Me miro en el espejo como todos los días. Es un acto casi sagrado. Aún me cuesta creer que el reflejo que me devuelve la mirada sea realmente mío. Es ridículo pensarlo, lo sé, pero supongo que la despersonalización ha ido demasiado lejos. Aunque, debo admitirlo, las vacaciones me han sentado bastante bien.
—¡Roja, se nos hace tarde! —grita mi muy ruidosa hermana.
—¡Ya voy! —respondo, dejando que una sonrisa se asome en mi rostro. Vuelvo a mirar al espejo, inhalo, exhalo... y estoy lista para emprender el viaje con mi mejor actitud.
Bajo las escaleras mientras pienso si debería seguir sembrando tomates o probar con pimentón. La duda existencial de una jardinera aficionada.
—Roja, mamá está insoportable porque tardaste demasiado —susurra la mocosa, apareciendo de la nada y haciéndome pegar un brinco.
—Casi me matas del susto. Y respecto a mamá... ¿acaso hay un día en que no esté insoportable? —le respondo en susurros. Ella ríe por lo bajo.
—¿Quién está insoportable? —¡Perfecto! Hoy es el día oficial de los infartos. Mi otra hermana, la ninja, aparece de quién sabe dónde.
—¿Desde cuándo son tan sigilosas ustedes dos? —Estoy seriamente sorprendida por sus habilidades de "aparecimiento". Sí, ya sé que no es una palabra, pero honestamente no me importa.
—¿Por qué susurran? —Todas damos un paso atrás cuando escuchamos a la bruja... digo, a mamá.
—No le susurramos a las paredes, susurramos entre nosotras —dice la contestona de mi hermana. Me muerdo el labio para no soltar la carcajada.
—¡Silencio, me haces el favor! No te meto un sermón de dos horas porque ya se les hizo tarde para salir al aeropuerto —dice, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta. La seguimos, compartiendo miradas y risas contenidas.
—¿Y papá? —Cierto. No lo he visto ni escuchado esta mañana. Probablemente esté buscando el regalo para cierta muchachita irreverente.
—No debe tardar —responde mamá, mirando su reloj—. Te lo pido como tu madre: haz el esfuerzo de llamar al menos una vez por semana, ¿quieres? Ni tu hermana, que es mucho más insolente, se pierde del radar como tú.
No le respondo. Solo asiento mientras le devuelvo la mirada. Me ofrece una pequeña sonrisa. Está por decir algo más cuando suena la bocina de la Jeep Wrangler de papá. Para ser honesta, tengo una fascinación enorme por esa camioneta. Una vez casi me la robo... casi.
—Mis niñas no se pueden ir sin darle un abrazo a papá —extiende los brazos. La mocosa se lanza primero. Yo la sigo, dejando que los fuertes y confortables brazos de papá me envuelvan.
—Siempre pueden quedarse —ya va a empezar. Me separo de él y lo miro mal.
—No me mires así, jovencita. Sabes que lo digo como una posibilidad. Puedo hablar con Rogers, y él no dudaría en tomarte como parte de su equipo. Además...
Desconecto mi cerebro. Prefiero disociarme antes que escuchar el discurso que lleva repitiendo desde que comenzaron las vacaciones. Bueno, desde que comenzó el año.
—... es una de las mejores pistas —al parecer notó mi falta de interés y ahora intenta convencer a mi hermana.
—Papá, debes entender que realmente no es lo mío. Yo decidí no seguir tus pasos. Me dijiste que lo aceptabas —expreso esto último con un tono de decepción que no siento, pero es necesario manipularlo si quiero que deje de insistir.
—Cariño, déjala en paz. Me habías prometido que ya no la presionarías —mamá está de mi lado. Claramente prefiere tener a sus hijas lejos de todo lo que tenga que ver con criminales y armas.
—Bueno, bueno. Supongo que ya es hora de despedirse. Cuídate y cuida de tu hermana. Mejor dicho, cuídense entre ustedes. Aliméntense bien, duerman entre siete y nueve horas —me mira—. O al menos traten. Y no se olviden de llamar.
—Ya, mamá. Estaremos bien —responde mi hermana—. Ya debemos irnos.
—Cierto. Suban a la camioneta —todos lo hacemos, menos mamá. Supongo que aún le cuesta.
El camino en auto es silencioso, justo como me gusta. Pero la felicidad no es eterna.
—¿¡Papá, qué hay en la caja!? —ruidosa como siempre. No entiendo cómo la aguanto.
—Tiene mi nombre. ¿Puedo abrirla?
—No hasta que llegues a Rusia —responde papá mientras estaciona. Hace una pausa, se apoya en el volante, suspira, nos mira por el retrovisor y dice:
—Corramos.
El reloj marca las 9:00 A.M.
Corremos por los amplios pasillos, rogando que el avión siga allí. Llegamos a las puertas de embarque, que gracias a Dios apenas han habilitado. Tratamos de recuperar el aliento como la familia disfuncional que somos.
—Cuídense, hermanas traidoras —ruedo los ojos.
—Puedes venir con nosotras, ya te lo he dicho —y ella lo sabe, pero sé que no lo hará. A pesar de todo, hay cosas que no cambian. Las tres nos abrazamos.
—Mis niñas, no puedo expresar lo mucho que las voy a extrañar —papá se pone melodramático con esto de las despedidas—. No olviden llamar —me mira.
—Yo nunca lo olvido —¡Qué cruz! ¿Desde cuándo les importa tanto?
—No lo digo por ti, pequeña —me mira mientras le responde—. Hasta luego.
—Nos vemos —decimos al tiempo, mientras nos adentramos al pájaro de metal gigante. O sea, el avión. Por si no quedó claro.
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Contemplo el atardecer desde la ventana del avión. La escala fue un desastre desde el momento en que a la señorita que tengo enfrente se le antojó ir de compras. Mi "mejor actitud" ha ido en decadencia.
—Roja, mi manager quiere que revises el contrato que te enviaron los rusos —comenta sin apartar la vista del libro que lleva tres meses leyendo.
El sudor frío y las náuseas no se van. Tengo una migraña que no se quita ni con todas las drogas que he ingerido. Estoy a punto de sufrir un colapso nervioso. No hay tortura que se compare a la incomodidad que estoy sintiendo. Sin embargo, al ver a mi hermana en tan cómoda posición, leyendo el dichoso libro como si fuera la primera vez, me surge una duda legítima.
—¿No te aburres del mismo libro, Emma?
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B: Marca Roja
FanfictionEl Universo, el destino, el karma o el mismo Dios me dieron una segunda oportunidad. ¿Qué debería hacer con ella? Esta historia es sin fines de lucro, todos los personajes pertenecen a Eva Muños.
