Ernesto, así decidí llamarlo. La necesidad de un seudónimo en estos casos me garantiza de un seguro anonimato para poder despotricar sin herir susceptibilidades ni hombrías débiles.
Que mi prosa sea un reflejo mentiroso de pulcritud, sumido en elegancia, a diferencia de su contraparte real; una esquela de recuerdos, carne y hueso, que solo me mostró lo más decadente de la humanidad.
NA: Paula, tú sabes bien el nombre de este sujeto. Por favor, no me metas en líos. No lo nombres. No reveles su identidad real. 30 años después de lo nuestro, debe tener esposa, hijos y seguramente nietos. No ensuciemos su reputación dotándolo de una identidad real, ni permitamos que saque partido de mi historia con una posible demanda
Era, como quién redacta estas líneas, el recuerdo amarillento de un pasado humilde. Su origen, tan aburrido como clásico, estaba cimentado por una madre jefa de familia y un padre obrero. ÉL llegó a mi vida de una manera impensada, pero sin duda designada por el destino.
NA: Para crear un éxito, primero debemos amigarnos con el sabor de varios fracasos...
No voy a culpar al tiempo por mi olvido, pero la verdad es que tengo una imagen un tanto borrosa de él en mi mente. Solo una nitidez visual pura, donde los rasgos construidos a base de vagas descripciones caen en lo genérico. Mas puedo asegurarles que Ernesto es el vivo retrato del primer novio de cualquier mujer. Todo su físico se resume en una sola oración; moreno, de ojos oscuros, cabello marrón, una cabeza más alto que yo y con una sonrisa pícara que adornaba sus labios. Dicha sonrisa amenazaba con derretir a mi versión adolescente. La misma sonrisa que se escabullía de su boca cuando me juraba amor eterno ante la luna en las centenas de noches de locura que compartimos.
En retrospectiva, compararlo con Remi es un crimen. No puedo dejarlo bien parado al enfrentarlo con un ser etéreo. Ernesto era, sin duda alguna, un muchacho encantador que quedó almacenado en mi memoria como quién guarda una vieja revista por años a causa de algún interesante artículo que, con suerte, se relee dos veces en una década. En cambio, el señor Lucanera, en la confidencia de mis párpados, se evoca en mi conciencia de manera automática como una réplica absoluta custodiada en calidad de tesoro. Brilla en colores tan brillantes que me obliga a cerrar los ojos con la esperanza de no cegarme.
Ernesto, alumno del modesto colegio técnico, circulaba la misma ruta que yo al ir y venir en nuestra cotidiana marcha a casa. Al principio solo apartaba la mirada cuando él pasaba, pero con el tiempo algunas sonrisas fueron compartidas.
Nuestra primera interacción real fue cuando, de manera bastante cómica, un perro pequeño parecía bastante encaprichado en llevarse un pedazo de mi pantorrilla cuando la reja de la casa donde vivía estaba convenientemente abierta y justo yo pasaba con mi bicicleta por delante. Quiero que dibujen en su cabeza esta estampa: Colegial de 15 años, falda larga de un solemne gris topo, camisa celeste mar, montada en una bicicleta playera que alguna vez había sido roja, con su cabello partido en una difusa raya a causa de la velocidad con la que pedaleaba para escapar de un pequeño y funesto perro cruza de pequinés.
Ernesto, quién hizo gala de su calidad de caballero, al verme acercarme a toda marcha y notar la persecución de la cual era protagonista, simuló levantar una inexistente piedra. Este acto logró que mi brutal agresor canino retrocediera y dejara de perseguirme.
Disminuí la velocidad, con la garganta seca y la respiración agitada, dije el primer "Gracias" que abrió el telón a nuestra historia.
Al poco tiempo, durante nuestros recorridos diarios, me animé a bajar de la bicicleta y caminar a su lado. Al principio con timidez, luego con inocente curiosidad, entablábamos cortas charlas que duraban exactamente lo mismo que los 10 minutos que me tardaba en llegar a casa.
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La Cigarra
Roman d'amourAlgunas historias se cantan... Otras se sobreviven. Para algunos, es la viuda del rock; para otros, la asesina de una generación. Alfa Santino solo buscaba una historia, una que la distinguiera en un mundo donde la miseria y el talento se confunden...
