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—¡Señor Winston! —llamó Lorraine, buscando con la mirada al gallo de la familia

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—¡Señor Winston! —llamó Lorraine, buscando con la mirada al gallo de la familia.

—¡Winston! ¡Winston! —lo siguió llamando la pequeña Judy, saliendo corriendo detrás de las demás gallinas y gallos que picoteaban en el jardín.

Caroline observó de reojo cómo su padre caminaba hacia el auto para cargar unas cosas. Con un gesto sutil, le tocó el hombro a su madre y le señaló a Ed con la cabeza, dándole a entender que era momento de que hablaran a solas. Acto seguido, Caroline se alejó despacio para ir a jugar con Judy.

Después de un rato, cuando el motor del auto ya estaba encendido, Lorraine se asomó por la ventanilla y le gritó a su hija mayor:

—¡Caroline, iremos a un caso! Llegaremos un poco tarde. ¡Te tomas tus pastillas, por favor!

—¡Sí, está bien! ¡Con cuidado! —respondió Caroline con fuerza.

Justo antes de avanzar, Ed y Lorraine miraron por el retrovisor. Lo último que alcanzaron a ver fue a Caroline cargando a Judy y dándole vueltas en el aire mientras la pequeña se descostillaba de la risa.












Días después

Como siempre, Caroline había acompañado a sus padres a una de las tantas charlas que daban en las escuelas. Sin embargo, no había prestado la menor atención a la conferencia; había pasado las últimas dos horas sumamente concentrada, deslizando el lápiz sobre su libreta de dibujo.

Al terminar, los Warren se reunieron junto a su auto en el estacionamiento. Ed guardaba las carpetas y el proyector en la cajuela, Lorraine descansaba recargada contra la puerta del vehículo, y Caroline seguía ensimismada, dándole los últimos toques a su dibujo.

—Hija, ¿estás bien? Has estado muy callada —le preguntó Ed, rompiendo el silencio mientras cerraba la cajuela.

—Sí, todo bien, papá —respondió ella, sin levantar la vista de inmediato.

—Has estado todo el día dibujando... —comentó Lorraine, acercándose con curiosidad—. ¿Tuviste una visión?

—Sí, pero estaba muy borrosa —admitió Caroline, cerrando el cuaderno de golpe y metiéndolo al asiento trasero—. Solo recuerdo haber visto a una mujer... arriba de un ropero.

Antes de que pudieran profundizar en el tema, unos pasos apresurados llamaron su atención.

—Ed, Lorraine, Caroline... aquí hay alguien que quiere hablar con ustedes —anunció Drew, llegando acompañado de una mujer que lucía visiblemente pálida y angustiada.

—Gracias, Drew —dijo Lorraine con amabilidad.

—Hasta luego —se despidió Drew. Pero antes de dar la vuelta, le dedicó una sonrisa cálida a Caroline, quien le devolvió el gesto con una sonrisa tímida. Ed, por supuesto, no pasó por alto el intercambio de miradas.

—¿En qué podemos ayudarle? —preguntó Caroline, dando un paso al frente con tono compasivo.

—Está pasando algo horrible en mi casa... ¿Podrían ir a revisar? —suplicó la señora, apretándose las manos con desesperación.

— Escúchenme, se nos está haciendo algo tarde y tenemos que volver a casa con nuestra hija menor —explicó Ed de forma diplomática.

—No, no lo entienden —interrumpió la mujer, con la voz temblorosa.

—Claro que sí, por lo general hay una explicación para...

—Mis cinco hijas están muertas de miedo —lo cortó ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Temo tanto que esa cosa nos haga daño... —La mujer miró a Caroline por un segundo y luego volvió a fijar la vista en la pareja—. Ella es su hija, ¿cierto? ¿No harían lo que fuera para protegerla? Por favor... por favor, revisen mi casa.

Lorraine sintió un vuelco en el corazón al escuchar el ruego de la madre.

—Sí, claro. Por supuesto que iremos —aseguró Lorraine, cambiando de opinión de inmediato.

La señora asintió, su rostro se relajó un poco con una sonrisa más calmada, y se retiró tras darles la dirección. En cuanto se quedó sola con sus padres, Caroline vio la oportunidad perfecta.

—¿Puedo ir? —preguntó, mirando fijamente a su madre.

—No —dijo Ed con firmeza.

—Sí —dijo Lorraine al mismo tiempo.
Ambos se miraron.

—Ed, deja que venga con nosotros —pidió Lorraine en un susurro.

—Lorraine, podría ser peligroso. Sabes lo que pasó la última vez —reprochó Ed, bajando la voz.

—Por favor, papá, déjame ir. Podría ser de ayuda —insistió Caroline, tratando de ablandar el corazón de su padre—. Además... podría tratarse de lo que acabo de dibujar.

—Caro...

—Te propongo un trato —lo interrumpió la joven, cruzándose de brazos con una sonrisa desafiante.

—A ver, dime —cedió Ed, divertido por la astucia de su hija.

—Si vamos y no está el ropero que dibujé, entonces no vuelvo a insistir con los casos. Pero si está... me dejas volver a los siguientes.

Ed lo pensó por un momento, sopesando las opciones, hasta que una condición cruzó su mente.

—Está bien. Trato hecho —aceptó Ed—. Pero si está ese ropero y tenemos que quedarnos a ayudar... te mantienes alejada de Drew.

Caroline rodó los ojos con diversión, pero terminó por sonreír.

—Está bien, trato hecho.

A un lado, Lorraine observaba toda la escena en absoluto silencio, conteniendo la risa ante los celos de su esposo y la audacia de su hija mayor.

el conjuro(Caroline Warren)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora