Vicenta Ferrer sonríe como si el mundo no tuviera peso.
Habla con dulzura, ríe fácil, mira a los demás como si la vida fuera simple. A veces parece incluso feliz. Nadie diría, al verla, que dentro de ella existe un lugar donde el tiempo no avanza como debería.
Pero hay momentos en los que algo se rompe. No de forma visible, ni de forma inmediata. Solo es un pequeño desfase, una pausa demasiado larga entre una palabra y la siguiente, y una mirada que se pierde en algo que nadie más puede ver.
Y entonces ya no está aquí, está allá, en ese espacio sin nombre donde la memoria no es recuerdo, sino repetición.
Vicenta no siempre fue así. Hubo demasiadas manos ajenas marcando su destino, demasiadas decisiones tomadas por otros, demasiados lugares donde su voluntad no significaba nada.
Aprendió demasiado pronto que sobrevivir no tiene nada de heroico: es solo continuar respirando cuando todo lo demás intenta impedirlo.
Con el tiempo, aprendió a parecer normal.
A sonreír cuando era necesario.
A hablar cuando debía.
A encajar.
Y, sobre todo, a regresar.
Porque siempre regresa.
A veces lo hace con un cigarro entre los dedos, como si el humo pudiera ordenar los pensamientos que no dejan de golpearle la cabeza. Otras veces con alcohol, buscando silenciar por un instante el ruido que no pertenece al presente. Pequeños rituales para sostenerse cuando el interior se vuelve demasiado pesado.
A simple vista, nadie lo notaría, pero hay algo en ella que nunca termina de estar quieto. Como si dentro de su mente existiera un tornado constante: invisible desde afuera y devastador desde dentro.
En el campo, la conocen como Sirena, un nombre que suena a leyenda, a advertencia y a algo que no debería existir.
Sin embargo, existe.
No porque haya nacido así, sino porque fue empujada, una y otra vez, hasta el borde donde las personas dejan de romperse y comienzan a transformarse en otra cosa.
Vicenta sonríe incluso en los momentos más tensos. Su voz puede ser suave, casi cálida y sus gestos, ligeros. Pero nadie que la observe demasiado tiempo tarda en notar que hay instantes en los que su mirada se apaga, como si alguien apagara una luz detrás de sus ojos grises.
Es en esos segundos donde el pasado la alcanza. No llega completo, nunca llega completo, sino que llega en fragmentos. Basta un sonido, un olor o una sensación que no debería estar ahí y el presente se desvanece. Cuando vuelve, siempre está un poco más lejos de donde estaba antes.
Respira, ajusta su expresión y sonríe otra vez como si nada hubiera ocurrido, pero algo en ella ya ha cambiado porque en Vicenta Ferrer no existe una sola versión de sí misma. Existen capas, versiones superpuestas que luchan por el mismo cuerpo, por el mismo aire, por el mismo instante.
La mujer que ríe.
La mujer que recuerda.
La mujer que sobrevive.
Y, en lo más profundo, algo que ya no responde a ninguno de esos nombres.
Dicen que el mundo se forma por tempestades que vienen de afuera, pero Vicenta es distinta. Ella es la tempestad, y el nombre que le dieron no es casualidad.
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Tornado (Libro 1)
RomansaSetenta y dos horas. Ese es el tiempo máximo que pueden permanecer ahí antes de volver a la guerra y también el tiempo que necesitan para convertirse en el peor error del otro. Porque entre alcohol, noches interminables, tensión acumulada y heridas...
