Caroline es hija mayor de Ed y Lorraine Warren investigadores de fenómenos paranormales. Ed Warren es un demonólogo y Lorraine Warren es una médium y clarividente
Caroline tiene un don al igual que su madre es igual que el de su madre pero un poc...
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Lorraine tocó un par de veces la gastada madera de la puerta principal. Casi al instante, Carolyn Perron abrió, forzando una sonrisa de alivio en su rostro cansado.
—Hola.
—Hola, ¿qué tal? —saludó Lorraine con calidez.
—Gracias por venir —dijo Carolyn, haciéndose a un lado para invitarlos a pasar al recibidor.
—Hola, soy Roger —se presentó el esposo de Carolyn, acercándose para estrechar la mano de Lorraine—. Roger Perron.
—Lorraine.
—Mucho gusto, Roger. Él es Ed Warren, y ella es nuestra hija mayor, Caroline —los presentó Ed.
—Encantada —dijo Caroline con una sonrisa amable mientras le daba la mano a Roger.
Sin embargo, la sonrisa de Caroline se desvaneció por completo. Por encima del hombro de Roger, al fondo del pasillo, vislumbró una sombra densa y oscura que pareció deslizarse antes de desaparecer. Su respiración se cortó. De inmediato, Caroline buscó la mirada de su madre; Lorraine, con una sutil pero firme negativa con la cabeza, le indicó que guardara silencio para no alterar a los dueños de la casa.
—Gracias por venir —insistió Roger, guiándolos hacia la estancia. —Por favor, pasen.
—Vaya, pero qué bella familia —comentó Ed al entrar—. ¿Quiénes son estas hermosas señoritas?
En la sala, cinco niñas los observaban fijamente, sentadas juntas en un colchón tirado en el suelo.
—Andrea es la mayor, luego Nancy, Cindy, Christine y April —dijo Carolyn, apuntando a cada una de sus hijas, quienes saludaron tímidamente—. Perdón por el desorden, estamos durmiendo aquí abajo. Las niñas se sienten más seguras si hace menos frío. Siempre subo el termostato, pero la casa siempre está helada.
—Y todo indica que la caldera está funcionando bien —añadió Roger, frustrado.
Lorraine se acercó en silencio hacia la chimenea, sintiendo la extraña vibra del lugar, mientras Ed y Caroline examinaban los alrededores.
—Ha estado empeorando en las últimas noches —confesó Carolyn, abrazándose a sí misma—. Hay un horrible olor a carne podrida en toda la casa.
Ed y Lorraine intercambiaron una mirada rápida y cargada de preocupación. Al notar ese gesto, Carolyn sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué ocurre?
—Bueno... a veces un mal olor de ese tipo podría indicar una especie de actividad demoníaca —explicó Ed con cautela.
—Ay, por Dios... —susurró Carolyn, buscando el brazo de su esposo con temor.
Mientras tanto, Caroline se fijó en una de las puertas cercanas. Intentó girar la perilla, pero no cedió. Al mirar con más atención, notó que la manija estaba firmemente amarrada con una soga al marco.
—Es para evitar que las puertas se azoten —le explicó Roger al notar la curiosidad de la joven—. De otra forma, se la pasan golpeándose así toda la noche.
Para ejemplificarlo, Roger golpeó la pared a su lado tres veces consecutivas. ¡Pam, pam, pam! Ed frunció el ceño de inmediato, clavando la mirada en el muro.
—¿Tres golpes así? —preguntó Ed.
—Sí.
—¿Andando el amanecer se detiene? —inquirió Lorraine.
Roger asintió en silencio, confirmando sus sospechas. Los Warren volvieron a mirarse, esta vez con absoluta gravedad.
—A veces es un insulto a la Trinidad —explicó Caroline con voz suave pero firme—. Al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
—Saben, es algo muy extraño... A veces vemos todo tipo de aves que vuelan directo hacia la casa, chocan contra las paredes y se rompen el cuello —cometó Roger mientras comenzaban a subir las escaleras hacia el segundo piso.
—¿En serio? —Ed tomó nota mental de cada detalle
—Y los relojes se paran exactamente a las 3:07 de la mañana —añadió Carolyn.
—¿Todos? —preguntó Lorraine, deteniéndose en seco.
—Sí, todos —hizo una mueca Carolyn. Lorraine se detuvo frente a una caja que descansaba en el pasillo superior y extrajo una fotografía.
—Ah, estaban colgadas a lo largo de la escalera, pero algo no dejaba de tirarlas. Así que decidimos quitarlas —explicó Carolyn con resignación.
Lorraine dejó la fotografía a un lado. En la imagen se podía ver a la familia Perron en la playa, sonrientes y plenos, un contraste doloroso con el terror que vivían ahora. De repente, la mirada de Caroline se clavó en una habitación al fondo. En la esquina del cuarto, imponente y oscuro, descansaba el mueble.
Caroline se acercó rápidamente a su padre y, empinándose, le susurró al oído con el pulso acelerado:
—Papá... ese es el ropero que dibujé. Ed miró el mueble y luego a su hija, percatándose de que el trato era real. El peligro también lo era.
—De esto es de lo que les estaba hablando —dijo Carolyn, interrumpiendo sus pensamientos—. Estaba aquí cuando nos mudamos. Y hay más cosas en el sótano.
—Enséñenos el sótano —pidió Lorraine
Descendieron por los crujientes escalones de madera hacia la penumbra del sótano. El aire allí abajo era denso, casi irrespirable. Tan pronto como sus pies tocaron el suelo de tierra, el don de Lorraine y Caroline se activó como una frecuencia dolorosa en sus mentes. Las paredes parecieron susurrar. Voces superpuestas y lamentos del pasado comenzaron a resonar en los oídos de Caroline, haciéndola desviar la mirada hacia los rincones oscuros.
—Ella me obligó a hacerlo...
—Yo no quería... ella me obligó...
Las voces infantiles y suplicantes lloraban en su cabeza, provocándole un escalofrío helado. Ed, sosteniendo la linterna, notó cómo el rostro de su hija y de su esposa cambiaban drásticamente.
—¿Están captando algo? —preguntó Ed con voz baja.
—Algo horrible sucedió aquí, Ed —respondió Lorraine, con los ojos cristalizados por la perturbación de lo que alcanzaba a ver en el plano espiritual.
Caroline retrocedió un paso, abriendo los ojos de par en par mientras el eco de los lamentos se intensificaba.
—Dios santo... —susurró la joven, cubriéndose los brazos, sintiendo que la oscuridad de ese lugar ya los estaba observando de vuelta.