Caroline es hija mayor de Ed y Lorraine Warren investigadores de fenómenos paranormales. Ed Warren es un demonólogo y Lorraine Warren es una médium y clarividente
Caroline tiene un don al igual que su madre es igual que el de su madre pero un poc...
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1978—El caso annabelle
—Nos aterra de solo pensar en eso. Al escucharnos... creíamos que estábamos locas —confesó una de las chicas, con la voz quebrada por el miedo.
—Cuéntenos, por favor. Desde el inicio —pidió Ed Warren, inclinándose hacia adelante, transmitiendo una calma profesional pero firme.
—Empezó con cosas pequeñas —explicó una de ellas, frotándose las manos nerviosamente—. Como un brazo o una pierna en una posición diferente. A veces tenía la cabeza hacia arriba, otras veces hacia abajo... y un día apareció en otra habitación. Al parecer, se movía sola.
—¿Nunca pensaron que alguien tenía la llave de su departamento o que les jugaban una broma? —preguntó Ed, analizando cada detalle.
—Fue justo lo que pensamos. Pero no encontramos señales o evidencia de una intrusión —respondió la joven, negando con la cabeza.
—¿Y eso fue lo que las hizo pensar que la muñeca estaba poseída? —intervino Lorraine Warren, con esa mirada compasiva y analítica que la caracterizaba.
—Sí —asintió la chica de cabello negro—. Camila contactó a una médium y nos dijo que una niña de siete años, llamada Annabelle Higgins, falleció en este departamento. Se sentía sola y le agradó mi muñeca. Imaginamos que solo quería hacer amigos.
—Cuando nos enteramos, sentimos lástima por ella —añadió su compañera—. Somos enfermeras, ayudamos a personas. Así que le dimos permiso para que entrara en la muñeca.
—Espera... ¿hicieron qué? —interrumpió Ed, con un tono un poco alterado, intercambiando una mirada de profunda preocupación con su esposa.
—Quería vivir con nosotras habitando la muñeca, y dijimos que sí —admitió Camila, bajando la mirada.
—Pero todo empeoró.
Flashback
El sonido de las llaves resonó en el pasillo silencioso. Camila y Debbie regresaban a casa después de un largo turno. Abrieron la puerta del apartamento, pero antes de dar un solo paso, un detalle en el suelo detuvo en seco sus movimientos: un trozo de papel arrancado yacía en el piso. Tenía una caligrafía infantil y perturbadora:
"Miss me?" (¿Me extrañaron?)
Camila contuvo el aliento al mirar hacia el fondo del pasillo. Allí, tirada cerca de una de las habitaciones, estaba la muñeca. Su amiga siguió la dirección de su mirada, paralizada.
—Dios... —susurró Camila, con el corazón acelerado.
Caminaron a pasos lentos, casi temerosas de hacer ruido, hasta llegar a ella. Cuando salieron de casa, la habían dejado encerrada en la habitación de huéspedes; ahora la muñeca las esperaba en el pasillo, sosteniendo con fuerza varias crayolas rojas entre sus manos de trapo, algunas de ellas partidas por la mitad.