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17 de noviembre del 2013


Crecí en un entorno, inmoral, completamente despreciable y traumático. Recibiendo maltratos constantes por parte de mis padres, y superiores. “Una educación fuerte y efectiva”. Que en realidad era una porquería, por sus inservibles cerebros no se les pasó las consecuencias de sus atrocidades, que lejos de educarme para ser el mejor, me convirtieron en un maldito monstruo.

Gran parte del maldito infierno que pasé en mi infancia, lo hice siendo un completo ignorante, no tenía ni la remota idea del poder que tenía la sangre que circulaba por mis venas, y tarde entendí, que para adaptarse a ser un monstruo, tenía que sentir como uno.

El imperio Scott subió hasta la cima, dominando gran parte de los clanes, y todo era por mí, una cabeza fría puede manipular un jodido cálculo y obtener el resultado con los ojos cerrados, y ser ésto valió la pena.

Los mortales, cuya existencia se limita a un breve suspiro en la inmensidad del tiempo. Los mortales, esos seres débiles y mediocres, vagan por la tierra como sombras, atrapados en sus rutinas insignificantes, incapaces de comprender la magnificencia que me rodea.

‎¿Qué son ellos, sino marionetas de su propia mediocridad?

Nosotros estamos más cerca de la especie humana, más de lo que puede llegar a ser creíble, estamos destinados a inyectar el miedo en sus pupilas, volver inútil su respiración, y desgarrar su corazón.

—El momento ha llegado —mencionó mí padre por los altavoces del elegante salón.

A mí lado se encontraba Annelisse mi hermana. Ella mantenía sus manos ocupadas terminando de arreglar mi traje.

—Estáis guapísimo —comentó con una sonrisa.

Varias personas entraron en el espacioso salón, todos y cada uno de ellos demostrando elegancia con trajes de marca, la mayoría tomó asiento, para el gran espectáculo a continuación.

En el centro del salón se encontraban mis padres, y los superiores del consejo de Aeternum.

Le dediqué una sonrisa ladeada a Darcelle, y caminé hasta el centro.

Todos los que se mantenían en sus asientos se levantaron a aplaudirme.

Al llegar al lado de mi padre, él tendió su mano derecha, estrechando la mía.

Se alejó sin verme, tomando su postura impotente.

—Harold Scott —empezó a decir— Tú legado comienza hoy, en tu honor. Aceptarás un presente.

Conocía de memoria cada maldita palabra que diría, cada movimiento, un ensayo más de está farsa. Era lo mismo siempre qué alguno de los hijos de los fundadores alcanzaba la edad de 113 años. Este año tenía un gran peso, porque más que hijo de un fundador, soy el vínculo del comienzo de los morynth.

Una maldición.

Dos guardias entran al salón, lo percibo por su olor. E inmediatamente giro a ver a la dueña de ese exquisito olor a jazmín.

En medio de ellos, traían una chica, cada uno la tomaban por los brazos, el cabello de ella, se situaba en su rostro, por lo cual no pude reconocerla, y dudo que lo haría.

Caminaron pacientemente hasta detenerse a mis pies. La chica estaba inconsciente, no le dediqué mucho tiempo para detallarla y mi madre ordenó que la llevarán a mi habitación.

—Un brindis por la dama, Harold —añadió mi padre, llevando la copa de vino blanco a sus labios.

—Será un honor estar bajo su liderazgo señor Harold, mucha dicha para usted —fué lo único que acotó uno de los líderes antes de que todo el salón estallara en aplausos.

La satisfacción que ésto me provocó, solo me dió un indicio de lo que sería mi vida a partir de este día.

El baile de la ceremonia darkness comenzó poco después de eso, lo que me ofreció el tiempo preciso para ver a mi chica.

Al entrar a la alcoba, me quedé en el umbral por unos segundos, observándola detenidamente desde lejos.

Ella estaba en la cama, acostada boca arriba, con sus brazos a cada lado de su curvilíneo cuerpo, su vestido esmeralda estaba un poco arrugado, y aún así su figura se veía enigmática, tan distinta.

Algo en ella, me hipnotiza. Me cuesta percibir qué, desde que la ví en el salón lo sentí.

Me acerqué finalmente hasta ella.

—Una humana —susurré con autosuficiencia, mientras apartaba el cabello de su rostro.

Tenía el labio inferior roto por la esquina izquierda. Es hermosa.

Nada sorprendente, para todas las chicas hermosas que había visto.

Pero había algo, que me hacía no querer alejarme de ella. Se veía inofensiva.

Ella no era consciente, de el mal que le había llegado a su vida, a partir de esa noche.

Iba a destruirla.

Ella abrió los ojos, y me observó fijamente.

¿Por qué no temes de mí?

—¿Algo que desees decir antes de morir? —murmuré viendo el azul del cielo, en su mirada.

—Estamos condenados.

Condenados a Amar (En Edición)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora