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—Gracias, Drew

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—Gracias, Drew. Ya apágalo, ¿sí? —le pidió Ed a su asistente, indicándole que detuviera la grabación de la entrevista filmada cuatro años atrás sobre el caso Annabelle—. Luces.

Las luces del auditorio se encendieron de golpe, disipando la penumbra y revelando a Ed y Lorraine de pie frente a un aula universitaria repleta de estudiantes. En la primera fila, ajena por un momento a las miradas, Caroline carcomía el papel de su libreta, deslizando el lápiz para terminar un dibujo.

—Logramos que la Iglesia enviara a un sacerdote a bendecir el departamento y a sus habitantes —concluyó Ed, apoyando las manos en el podio—. Lo que sea que invadía ese lugar, no lo hizo más. ¿Alguna pregunta?

Al instante, un mar de manos se alzó en el aire. Ed recorrió el salón con la mirada y apuntó a una chica al azar para darle la palabra.

—¿Sí?

—¿Dónde está la muñeca ahora? —preguntó la estudiante, curiosa.

—La tenemos guardada en un lugar seguro —contestó Lorraine con una sonrisa mansa pero firme.

—¿Sí? —Ed apuntó ahora a un chico en las filas del medio.

—¿Quién es la chica que se menciona en el video? —quiso saber el joven.

—Nuestra hija mayor, Caroline Warren —contestó Ed con orgullo, desviando la mirada hacia la primera fila. Caroline levantó la vista de su cuaderno y le devolvió a su padre una sonrisa cómplice.

Lorraine tomó el relevo y apuntó a otro estudiante que agitaba la mano con insistencia.

—¿Quiénes son ustedes realmente? Es decir... ¿cómo los llama la gente?

—Nos han llamado demonólogos, que es un término adecuado... cazadores, investigadores paranormales... —enumeró Ed.

—Locos —lo interrumpió Lorraine con total naturalidad, ganándose las carcajadas espontáneas de todo el auditorio, incluida la de su hija mayor.

—Chiflados —le siguió el juego Ed, sonriendo de medio lado.

—Pero nosotros preferimos que nos digan Ed y Lorraine Warren —concluyó ella, contagiando su calidez a la sala.
















Días después

El eco de unas risas cristalinas flotaba por el pasillo de la casa de los Warren. Ed empujó suavemente la puerta del dormitorio, encontrándose con una escena completamente cotidiana: Lorraine estaba sentada en la cama peinando a la pequeña Judy, mientras Caroline, sentada con las piernas cruzadas en el suelo, se descostillaba de la risa observando las muecas de su hermana menor.

—Hola. ¿Qué están haciendo? —preguntó Ed, entrando a la habitación con cuidado para no tirar el té de su esposa ni el vaso de agua que traía en las manos.

—¡Papi, mira! —exclamó Judy, presumiendo el elaborado peinado que su madre le estaba haciendo.

—Te ves muy bonita —halagó Ed con ternura.

—Ya terminé —anunció Lorraine, dándole una palmadita cariñosa a la pequeña para que se bajara de la cama—. Anda, vístete para cenar.

—¡Lo usaré para cenar! —decretó Judy con entusiasmo, saliendo disparada de la habitación hacia su propio cuarto.

—¡Ni lo pienses! —le gritó Lorraine, divertida, provocando una nueva carcajada en Caroline—. Ven, Caroline, es tu turno.

Caroline se levantó del suelo con pereza fingida y se acomodó frente a su madre, dándole la espalda para que pudiera cepillarle el cabello. Sus movimientos eran suaves, un ritual de cuidado que ambas compartían.

—Aquí tienen —dijo Ed, acercándose para entregarle la taza de té a su esposa y el vaso con agua a su hija mayor.

—¿Cómo te fue? —preguntó Lorraine, deteniendo el cepillo por un segundo mientras observaba de reojo cómo Caroline depositaba las pastillas en su mano y se las pasaba con el agua.

—Creo que escribirán un buen artículo —respondió Ed, dejando escapar un suspiro cansado.

—Uh, ¿un escéptico? —comentó Lorraine, conociendo de sobra el terreno—. Son poco usuales.

—Sí.

La habitación se sumió en un silencio breve, denso, cargado de las cosas que no se decían en voz alta. Lorraine dejó el cepillo a un lado y posó una mano en el hombro de su esposo.

—Deja de culparte, Ed.

Para romper la tensión, Lorraine le dio un sorbo a su taza, pero frunció el ceño de inmediato al saborear el líquido. Caroline, que la vigilaba de reojo, estalló en una risita.

—Sin azúcar —se quejó Lorraine, extendiéndole la taza de vuelta—. Ahora, vuelve.

Ed fingió indignación, tomó la taza y salió de la habitación con una sonrisa derrotada. Caroline se giró por completo para mirar a su mamá, con los ojos brillándole de diversión.

—Hay que enseñarle a hacer té —susurró la joven.

Lorraine soltó una carcajada suave, rodeó a Caroline con los brazos y la atrajo hacia sí en un abrazo cálido y protector

el conjuro(Caroline Warren)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora