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Los años que prosiguieron a la pérdida de mi inocencia fueron para mí nada más que laboriosos. La semilla de la posibilidad de soñar con lo impensable había echado raíces y no solo contaminó mi cabeza, sino que también envenenó mi sangre.

Cuando retrocedo a esa época y miro atrás, mi existencia juvenil parece entregarse a mí como un domo. Un seguro espacio atemporal amparado por el cristal donde una versión adolescente mía yace en un pequeño escenario con el césped recién cortado, con el aroma de los limones en flor perfumando la brisa y mi uniforme secándose al sol. Mas estoy sola... Allí no está Ernesto, mucho menos mi padre, únicamente está aquella inocente versión pequeña de mí misma, protegida por el vidrio de la ignorancia contra la maldad de la realidad.

(N/A: Pau... ¿Recuerdas cuando pensábamos que todo nos podía salir bien con solo intentarlo? Extraño eso, esa esperanza... Esa falta de miedo. Cada vez que cumplo años, siento que me vuelvo más cobarde, que tengo más fobias, me he vuelto temerosa de todo. Hay tanto en juego que perder... Lo sé, necesito volver a terapia, pero es un pánico real. Desde que Roman llegó a mi vida, lo único que pienso cada mañana es en un sinfín de escenarios catastróficos donde Remo lo reclama como suyo y se lo lleva con él... Solo para disfrutarlo como yo lo disfruto. Es una estupidez, debes estar leyendo esto con una ceja levantada y pensando que estoy trastornada, pero Roman es tanto mío como de él. ¿Y si el destino se la agarra conmigo otra vez? ¿Si decide que yo ya disfruté demasiado a Roman y ahora le toca su turno a Remo? Solo existen demonios en la cabeza de quién caminó en el infierno y lo llamó su hogar)

Luego de haber copulado con Ernesto la vida continuó igual, sin ningún desvarío o súbito movimiento que me perturbase. Nuestras charlas seguían vigentes, más que nada centradas en los aburridos programas televisivos de aquellos tiempos y la intimidad se limitaba a los escasos minutos de soledad que encontrábamos cuando las hormonas estaban dispersas en el aire.

Poco a poco le permití conocer las divagaciones de los pensamientos que tenía en el presente, pero que me mostraban un futuro deslumbrante. Con la fuerza de la ignorancia de la niña malcriada que anidaba en mis huesos le relaté como estaría en las noticias, como sostendría mi micrófono, el precio que tendría mi camisa y como todos sonreirían al verme anunciar los crímenes más mordaces.

Ernesto, solamente para complacerme, ahora lo entiendo claramente, afirmaba fervoroso cada idea que salía de mi disparatada cabeza y era enunciada por mi boca sin vergüenza. En nuestra propia inocencia planteábamos idílicas situaciones donde él volvía de su trabajo, un taller de autos de lujo propio, y encendía su televisor solo para ver a su linda esposa relatando las noticias, enfundada en un elegante vestido rojo.

No pienso mentir, en aquellos tiempos probé los primeros sorbos de felicidad. La esperanza era una droga a la que me volvía lentamente adicta cada vez que lavaba una cacerola o recalentaba una sopa fría.

Por otro lado, el buen señor Santino se limitaba a asentir con su cabeza cada vez que le contaba mis desvaríos, firme ante la idea de que algún día cambiaría de pensamiento.

Continué mis estudios en el colegio, pero en los veranos dejé de asistir al internado dado a que mi padre se negaba a comprar comida hecha, ya que la muerte de mi abuela le había quitado la posibilidad de tener un plato en otra mesa. No me quejé, seguí cocinando y soñando con días mejores.

Recuerdo de manera vívida mi primer trabajo cuidando a unos niños que ahora tendrán ya, si mis cálculos no me fallan, cerca de 40 años. Los recibía en mi casa y ponía sus catres al lado de mi cama, intentando que sus sonidos fueran imperceptibles al oído del señor Santino. Sus padres iban a un elegante baile vecinal los sábados cada dos semanas y los dejaban bajo mi tutela a cambio de unas cuantas monedas por hora. Yo no podía estar más contenta, gracias a esos míseros ahorros pude comprar el primer objeto personal que realmente llegué a atesorar. Un cuaderno que supuestamente se convertiría en un diario íntimo, pero que realmente funcionaba a modo de bitácora.

La CigarraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora