4. El tinte rubio dorado

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¡NO DESLICES! Porfis deja aquí un emoji si esta mini nota te aparece. Lo que pasa es que estoy reutilizando esta entrada y me gustaría saber si les apareció el capítulo nuevo.

(***)

Sirena

Hay algo duro bajo mi mejilla.

No sé qué es, pero está incluso algo tibio.

Como gato restriego mi mejilla sobre lo extraño, pero el hacerlo logra que alguien gruña, congelándome en el proceso.

Abro los ojos de a golpe, más me arrepiento al instante porque la cabeza me punza, producto de la resaca que tengo.

Ayer no recuerdo que me pasó, pero apenas llegué al Distrito Neutro me fue imposible no empinarme muchos tragos para olvidar la discusión que tuve con mi esposo antes de abordar el avión que me trajo hasta acá.

Cada que hablo con él tengo la necesidad de golpearlo, pero cómo hacerlo es impensable, decido ahogar mi rabia con licor. Sé que no es la mejor manera de hacerlo, y que lo más recomendable sería buscar terapia para lidiar con mis emociones, sin embargo, para alguien como yo eso es impensable.

Me levanto de donde estoy, dándome cuenta de que estoy literalmente encima del coronel barbudo con el que bailé canciones de Shakira. Él tiene los ojos abiertos y el ceño tan fruncido que intuyo lo evidente: está molesto.

—No eres una persona madrugadora, ¿verdad? —le pregunto, poniéndome de pie para estirarme un poco ya que dormir encima de una persona es incómodo. Pero no tan incómodo como dormir en el piso.

—No —responde él con una voz tan ronca que fácil podría competir contra el rugido de un oso—. Y tampoco me gusta dormir en el puñetero piso.

—Es lo que toca cuando perteneces al ejército —me encojo de hombros—. Nunca sabes donde te tocará dormir. Hoy fue en el piso, pero mañana podría ser encima de una roca o sobre escombros.

El coronel no responde, sino que gruñe, y con un movimiento ágil queda sentado, con ambas manos encima de sus piernas separadas.

Viéndolo bien, no parece un vagabundo como dije en el bar, sino King Kong, solo que más guapo y con menos.... Ah no, también está peludo, lo noto por como la parte superior de su uniforme deja entrever unos pectorales llenos de vello.

—Despierta bien, porque me acompañarás a comprar el tinte.

El coronel rueda sus ojos, y estira la mano para alcanzar un plátano que pela con una rapidez asombrosa. Se lo traga de un solo bocado, y con la misma agilidad toma otros dos para comérselos.

—Advierto que no me haré responsable si te quedas calva.

—Seré una calva bonita de ojos grises —respondo juguetona, bailoteando mis cejas porque, por alguna razón, quiero animarlo—. ¡Vamos, coronel! Ríase un poco.

—Imposible reír cuando tengo hambre, ganas de mear y me duelen los músculos como si me hubiera atropellado un tren.

Una enorme risa escapa de mi boca, y eso lo fastidia porque vuelve a gruñir. Se pone de pie con un solo movimiento, y por inercia tiro mi cabeza hacia atrás ya que está enorme.

—¿Cuánto mides? —pregunto curiosa, viéndolo directo a los ojos más negros que he visto nunca.

Me recuerdan a...

«No, ni se te ocurra decir su nombre, Vicenta», me regaño, porque sé que nombrar al chico que fue muy importante para mí solamente logrará sumirme en una depresión que no necesito cuando, en horas, es mi despliegue a quién sabe dónde.

Tornado (Libro 1)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora