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— Es un día hermoso

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— Es un día hermoso.

— Sí que lo es.

La carroza de la familia real regresaba por fin luego de un largo viaje al palacio. El rey de Luque junto a su primogénito, Vegetta, admiraban la vista familiar que la plaza del reino les ofrecía, deseando por fin llegar a su hogar y tomarse un merecido descanso de unos minutos antes de volver al trabajo. Este último se encontraba aburrido, pues pensó que el acompañar a su padre le daría la libertad de visitar a fondo el reino al que ambos fueron, sin embargo, pasó todo el día dentro del otro palacio, escuchando charlas aburridas que debía aprender a manejar para cuando sea rey. Quería salir, quería saber más de otros lugares, pero parecía que, a este paso, solo conocería los interiores de cada palacio habido y por haber. Fue entonces cuando sus amatistas captaron un nuevo puesto que jamás había visto por la plaza por la que pasaba el carruaje. No lograba notar lo que se vendía, pero a la persona encargada de ese lugar sí. Alto, de cabellos dorados y pareciendo que le explicaba algo a uno de los compradores, aquel extranjero captó su atención pues nunca lo había visto en sus tierras. Al no pertenecer al reino, quería preguntarle sobre el lugar de donde vino, o si había visitado otras ciudades aparte de la suya ya que él mismo no era capaz de irse a otros reinos de no ser por temas políticos, por lo que al menos podría conocer a alguien que sí y vivir a través de sus historias. Se preguntó si aquel misterioso hombre se quedaría hasta tarde, pues sería perfecto presentarse a él sin la capucha y poder tener por fin una conversación normal con alguien que no sea de la realeza.

Porque sí, el príncipe Vegetta de Luque tenía un secreto: Escapaba del castillo durante las noches y se mezclaba con los pueblerinos para ver cómo era la vida en el pueblo a esas horas, siendo este el modo más cercano para él para conocer cómo era la vida más allá del palacio.

— ¿Sucede algo, Vegetta? Pareces distraído. — la voz de su padre lo hizo volver en sí, posando sus ojos ahora a él y negando con la cabeza.

— Solo observo a nuestro querido reino.

Sí, eso haría, saldría esa noche como suele hacer y entablaría conversación con el misterioso vendedor por una vez. De ahí todo volvería a la normalidad y él continuaría con su vida y sus esporádicas salidas nocturnas.

¿Verdad?

— ¿Aún está a la venta?

¡Fue lo único que se le ocurrió para iniciar la conversación! ¿Cómo era posible que él, Vegetta de Luque, un príncipe con muchos años de oratoria encima suyo, no supiera cómo presentarse adecuadamente y actuara como un ser sospechoso en la noche? Podía entender tranquilamente la expresión de desconfianza que el vendedor tenía en esos instantes. Se lamentaba, pero no pudo evitarlo: apenas lo vio más de cerca quedó cautivado con el rostro de ese muchacho y aquellos ojos verdes que le recordaban a las esmeraldas. Se quita la capucha para no seguir pareciendo peligroso, recibiendo por respuesta el precio de la escultura. Inglés, ¡genial! Sabía que debía elegir inglés en lugar de francés en sus clases de idioma. Bueno, al menos podía entenderlo a medias, ¿hablarlo...? Ya ese era otro tema. Cuando le dice el precio en español, Vegetta no pudo entender como una escultura tan bonita como la que quería comprar valía tan poco, ofreciéndole más por ella. Intentó, en un vago inglés, decirle lo hermosa que dicha escultura era, comparándolo con el vendedor y esperando no sonar patético (¿él, sonando patético? ¿desde cuándo hablar con otra persona se le hacía tan difícil?). Cuando ya tenía el objeto en sus manos, maravillado, sabe que no hay nada más que decir. No sintió el valor para preguntarle sobre su vida o sus posibles aventuras, ya hizo demasiado en esa noche estrellada.

Noche estrellada [Fooligetta]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora