CAPITULO 1

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 Lewis

Todo se siente distinto. El espacio, la energía que lo atraviesa, incluso el aire que llena mis pulmones... hay diferencias casi imperceptibles, pero las noto. Aprieto los puños—se sienten ajenos, como si no fueran míos. Una presión extraña se instala en mi pecho, y por primera vez en mi larga y efímera existencia, quiero llorar.

Logro apartar las cortinas invisibles que nublaban mi vista. La luz fría me golpea las pupilas. La sensación pesada y asfixiante desaparece de golpe, y entonces lo noto: unos brazos me sostienen. Lo hacen con sumo cuidado, sin perder firmeza. Poco a poco, la niebla que envuelve mi conciencia se disipa. El mundo toma forma. Reconozco el lugar.

Claro —pienso.

Luz blanca, igual de fría que su temperatura. Paredes blancas. El ruido de máquinas que registran signos vitales o mantienen con vida a los que no pueden hacerlo por sí mismos.

Por supuesto. Tiene sentido que despierte en un hospital. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Necesito preguntarle al extraño que me sostiene, aunque... ¿por qué me sostiene? Trato de hablar, pero solo salen sonidos incomprensibles. No entiendo nada. Lo miro, intentando darle alguna señal con los ojos.

—Vaya, mira nada más qué ojos tan expresivos —dice el extraño, observándome con detenimiento.

¿Tengo algo en la cara? ¿O qué se trae este sujeto?

La situación se vuelve cada vez más rara para mi gusto. Hago otro intento de hablar, pero de nuevo salen esos estúpidos balbuceos que parecen más de bebé que de alguien con una existencia como la mía. Esto ya me está hartando. El sujeto, que desde ahora bautizo como El Imbécil, se ríe.

—Pareces un poco impaciente, bebé —dice mientras se mueve, llevándome con él.

Ok. Voy a ignorar lo de "bebé" porque claramente este tipo es un gay de primera. Lo que realmente me intriga es cómo carajos puede moverse tan ligeramente mientras me sostiene. No se ve tan corpulento como yo... o como solía ser.

Toda esa ola de pensamientos inútiles se disipa cuando el sujeto se coloca frente a un espejo. Miro hacia el frente y me topo con unos ojos que no son míos. Lo que más capta mi atención es que el ser que me devuelve la mirada es pequeño, como un recién nacido. Frágil. Desnudo.

—¡AAAHHHHH! —es todo lo que logro gritar. De hecho, el grito es tan fuerte que mi pequeño cuerpo da paso al llanto inmediato.

—¡WAAAWAAA!

—Ya, bebé, no llores —dice El Imbécil, como si sus inútiles palabras fueran a mejorar mi situación.

—Deberías parar de insultarme, bebé. Aún te queda un largo camino. Estás muy sano: tu peso y tamaño son ideales, y logras mantener los ojos abiertos.

Espera... ¿qué? ¿Acaso él sabe...?

—Doctor, una pareja lo espera en su oficina —dice una voz. El viejo me entrega a otras manos extrañas, y el hilo de mis pensamientos se corta.

—El bebé está respirando. Encárgate del resto —es lo último que dice antes de marcharse.

Después de eso, todo se volvió más raro. Y la verdad... todavía no sé qué está pasando. 


B: Marca RojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora