Capítulo 2: El unicornio

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Una ardilla recorría velozmente las calles de Nueva York. Saltaba entre farolas y balcones a una velocidad inigualable para otros de su especie. Atravesaba las carreteras más anchas planeando con sus membranas, de una seda blanca y flexible. Una tela similar envolvía buena parte de su cuerpo, cubriendo su pelaje gris. No es que Pit-Pat necesitase esconder su identidad, pero los trajes eran parte de la seña de identidad de un héroe.

Habían pasado seis meses desde el mordisco de la araña mutante, y habían sido unos meses bastante ocupados. De su calmada vida de esconder nueces, comer nueces y muy de vez en cuando ayudar a Doreen y su equipo si la ocasión lo requería había pasado a ser un miembro estable del equipo. Pit-Pat se había pasado los últimos meses patrullando, deteniendo robos y atracos, enfrentando villanos, rescatando gente de incendios, encontrando animales escapados, ayudando en catástrofes, escondiendo nueces y comiendo nueces. Porque ser superhéroe está muy bien, pero algunos hábitos hay que conservarlos.

Y la verdad es que no le había ido nada mal. Para ser el segundo héroe ardilla de la ciudad (quizás del mundo, aunque no lo tenía nada claro) y el primero con superpoderes, tanto la siempre en aumento comunidad superheroica de Nueva York como sus propias gentes le habían acogido con calidez. Es posible que el acompañar a una heroína que se había ganado a pulso el epíteto de "imbatible" tuviese algo que ver, pero la cuestión era que la ciudad le quería o, como mínimo, le reconocía como uno de los suyos. Uno de sus héroes.

A su paso, algunas personas le veían y le reconocían. Unas cuantas le saludaban sonrientes. Hasta planeó para chocar la pata con alguna de ellas. Pero no se detuvo a charlar con nadie. Tampoco es que hubiera podido. Pit-Pat no se había dado cuenta hasta ahora del verdadero fastidio que era que la mayoría de humanos no entendiesen ardillés. ¿Tantas horas que invertían en aprender español, francés o chino, pero luego no se molestaban en aprender a comunicarse con las vecinas con las que compartían ciudad? A pesar de ello, a Pit-Pat le estaba gustando esto de ser superhéroe.

En una calle menos transitada que la mayoría se fijó en una figura de andares pesados. Era un hombre enorme, una imponente mole que debía de superar los dos metros y medio de alto y fácilmente alcanzarlos de ancho. Su corpulento y musculoso cuerpo estaba completamente cubierto por un traje gris que recordaba a la piel de un rinoceronte. La parte de la cabeza estaba hecha a imitación de la del animal, con grandes cuernos incluidos. Le cubría los ojos, haciendo que la única piel que se le viese fuese la zona de la cara desde la nariz hasta la barbilla, que parecía asomar de la boca de la bestia.

El gigantón levantó la mirada y se fijó en Pit-Pat.

—¡Ey, Spidey! ¿Cómo te va? —preguntó, en un ardillés tosco con un marcado acento ruso—. ¿Haciendo la ronda?

—¡Hola, Aleksei! —saludó Pit-Pat, contento de encontrar a alguien que entendiese sus palabras—. Pues en ello estamos, sí. Y ya sabes que te entiendo perfectamente en inglés. ¿Cómo es que llevas la armadura? ¿Has tenido que tirar abajo otro tabique?

—¡Oh, no! —el hombre rio, pasando a hablar en inglés, lo que redujo ligeramente su acento—. Es que vengo de una firma de libros y a los críos siempre les hace ilusión. Unos cuantos me han pedido tocar el cuerno y todo —el grandullón miró al cielo, con cara de estar perdido en sus ensoñaciones—. La verdad, cuando pienso que este traje solía ser un símbolo de miedo y destrucción... ver en lo que se ha convertido me calienta el corazón—se secó con el dedo una lágrima que le caía de la máscara.

Aleksei Sytsevich, más conocido como Rino, solía ser un criminal al que unos experimentos de la mafia rusa habían convertido en un rinoceronte humano. A lo largo de su vida de supervillano había intentado en no pocas ocasiones enderezar su camino y dejar atrás el crimen, pero siempre acababa recayendo y volviendo a ser el matón a sueldo de la mente criminal de turno.

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