Capítulo 7: El Cazador

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A las puertas del campus de la Universidad Empire State, la Chica Ardilla esperaba. Con su inconfundible traje de heroína marrón, su más inconfundible diadema de orejas de ardilla y su todavía más inconfundible cola moviéndose expectante, Doreen Green aguardaba, con los brazos cruzados y la mirada seria, un encuentro ineludible. Tras ella, sus amigos y compañeros en la lucha contra el crimen esperaban también. Ardilla Guaperas, Chico Carpa y Brain Drain (sobre cuyos hombros se apoyaban Tippy-Toe y Pit-Pat), todos ellos con sus uniformes heroicos, miraban al frente, preparados para lo que pronto sucedería. Detrás de ellos, Mary Mahajan y Nancy Whitehead miraban vídeos de gatos en el móvil de Nancy. Porque seamos honestos, una espera sin entretenimiento apropiado puede tornarse tremendamente aburrida.

—¿Estás segura de que va a venir? —preguntó Nancy, levantando la mirada del móvil aprovechando que le había salido un anuncio—. Porque empiezo a arrepentirme de no haber cogido una chaqueta que abrigue más, y si tras esperar con este frío al final resulta que ha sido para nada, me voy a sentir bastante tonta.

—Estoy segura —respondió Doreen—. Vendrá. No podemos postergarlo más, tenemos una deuda que saldar. Esto se acaba hoy.

En ese momento, un llamativo vehículo llegó ante ellos y frenó en seco: una caravana gris y marrón, con un dibujo en la carrocería que podría haber sido la portada pin-up de algún cómic de espada y brujería. En él aparecía un hombre fuerte y de atuendo salvaje, que enarbolaba una lanza mientras cabalgaba a lomos de un leopardo rampante del tamaño de un caballo. La decoración podría haberse considerado hortera, de no ser porque el hombre que bajaba del vehículo era idéntico al del dibujo, desde las ropas hasta los músculos.

Incluso en una ciudad como Nueva York, ese hombre llamaba la atención. Vestía un pantalón de estampado de leopardo y una chaqueta que imitaba la cabeza de un león (incluida una peluda melena en la parte del cuello), abierta a pesar del frío, de forma que dejaba al descubierto su pecho velludo y un collar del que colgaban tres colmillos largos como dedos. Su pelo negro azabache estaba peinado hacia atrás y un cuidado bigote que le bajaba hasta la barbilla adornaba su rostro, con una corta perilla rematando el conjunto. Tenía la complexión y musculatura de quien pasa su vida persiguiendo y enfrentando mano a mano a bestias que podrían acabar con una persona de un gesto juguetón. Su mirada era la de un depredador, analizando su entorno en busca de presas y puntos débiles. De alguna forma, bastaba con un vistazo al hombre para saber que podría vencer a un tigre con las manos desnudas, y que probablemente lo había hecho en más de una ocasión.

El hombre se quedó de pie un par de metros delante de la Chica Ardilla, observándola con una mirada dura. Doreen le devolvió la mirada. Durante unos segundos que parecieron eternos, ninguno se movió. Ambos estudiaban al otro con la mirada. La tensión era palpable.

Entonces los dos estallaron en carcajadas.

—¡Belka! —exclamó el hombre, extendiendo los brazos con una sonrisa.

—¡Kraven! —Doreen corrió hacia él y se lanzó al abrazo. La superfuerza combinada de ambos no tenía nada que envidiarles a los abrazos patentados de Ben Grimm—. ¿Qué tal por Madagascar?

—Dejémoslo en que cierto grupo de indeseables se lo pensará varias veces antes de volver a acercarse siquiera a un lémur rufo rojo. Y, con un poco de suerte, otros como ellos también —el hombretón se soltó del abrazo y miró al resto del grupo, aún sonriendo—. ¿Y vosotros qué tal? ¿Cómo han estado las cosas en la ciudad que nunca duerme?

—Ya sabes, lo típico —respondió Tomás—. Una invasión alienígena por aquí, un ejército de gigantes mitológicos por allá, algún chalado megalómano intentando crear una máquina de terremotos... nada del otro jueves.

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