puerta del gran comedor por donde entraba el joven duque y detrás de él estaba aquella persona que yo estaba buscando. Alto, pelinegro, con un porte firme y la capa azul cayendo tras sus hombros, llevaba puesto un traje al cuerpo.
Era imponente, era el duque.
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