Capítulo I

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Llamada al teléfono.

—Señor Kauffmann, el señor Gnatovich pide una audiencia con usted en este instante.

—¿Antón Gnatovich? —preguntó Patrick bastante interesado, alzando sus gruesas y bien pobladas cejas.

—Así es—confirmó su asistente.

—¿Está aquí? ¿Arriba?

—No, señor, está en la recepción, en el primer piso, la señorita Hamilton ya se encargó de comunicarle que usted no recibe a nadie sin previa cita, pero, el señor Gnatovich, insiste en verlo.

—Autorice que suba, por favor.

Su asistente se impresionó un poco ante su rápida respuesta, ya que no solía recibir a nadie sin estar agendado y menos, a esa hora, cuando ya faltaban pocos minutos para que terminara la jornada laboral.

—Ahora mismo doy el aviso.

—Gracias, señorita Grant.

—Un gusto, señor. Colgó.

Patrick se puso en pie para estirar las piernas un rato y se acercó al inmenso ventanal que cubría su oficina de piso a techo, a contemplar la maravillosa vista panorámica, que esta le ofrecía de la casi nocturna ciudad de Seattle. Sintió los parpados pesarle un poco, se sentía bastante cansado, ya los cincuenta y dos años que tenía encima, comenzaban a pasarle factura.

Unos pocos minutos pasaron cuando el teléfono volvió a sonar y su secretaria le informó, que el magnate ya estaba ahí, esperando, así que de inmediato, autorizó su ingreso.

—Adelante—dijo, cuando escuchó que llamaban a la puerta y segundos después, el imponente ruso de metro noventa y seis, apareció ante sus ojos.

—Señor Kauffmann—saludó este serio al entrar, con la voz ronca y bastante glacial y Patrick, pudo percibir, la gélida aura que lo rodeaba, que hasta le provocó escalofríos en la espina dorsal. De verdad que el apodo de Mr. Ice, no estaba lejos de la realidad.

—Señor Gnatovich—respondió Patrick, estrechando la mano que el recién llegado le tendía y percibió que su tacto era cálido, lo que le pareció raro, pues por un instante, llegó a pensar que sería todo lo contrario.

¡Qué tontería!

—Gracias por recibirme—soltó el atractivo joven con formalismo, sin embargo, cada vez que salía algo de esos sensuales labios masculinos, no dejaba de transmitir un efecto frío que le calaba los huesos a cualquiera.

Kauffmann asintió.

—Creo que esta es la primera vez que nos vemos cara a cara—comentó.

—Así es—confirmó Antón —y como sé que usted es un hombre muy ocupado, al igual que yo, no le quitaré mucho tiempo.

—Perfecto, ¿gusta que nos sentemos? —le señaló unos sillones de fino cuero café que estaban a un costado de ellos y lo vio asentir— ¿algo de tomar?

—No, gracias, prefiero que vayamos al grano.

—Es usted bastante directo, señor Gnatovich.

—En efecto—aceptó, mientras tomaba asiento con genuina elegancia y Patrick reconoció, que era un joven, con una particular belleza y hasta podía jurar, que aquel perfecto, armonioso y simétrico rostro, no pasaba desapercibido para ninguna mujer, inclusive, para ninguno de su mismo sexo, porque él, quien ya era un hombre mayor, casado, con tres hermosos hijos y muy seguro de su sexualidad, debía admitir, que el caballero que tenía en frente, era muy apuesto y que esa descripción, se le quedaba corta.

CONTRATO DE HIELODonde viven las historias. Descúbrelo ahora