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Harold Scott
Moscú, Rusia.
Al acercarme a la mansión, varias imágenes aparecieron como flashes en mi mente.
La estructura, una vez majestuosa, se alzaba con un aire de abandono. Las paredes estaban cubiertas de hiedra y musgo, y muchas de las ventanas estaban rotas. La puerta principal, de madera oscura y desgastada, se encontraba entreabierta, como si invitara a entrar.
El jardín, que en algún momento había sido cuidado por ella, ahora era un caos de maleza y arbustos descontrolados. Las flores marchitas se mezclaban con hierbas altas, y el camino de piedras, cubierto de musgo, estaba casi completamente oculto. Cada paso que daba resonaba en el silencio, creando un eco que parecía retumbar en el aire pesado. Al cruzar la puerta, el aire se volvió frío y húmedo. Un olor a moho y descomposición llenaba mis fosas nasales, y la luz del día apenas lograba entrar a través de las telarañas que colgaban del techo. Las paredes, de un color que alguna vez fue vibrante, estaban desgastadas y desconchadas, mostrando la madera deteriorada que había debajo. A pesar del paso de las décadas, el lugar seguía siendo el mismo. Los recuerdos permanecían aquí. —¿Cuánta nostalgia, verdad? Y allí estaba él, el motivo por el cual tuve que viajar 10 horas desde Colchester, Inglaterra. A Moscú, Rusia. —Aprovecha el tiempo que te puedo ofrecer. Debo volver a Inglaterra. —Siempre ocupado, primo. —Se toma su tiempo mientras termina su cigarrillo—. En algún lugar de este maldito museo histórico está lo que busca tu padre. Harold, eso podría destruirnos. Una risa ronca escapó de mi garganta, realmente consumida por la ironía de sus palabras. «Podría destruirte incluso a ti —concluyó. En el vestíbulo, un candelabro de cristal colgaba del techo, cubierto de polvo y telarañas. Las escaleras en espiral crujían bajo mi peso al acercarme al centro de la mansión, donde se encuentra él. Cada peldaño parecía protestar ante mi presencia, y me sentía como un intruso en un lugar que había sido olvidado por todos. Sin embargo, en mi pecho se instalaba una familiaridad con este lugar. De forma inconsciente, me dirigí a ese rincón del inmenso salón que conocía perfectamente, uno que se transmitía de manera clara en mis recuerdos. Al entrar, el suelo de la mansión crujió, y por unos segundos me permití sentir nostalgia. Un piano, desafinado y cubierto de polvo, se encontraba en una esquina. Al acercarme, mis dedos tocaron las teclas, produciendo un sonido apagado que resonó en la soledad de la casa. —Viejos recuerdos, ¿no? —comentó Sirhan, recostado contra una vieja pared. Giro sobre mis talones y camino hasta enfrentarlo. El aire se vuelve más denso, cargado de incertidumbre. Estar en este lugar afectó de manera obvia mi razonamiento. Pero he venido por un motivo específico. —¿Tu presencia en qué me ayudaría, según tú? —Hevran quiere mi cadáver. —Yo también lo quiero —solté, indiferente—. Sé más coherente, Serhan. —Mi equipo puede localizar lo que busca tu padre, Hevran. Y de manera directa, tu clan se encargará de lo demás. Analizo lo que dice por unos minutos. En parte, podría servir. Pero complica todo lo que tenía planeado. Hevran busca destruir lo que él creó; lleva la mitad de su existencia intentándolo. No puedo desechar esta propuesta. —¿Qué ganas tú? —cuestioné, mirándolo fijamente. Su mirada se fija en mí, y susurra: —Vivir. Salgo del salón, dirigiéndome a la salida. A mis oídos llega el sonido de sus pasos siguiéndome. —Harold, ¿confías en tu padre? Giro levemente, a verlo y frunzo el ceño, viéndolo con desdén. —Dejé de hacerlo hace una década. Y con eso, me despido. Tres camionetas me esperan fuera de la mansión. Gasper, mi chófer, corre hasta alcanzarme. —¿Terminó, señor? —Quisiera, volvamos a Colchester. —¿No pasará la noche aquí, en Moscú? —cuestiona, y no necesito voltear a verlo para que perciba que no es un buen momento para cuestionarme. Se retracta—. Como ordene, señor.
₊˚ʚ ᗢ₊˚✧ ゚.
Al abrir la puerta de la mansión Scott, me encontré con un vestíbulo iluminado por la luz fría de las lámparas de araña, cuyos cristales brillaban con un destello tenue.
Janet, mi secretaria y aliada de confianza me seguía el paso, y fué ella quien se encargó de cerrar la puerta.
A medida que entro, la luz de la luna se filtra a través de los grandes ventanales, creando un contraste entre la claridad del salón y la oscuridad del exterior. Janet se acomoda en la mesa principal, y se centra en su laptop, mientras yo subo a mi habitación.
—Necesito que revise los análisis de los vacantes, señor —anuncia.
La mirada de la chica se reproduce en mi mente, de manera borrosa, y una sonrisa de satisfacción se asoma en mis labios, al recordar lo acelerado que sentí su pulso al tocarla.
—Janet. —murmuré y mi voz suena como un eco desde las escaleras.
—¿Sí, señor?
—Válida sus carnets en la clínica.
—¿No los vas a revisar? —cuestiona, y su voz suena atónita.
—Ya lo hiciste tú, ¿Es necesario que lo haga?
El silencio perdura unos minutos, hasta que por fin concuerda.
—No, señor. Tienen buen enfoque, en serio se nota el esfuerzo.
—Allí tienes la respuesta, Janet.
Después de eso, me dirigí hasta mi habitación, entrando a la estancia del baño.
Observé mi reflejo en el pulcro vidrio del espejo por encima del lavamanos. Suspiré al terminar con el aseo, sentía una relajación infinita en mis hombros. Debo admitir que a pesar de ser un día fatal, en todo el sentido de la palabra, aún existía algo que por ahora está fuera de mi alcance, como un proyecto que solo puedo visualizar y admirar, un proyecto ajeno a mí, que no necesita de mí para llevarse a cabo y éso debía cambiar. Las piezas en el ajedrez más tarde que temprano cambiarían, y el único rompecabezas que existía por fin obtendría todas las piezas necesarias. Siendo muy consciente de que existían diversos puntos que corrían riesgo, estaba mucho en juego.
Debía poner a trabajar el cerebro, para armar un plan con una estrategia infalible, con muchas partes, para obtener un mismo resultado, mantener el liderazgo.
¿Qué gracia tenía estar en esa posición sin un poco de diversión?
Llegar a obtener un legado y poder es complicado, lo que para mí es una estrategia de diversión y pasar el tiempo, ¿Lo divertido?
La competencia.
La satisfacción que experimentas al ver ese odio formarse en las pupilas de tú contrincante es otro nivel de excitación, que debería ser aprobado por la sociedad, lejos del sexo insaciable. Está era una emoción completamente atrayente, dejando en claro quién es, y quien siempre será el dueño de ese poder.
Tomé una toalla para secar mis manos, y salí con ella hacía afuera, me serví un vaso de vodka, el cuál llevé a mis labios y me lo tomé de un solo trago, permitiéndole amargar mi paladar por un minuto, hasta dejarme caer en la cama.