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En la cocina de la casa Perron, Ed y Caroline acomodaban minuciosamente el equipo de grabación analógico

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En la cocina de la casa Perron, Ed y Caroline acomodaban minuciosamente el equipo de grabación analógico. Carolyn se acercó con cuidado y sirvió una taza de té a cada uno.

—¿Los moretones son por algo que pasó aquí? —preguntó Ed, señalando las marcas oscuras en la piel de la mujer.

—No, solo tengo una deficiencia de hierro, al parecer —respondió Carolyn con un tono levemente desanimado.

Caroline frunció el ceño en silencio. Observó fijamente los moretones en los brazos de Carolyn, dudando de la explicación médica; su intuición le decía que algo más los estaba provocando.

—Con todo lo que ha pasado... díganme, ¿por qué no se han mudado? —cuestionó Ed, alzando la mirada.

—No tenemos a dónde mudarnos —contestó Roger, apoyándose en el marco de la puerta—. Usamos todo el dinero para pagar la casa y, además, hemos tenido que hacer muchas reparaciones. Y no conozco a nadie que acepte a una familia de siete en su casa, para ser franco.

—Fue por eso que los busqué —confesó Carolyn, mirando a la pareja.

—Y me alegra que lo hiciera —aseguró Ed.

— Bien, todo está listo —anunció Caroline, indicándole a su padre que la grabadora de carrete estaba en posición.

—Gracias —dijo él, ajustando el micrófono para encenderlo—. Somos Ed y Caroline Warren, noviembre 1 de 1971. Estamos con Carolyn Perron, quien con su familia está viviendo fenómenos sobrenaturales. Adelante.

—¿Con qué empiezo? —preguntó Carolyn, nerviosa.

—Con el primer suceso —dijo Caroline, tomando su libreta y un lápiz para ir bocetando lo que Carolyn relatara.

—Supongo que... fueron los relojes.




















Poco después, Caroline salió de la casa a tomar aire. A lo lejos, logró distinguir a su madre, quien contemplaba en silencio la inmensidad del gran lago. Caroline caminó hacia ella y se colocó a su lado.

—¿Ya te tomaste las pastillas? —preguntó Lorraine en cuanto sintió la presencia de su hija.

—Sí, no te preocupes —respondió Caroline suavemente.

—Soy tu mamá, siempre me preocuparé por ti y por Judy.

—Hola —saludó Ed, acercándose a ellas por detrás.

De pronto, un rechinido seco y aturdidor —como el de una soga gruesa tensándose al soportar un gran peso— resonó en el aire. Las dos mujeres, sobresaltadas, voltearon bruscamente hacia la copa del enorme árbol que se alzaba junto al agua.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ed, desconcertado. Miró hacia arriba, pero sus ojos no vieron más que ramas y hojas moviéndose por el viento.

Lorraine perdió el equilibrio, tambaleándose un poco por la sobrecarga sensorial. Ed la sujetó rápido por los hombros para evitar que cayera.

Al mismo tiempo, Caroline apretó los ojos con fuerza. Una ráfaga de imágenes oscuras y distorsionadas cruzó su mente como un relámpago, mientras una presión helada le oprimía las sienes

¡Largo de mi propiedad!

La voz resopló retumbando dentro de la cabeza de Caroline. La joven se sujetó la cabeza con ambas manos, dejando escapar un jadeo de dolor sin abrir los ojos. Lorraine y Ed, alarmados, se olvidaron del entorno y corrieron de inmediato a socorrer a su hija.














Más tarde, Caroline aguardaba en el patio exterior de la casa Perron mientras sus padres terminaban de hablar con Carolyn y Roger para coordinar el regreso.
La puerta principal se abrió y los Warren salieron. Antes de despedirse para ir a preparar los equipos pesados de investigación, Ed se detuvo en el pórtico.

—¿Sus hijas están bautizadas? —preguntó Ed.

—Ah, no. La verdad no lo hicimos, no somos una familia muy devota —contestó Roger, rascándose la nuca.

—Pues deberían considerarlo. Nuestra presencia podría empeorar todo.

—¿Por qué?

—Somos una amenaza —explicó Ed con gravedad—. Y lo que hay aquí no nos querrá. Hasta ahora no ha hecho nada extremadamente violento, y eso es una buena señal. Nuestro asistente investigará la propiedad antes de que volvamos...



















Esa misma noche, de vuelta en su hogar, Lorraine y Caroline entraron al dormitorio de Judy. Al abrir la puerta, notaron que la pequeña intentaba ocultar algo presurosa debajo de su almohada.

—Judy, ¿qué escondes? —preguntó Lorraine con una sonrisa inquisitiva.
La pequeña les sonrió de vuelta, alzó la almohada y reveló lo que guardaba.

—¡Les tengo un regalo!

Sobre la sábana había tres hermosos relicarios de plata.

—La abuela y yo los compramos en la venta de la iglesia, uno para cada una —les entregó uno a su madre y otro a su hermana mayor—. Coloqué una foto de mamá y papá en los nuestros —dijo Judy, mirando emocionado a Caroline.

Lorraine abrió el suyo. En el interior descansaban dos diminutas fotografías: una de Judy y otra de Caroline.

—La abuela dijo que así siempre estaremos juntas... ustedes con nosotras y nosotras con ustedes.

Caroline abrió despacio el suyo. En el recuadro brillaba una foto de sus padres juntos, jóvenes y sonrientes.

—Mami... Carol... las extraño —confesó Judy en un susurro, estirando los brazos.

Caroline no lo dudó un segundo y abrazó con fuerza a su hermana menor. Lorraine se unió al abrazo solo unos segundos después, envolviéndolas a las dos en un momento de paz en medio de la tormenta que sabían que estaba por venir.

el conjuro(Caroline Warren)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora