Lewis
—¿¡QUÉ CARAJOS ME ESTÁS DICIENDO, GUÍA INFERNAL!?
¿Recuerdan cuando dije que me dejaba guiar por la antes mencionada?
Pues me arrepiento. Totalmente.
—Mira, mocoso, te calmas o te calmo —amenaza mientras se quita los lentes de sol—. Es tal y como te dije.
—Haim, ser un estúpido mandilón con delirios de mojigato frígido y cachón no está entre mis deseos.
Ella toma su malteada, come esas asquerosas Oreos y me ignora descaradamente.
Estoy harto de esta mierda. Desde que llegué a este mundo, mi vida parece tener un propósito maldito y bien definido:
Ser un militar.
Enamorarme.
Que me engañen.
Volverme basura humana.
Y terminar echando por la borda todos mis principios para convertirme en el peor ser humano que ha parido esta saga.
—Bueno, yo no diría el peor. No olvides al italiano loco.
Por favor, hasta ese tiene su propio fandom.
—¿Cómo sabes eso?
—Descubrí que Haim habla de más cuando está borracha.
—Ah.
El punto es que agradecí desde lo más profundo de mi alma a quien fuera por darme otra oportunidad. Esta vida resultó ser agradable. Mis padres no me desprecian. Conocí a mis hermanas. Nací en cuna de oro. Nunca me faltó nada. Pude forjarme un camino pavimentado y recorrerlo con buenos zapatos.
Verdaderamente creí que podría tener una buena vida...
Hasta que apareció Haim.
Bueno, en realidad siempre estuvo allí. Su presencia nunca pasó desapercibida.
Pero nunca habíamos tenido un contacto tan directo como aquel día.
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Memorias
Me habían castigado.
Al parecer, a Martha no le hizo gracia encontrar a su primogénito comiéndose el pastel del cumpleaños número dos de su segunda hija.
Ahora estaba en mi habitación, sentado en el barandal del balcón, observando la luna.
Los maullidos me sacan del embelesamiento.
Cinco gatos me rodean.
Son los culpables de la baja en las latas de atún de la cocina.
Todos esperan.
—Mininos, hoy nos toca aguantar hambre.
Maúllan en conjunto, como si entendieran.
—Aunque no es como si yo me rindiera fácilmente, ¿cierto?
Miro los metros de caída.
Pienso en los daños que me causaría hacer algo estúpido.
¡Qué va! No me importa romperme unos cuantos huesos.
Estoy a punto de lanzarme cuando los maullidos me detienen.
Al girarme, los veo bajando por una enredadera.
¿Desde cuándo está ahí?
Sin pensarlo, me acerco a lo que parece una bajada más segura y me deslizo hasta tocar el césped del jardín.
Los gatos se restriegan contra mis pies.
Le echo una mirada al perímetro. Nadie me ha notado.
Corro hasta la puerta de servicio que da a la cocina.
Una vez dentro, trepo por los mesones de mármol hasta las despensas.
Tomo diez latas de atún, las envuelvo en trapos de cocina improvisando una mochila.
Antes de irme, tomo del refrigerador una caja de leche y otra de té.
Camino por el sendero que lleva al lago artificial.
Un lugar olvidado por la familia.
Martha planea destruirlo para construir un chalet y hacer reuniones frívolas con otras esposas florero.
Me siento en la hierba fresca.
Abro las latas de atún para los muertos de hambre que no se me despegan.
Todo permanece en total plenitud: el sonido del viento, el reflejo de la luna sobre el lago.
Sin poder detenerme, me arrojo al agua.
La oscuridad, el frío y el silencio me reciben.
Mi pulso se acelera.
Una sensación de incomodidad se atasca en mi pecho.
Mis miembros se mueven con desesperación.
Lucho internamente contra las respuestas de mi cuerpo.
Trato de relajarme.
Cierro los ojos.
—Tienes miedo, mocoso.
Ahí está.
Soy arrastrado hasta la superficie y dejado en la orilla del lago.
—Eres estúpido, muchachito. Vamos, abre los ojos. Sé que no estás inconsciente.
Nuestros ojos se encuentran.
Me detalla a conciencia y me dedica una sonrisa.
—Te vas a resfriar, bebé. Es mejor que regreses. Aún te queda un largo camino por recorrer.
—Podrías dejar de decir eso. Mejor explícame: ¿por qué siempre me estás vigilando? ¿Quién eres? O mejor dicho... ¿qué eres?
—Si tanta curiosidad tenías, ¿no era mejor preguntarme cada vez que me sentías cerca?
Suena molesta, pero su expresión es de burla total.
—Por el contrario, decidiste atentar contra tu propia vida.
—Si no lo hacía, no hubieras mostrado tu muy cambiante cara.
—Escúchame bien, mocoso suicida. A mí no me vas a hablar como lo haces con tu madre, a la que tanto desprecias —dice mientras me jala las orejas—. Ni como solías hacerlo con tu padre en tu anterior vida.
—Para tu información, yo no desprecio a Martha. No es de mi agrado, pero no la odio —aclaro, sobándome las orejas—. Y al otro ser ni me lo menciones... Espera un momento. ¡Lo estás haciendo!
Le apunto con el dedo en gesto acusador.
—¿Qué cosa? —pregunta, inclinando la cabeza.
—No trates de hacerte la tierna. No te queda.
Me levanto.
—Está bien. No hables ahora. Sé que tarde o temprano lo harás. Me voy. No tengo la más mínima intención de resfriarme por tu culpa.
—¿Mi culpa? Yo no te arrojé al lago —gruñe, ofendida—. No es mi culpa que acabaras hecho sopa.
—Lo es. Y lo sabes.
No espero su respuesta. Le doy la espalda para marcharme.
No miento cuando digo que odio enfermarme.
Avanzo siete pasos.
Y ya estoy regresando sobre mi eje.
Sigue allí, mirándome como quien nunca ha visto una guacamaya.
Le extiendo el té que recién me robé.
Ella lo toma sin mediar palabra.
Le saco la lengua y me voy.
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—¿Recordando el pasado, mocoso?
La pregunta me enfoca otra vez.
—Mira, sé que suena injusto lo que te estoy pidiendo, pero te aseguro que una vez que acabes, podrás seguir con tu vida como lo vienes haciendo hasta ahora.
—¿Es completamente necesario?
Sé la respuesta.
Pero espero una negativa desde el fondo de mi... lo que sea que habite en el fondo.
—Sí.
Me detalla. Sonríe en apoyo.
—Tienes que ser el novio de Rachel James.
...
¿Por qué?
Carajo, ¿por qué?
Quien sea que me esté escuchando, sé que fui la peor escoria en mi vida pasada.
Pero... ¿acaso no había saldado mis deudas ya?
La respuesta, al parecer, es un rotundo NO.
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B: Marca Roja
FanfictionEl Universo, el destino, el karma o el mismo Dios me dieron una segunda oportunidad. ¿Qué debería hacer con ella? Esta historia es sin fines de lucro, todos los personajes pertenecen a Eva Muños.
