«Con seguridad, no nací un gran día. Con solo mente y ojos, me empecé a desperezar».
A. Balconte, Las Hojas
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El Reflejo supo que las luces de la noche estaban en la posición correcta y volvió al torreón. Volvía vez tras vez, aunque desde que quitaron el panel protector de la ventana ya no podía ocupar su lugar como antes. El marco vacío lo dejaba expuesto a los elementos: la lluvia y el viento lo herían, y los rayos parecían buscarlo con sus brazos quebrados y manos eléctricas.
La primera granizada lo pilló desprevenido. Los impactos lo hirieron, dejándole surcos negros dolorosos en toda su superficie. Bajó por la escalera interior y entró en la habitación de los espejos inertes, buscando refugio. Era un dormitorio grande, con ventanales que cubrían la pared de la derecha y paneles de espejo al frente y detrás. El Reflejo no se sentía bien en ese lugar porque, si estaba tranquilo, los cristales no reflejaban nada, pero si estaba agitado emitía luces iridiscentes que los espejos multiplicaban hasta inundar la estancia con destellos cegadores.
Esa vez vio cómo su cuerpo amorfo, acribillado de estrías negras, se difuminaba en los fondos insondables de cada cristal y su mente se perdió en aquella oscuridad indefinida.
Entonces recordó el día en que se rompió, tratando de alcanzar a Lucy. La niña parecía querer comunicarse con él, porque la vio hacer los mismos gestos manejando la dorket. Por eso, cuando hizo vaho en su superficie y lo tocó para dibujar formas, fue consciente de sí mismo: alguien podía tocarlo. Y pensó que la niña también se había dado cuenta de que existía.
El Reflejo no sabía que Lucy solo vio cómo el cristal de la ventana se combaba hacia ella, para terminar, rompiéndose en el suelo. La niña estaba demasiado horrorizada al ver cómo los trozos de vidrio esparcidos a sus pies se fundían y se reagrupaban en una masa amorfa de color gris plata.
Luego, los gritos de Lucy atrajeron a Castle, a Lion (el guardaespaldas) y a la madre de la niña. Todos se quedaron atónitos al contemplar al Reflejo tratando de imitar una figura humana.
Cuando empezó a moverse hacia ellos, madre e hija huyeron de allí gritando, pero Castle dio un paso hacia adelante que el guardaespaldas, como un resorte, abortó interponiéndose en su camino.
El Reflejo se sintió acorralado y, en su ímpetu por salir de allí, derribó a Lion (que quedó tendido en el suelo, inconsciente) y siguió huyendo hasta que se sintió seguro en las sombras de la cocina, en la planta baja.
Pero todavía podía oír las voces de Lucy y su madre mientras bajaban por otra escalera hacia sus habitaciones, cerca de la entrada de la casa. Por un momento pensó que lo seguían y permaneció oculto.
En apenas un minuto, su mente —capaz de analizar todo lo que había visto y sentido— se dio cuenta de que Castle fue el único en dar un paso hacia él. Y memorizó su gesto.
Acababa de irrumpir en el mundo de los humanos y una parte de él sentía miedo, pero otra, cada vez más dominante, deseaba saber más; especialmente de Castle. Su creciente nerviosismo provocó destellos que ellos veían, así que se escondió. Pero cuando percibió las voces alejarse, volvió a acercarse.
Los vio llevando maletas a la entrada de la mansión, pero no quiso exponerse a que lo descubrieran, y retrocedió hasta ocultarse en el fondo del pasillo, entre el hueco de la escalera y la cocina. No entendió el sonido de la puerta al cerrarse ni el silencio abrumador que siguió. Cuando se atrevió a salir, todos se habían ido.
Fue hacia la puerta, pero no fue capaz de cruzarla. Se quedó allí, varado como un barco en un lago seco. ¿Qué iba a hacer ahora?
Volvió al torreón y le extrañó ver que el hombre caído seguía allí. Se acercó con curiosidad porque intuía que no podía moverse por sí mismo... desde que lo tocó. Conocía, de una forma primitiva y genérica, los sonidos que lo identificaban como Lion Lamarc, el guardaespaldas. Sin embargo, el Reflejo lo definía como el Hombre Caído, porque así lo diferenciaba de los humanos que podían moverse; también asumió de sí mismo que se llamaba el Reflejo, porque así lo llamó Lucy.
El Reflejo entendió que el Hombre Caído, de poder hacerlo, se habría ido con los demás y empezó a sentirse culpable por haberlo derribado.
Quizá por eso se habían marchado... para evitar que él pudiera dejarlos inmóviles en el suelo.
Sin poder preguntar a ningún ser humano, se interesó por lo único parecido a él mismo: las ventanas y los espejos. Los examinó largamente. Sin embargo, ninguno podía moverse ni interactuar. Estaban tan inertes como Lion. Concluyó que no había nada en la mansión semejante a él. No era ni humano ni cristal.
Pasó la noche entre el ventanal y el Hombre Caído. Con el paso de las horas, el Reflejo fue imitando las facciones de la cara, la ropa y los zapatos de Lion, pues para él, todo formaba parte del mismo cuerpo.
Al día siguiente, Castle volvió con un hombre que el Reflejo no había visto antes. Los dos subieron al primer piso y el Reflejo se acercó a prudente distancia del hombre nuevo. Cuando estuvo seguro de que iban al torreón, decidió ir por la escalera externa y espiar lo que pasaba, escondido detrás de la puertaventana. Le sorprendió ver cómo el hombre nuevo cargaba al guardaespaldas para llevarlo escaleras abajo. Lo siguió para comprobar si el Hombre Caído se recuperaba, pero el hombre nuevo no se detuvo en ningún momento y salió de la mansión con su carga.
Entonces se dio cuenta de que Castle aún no había bajado y que tenía la oportunidad de encontrarlo a solas, pero este ya bajaba la escalera en dirección a la planta baja.
El Reflejo, con los sentidos alterados por el temor a quedarse solo de nuevo, refulgió de impotencia cuando Castle abrió la puerta.
La imagen del hombre se fundió en la mente del Reflejo junto al gran espejo de la entrada, reteniendo sus últimos pasos, su postura erguida y su última mirada. Cuando Castle cerró la puerta, se llevó toda la luz.
* * *
Un día, la dorket de Lucy se activó.
El Reflejo se acercó al oír la voz de Castle y pudo ver su imagen.
Para el Reflejo eran sonidos indescifrables; sin embargo, la intensidad de la voz y la cara crispada de Castle lo mantenían atento. Pero cuando la llamada acabó, se quedó clavado cerca de la dorket, sin saber qué hacer.
Las llamadas se repitieron varios días a la misma hora. Castle hablaba un momento y esperaba, pero al no oír ningún sonido de parte del Reflejo, repetía con paciencia, el mismo mensaje. Pero el Reflejo no podía entender la voz humana. Castle, desesperado, hacía gestos exagerados indicándole que tocara la dorket, pero el Reflejo —aunque recordó los gestos y maniobras de Lucy— no se atrevió a tocar el dispositivo por miedo a dañarlo... como había dañado al Hombre Caído.
En las siguientes sesiones, Castle parecía cada vez más agotado y las comunicaciones se fueron espaciando de forma irregular e impredecible.
En la última conexión solo se oyó la voz entrecortada de Castle y después nada.
Castle había muerto, pero el Reflejo no podía saberlo y volvía vez tras vez al torreón para esperar la siguiente llamada.