Capítulo 7

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  Siento mis piernas temblar en cuestión de segundos, siento un peso en ellas que amenaza con fallar y quedarme en el suelo

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  Siento mis piernas temblar en cuestión de segundos, siento un peso en ellas que amenaza con fallar y quedarme en el suelo. Actúo por instinto y me apoyo en la pared del pasillo. Tengo una consulta más antes del descanso, y los gritos que perturban el salón principal me llevan al borde de una crisis.

Los gritos se oyen fuertes, desgarradores.

Con ellos vienen los vastos recuerdos de mi adolescencia como un torrente de emociones que me acorrala. Nuevamente recuerdo cómo todos creían tener poder sobre todo lo que ocurría en mi vida. Todas las personas a mi alrededor siempre tenían un comentario que añadir, a mí físico, las conductas que tenía, y todo lo negativo que se les pudiese pasar por la mente, sin detenerse a pensar lo mucho que sus pequeños comentarios me hacían un daño enorme. Mis padres más que nadie, siempre tenían algo que aportar, la única diferencia es que su método era pasivo agresivo, y la mayoría de las veces éso siempre conducía a gritos.

Mi adolescencia está marcada por los gritos.

Y lamentablemente los pocos recuerdos que tengo de mis padres, en prácticamente todos. Absolutamente todos, existen los gritos.

Mi corazón va a la velocidad de un Mclaren, cada vez más acelerado. Los gritos no se detienen, cada segundo me parece largo, y siento que éstos me desgarran los tímpanos, no están cargados de miedo, sino de frustración.

Una molestia amarga se instala en mi pecho, me siento terriblemente patética, por obligarme a caer en la estúpida propaganda de que estoy sanando, de que cinco años sirvieron para manejar mi mierda con madurez, por sentir está sensación que bloquea cualquier pensamiento racional sobre todo lo que estudié.

Y justo ahora, no me siento como la persona exitosa que estuve construyendo con esfuerzo, porque puede que todos me vean así.

Pero aún me sigo sintiendo como la huérfana de hace 17 años, con temor a los gritos, y siendo una inestable de mierda.

Nadie transita por el pasillo, debido a que algún paciente tuvo una crisis suicida y la mayoría se encuentra en el salón principal.

Hago un esfuerzo por caminar y salir de aquí.

Llevo oxígeno a mis pulmones de manera prolongada, y me desespera sentir como se descontrola, acelerando mi pulso.

Crucé  el pasillo, siguiendo el camino directo hasta el ascensor, gracias a Dios todos se encuentran lo suficientemente preocupados por el incidente que nadie parece notar mi aspecto. Presiono de manera desesperada el botón del ascensor.

Al entrar, me dejo caer sobre mis rodillas, y como siempre no me doy cuenta en qué momento empiezan a caer las lágrimas sobre mi mentón. Me permito llorar por unos minutos que parecen eternos, porque después de todo, mi vida no está tan sana que digamos.

Condenados a Amar (En Edición)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora