Parte I - Capítulo VI

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KAWAAKARI

"El río que resplandece en la oscuridad"

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Parte I

Capítulo VI

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El último rizo del pelo de Kagome era acomodado por su madre hacia adelante y por encima del hombro. Ella se observó en el espejo que mantenía en su habitación y se sintió feliz e incrédula a partes iguales, ante la imagen que éste le devolvía. El vestido de color azul oscuro, con un leve matiz verde, contrastaba perfectamente con su piel clara. El escote recto, que partía justo bajo la línea del hombro, no conseguía esconder el volumen de su pecho que asomaba sutilmente por sobre la línea del brocado. La gargantilla de encaje fino y del mismo color del vestido, creaba un hermoso detalle en su cuello. Kagome había vestido con ropas occidentales para algún otro evento, no obstante, era la primera vez que se veía a sí misma como una mujer. Esa idea dejó en ella un pensamiento que la hizo sonrojarse; quería que InuYasha Taisho la viese de ese mismo modo esta noche.

¿Iría? ¿Cumpliría su palabra? —el sonrojo se acentuó en sus mejillas y Kagome bajó la mirada hasta el detalle de la tela gris perlada que asomaba bajo el faldón azul, para que su madre no lo percibiera.

—No comprendo mucho esta moda nueva, sin embargo creo que te ves hermosa —la escuchó decir entonces y volvió a alzar la mirada para encontrarse con unos ojos castaños como los propios, aunque mucho más experimentados y sabios.

—Gracias, okāsan —sonrió al referirse a su madre, cargando en aquellas dos palabras toda la ternura que la mujer le despertaba.

Desde que su padre había muerto, ella fue quien se encargó de mantener la familia unida, digna y con un halo de alegría que no siempre era posible conseguir tras la muerte del jefe de familia. Su hermano Souta era quien heredaría el apellido Higurashi, no obstante aún era pequeño y aunque el abuelo ejercía muy bien su papel de cabeza de familia, en las cuestiones prácticas, era su madre quien organizaba la vida. Ante ese sólo hecho Kagome le profesaba una profunda admiración; no era fácil ser una mujer capaz en un mundo de hombres.

—Tienes que ponerte esto —su madre sostenía en las manos un pañuelo de seda del mismo color azul del vestido. A lo largo de éste se podía ver una cadena de flores de cerezo, las que representaban la belleza efímera de la vida. Estaban concebidas en el mismo color azul, visibles como un brocado hecho con los hilos al momento de tejer la tela.

Kagome asintió y la mujer extendió el pañuelo para posicionarlo delicadamente sobre los hombros de su hija, de modo que cubriese su espalda y parte del pecho, del frío y las miradas que se encontraría en el camino a casa de los Taijiya.

Kagome bajó los pocos escalones del templo hasta la salida para las jinrikisha con lento cuidado. La ayudaron su madre y Hanae, una mujer que llevaba trabajando en su casa casi desde el nacimiento de Souta. Al inicio de aquella salida que daba al otro lado de la larga escalera que había como acceso regular al Templo, la esperaba Haruka, el esposo de Hanae, que también trabajaba con la familia. La jinrikisha habilitada para dos personas tenía una pequeña escalera a un lateral que Kagome ascendió con el mismo cuidado con que se había movido hasta llegar aquí. El vestido que hoy llevaba, estaba mucho más elaborado que cualquiera de los que tenía y eso le dificultaba la fluidez de movimiento. Una vez consiguió sentarse su madre le entregó un pequeño bolso de tela del color gris perlado de su vestido, en el que Kagome había guardado un par de cosas que podía necesitar.

Kagome respiró hondo y sin demasiada afectación, esperando que la ansiedad que se le estaba instalando en el estómago se aplacara un poco.

—Haruka te llevará y te esperará —le anunció su madre y Kagome se sintió sobresaltada.

KAWAAKARIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora