Parte 2 Evangeline

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     Suena el despertador. Papá dejó la puerta de mi cuarto entre abierta y puedo ver su taza de café abandonada en el mismo lugar de siempre. Son las cinco treinta. A fuera esta nevando y las ganas de levantarme se disipan cuando recuerdo que es 29 de julio. Es normal que papá no esté en casa un 29 de julio por estas horas. "Eres fuerte", me dijo anoche mientras preparaba la cena, "no sé cómo soportas estar aquí un día como mañana". Hice caso omiso a sus palabras. No soy fuerte, simplemente no puedo andar llorando por ahí cada vez que quiera, debo mostrarme segura, debo hacerlo por él. Ocho años atrás un 29 de julio, perdimos a mi madre; quedarse en casa por estas fechas significaba verla en cada taza, en cada plato, significaba sentir su perfume inundar la casa, significaba tristeza. "Alguien debe quedarse con París", le contesté. París es mi cocker de un año. Mientras recuerdo la conversación de anoche, ella viene y comienza a lamer tiernamente los dedos de mi mano, intenta despertarme. Papá me la regaló hace dos años para mi cumpleaños número 16, nuestra casa es pequeña, pero sabía cuanto necesitaba de compañía y antes de que me consiguiera un novio, prefirió regalarme un perro. 

     París se impacienta con mi pereza y comienza a dar saltitos para subirse a la cama, la ayudo a hacerlo y se acurruca a mi lado. El tiempo pasa rápidamente y ya son las seis treinta, demasiado tarde para salir. Los 29 de julio pasan rápidamente pero dejar marcas que perduran en el tiempo. Me levanto y el suelo esta frío. París duerme hecha un ovillo en medio de mi cama. Mis pantuflas quedaron confinadas debajo de la cama con el alboroto de París y sacarlas implica arrastrarme por el suelo frío así que me dirijo descalza al cuarto de baño. 

     La casa tiene el tan familiar olor a café y se siente tan acogedora como siempre, los violines suenan suavemente y el hogar aún despide un ligero calor. Enciendo el agua y aguardo a que se caliente antes de meterme debajo. Mis duchas suelen ser rápidas los días de frío, pero hoy me permito estar más tiempo de lo usual. Cuando termino ya es de día, el sol se meta a chorros por entre medio de las cortinas, el cielo esta despejado y ya se ven algunas personas corriendo por la costa. Me dirijo a la cocina y pongo a calentar el café que me dejó papá y el pan en el tostador. En la mesada hay un cuadradito pequeño y de color azul de papel, papá me dejó una nota; "Eva, recuerda devolver los libros a la biblioteca, vuelvo tarde a la noche, Te Amo, que tengas un bonito día". Sonrío. En un día como hoy, una nota como esa es de mucha ayuda. 

     Sobre la mesita del living esta el libro que debo devolver a la biblioteca: Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Lo he leído un par de veces pero aún no logro descifrarlo por completo. Vierto el café en mi taza térmica de viaje y tomo mi abrigo. Afuera sigue nevando y el camino hasta la biblioteca es largo. París se reincorpora cuando oye el sonido de la puerta al abrirse y automáticamente va en busca de su correa. Pensaba salir sin ella, pero con este clima no es una muy buena idea. Cierro la puerta y voy en busca de su pequeño abrigo, se lo coloco y vuelvo a salir. En realidad no necesito una correa para salir con ella, jamás se iría, pero la nieva cae con fuerza y temo perderla si no la tengo asegurada.  

     Antes de hacer la primera cuadra una fuerte ventisca se desata y me obliga a recoger mi cabello en un moño. Aprieto con más fuerza mi bufanda y prendo el último botón de mi abrigo. París parece no sentir el frío, adora salir a caminar sin importar el clima. Al llegar a la biblioteca sacudo la nieve de mi abrigo y París hace lo mismo con sus patitas. 

    Entramos y la Señora Paxmes nos saluda. Me dirijo hacia ella pero antes de llegar... todo desaparece. 

EvangelineDonde viven las historias. Descúbrelo ahora