4 -EL SUEÑO DEL FARO

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«Y todavía más allá de las aguas asfixiantes
y extensas, donde no podía poner un pie.
Y al fondo, el último reto:
cruzar las verticales montañas.
Y por fin, no había nada
(salvo despertar)».

Alejandro S. Cintas, fragmentos de
                                                                                                                                  La habitación de la Izquierda

 Cintas, fragmentos de                                                                                                                                  La habitación de la Izquierda

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A las 08:06, un beep retumbó en la dorket de Lucy. El Reflejo salió de su letargo y se dirigió al torreón, pero el sonido había cesado y la pantalla estaba negra. Hacía meses que la dorket no emitía ningún sonido.

«Quizá Castle trata de comunicarse otra vez», pensó.

Por eso, cuando llegó la siguiente llamada, el Reflejo estaba allí mismo, preparado para escuchar la voz de Castle. No era él.

Otro humano había iniciado el contacto, pero la pantalla seguía muda y vacía.

Aun así, el Reflejo lo sentía extrañamente cercano. Lo conocía. Tenía grabado el molde de su cuerpo, su ropa y sus zapatos. Además, conservaba en su tejido de cristal una marca de él, como una impresión en la piel.

Buscó en su mente.

Entre su rotura al caer de la ventana y las estrías negras que le dejaron los impactos de granizo había una región cauterizada... una marca que ahora lucía candente, como reclamando el cuerpo que faltaba.

Era la cicatriz del Hombre Caído: Lion Lamarc, provocada cuando se interpuso entre Castle y él.

El Hombre Caído tenía abierta una comunicación con el Reflejo, pero no hablaba. Intrigado, exploró las hebras de la red irrompible que Castle había tejido entre ambos con la tecnología de la dorket. Pero, además de la herida viva, otra fuerza arrastró su mente como un poderoso electroimán al otro lado del hilo.

Y empezó a captar imágenes.

El Reflejo se introdujo en un paisaje desconocido, tan cambiante como el humo azotado por la brisa. Pero supo que en ese lienzo podía pintar imágenes. También se dio cuenta de que esforzándose un poco podía ver a Lion Lamarc tan claro como si lo tuviera delante.

Quizá podría hablarle, ¿pero lo entendería?

Ni siquiera con Castle pudo comunicarse, aunque lo intentó día tras día.

Ahora, si pudiera, gritaría al Hombre Caído, pero no tenía boca ni cuerdas vocales. Así que gritó en su mente, imitando la urgencia que había visto en Castle:

«¡Estoy en el torreón! ¡Ven a buscarme!».
Y se deslizó, invisible, hasta el sueño de Lion.

Lion caminaba entre montañas y pensaba subir hasta la siguiente cima para decidir qué camino tomar. Pero cuando el Reflejo se presentó, perdió el hilo del sueño. No llegó a despertarse: quedó atrapado en la imagen que proyectaba el Reflejo, un faro blanco alzándose entre las montañas.

Lion se extrañó dentro de su propio sueño y sus dudas oscurecieron el paisaje. Inmediatamente quiso salir de allí, pero el horizonte ya había cambiado y no tenía posibilidad de regresar.

Solo la luz del faro iluminaba la niebla creciente.
No había mejor lugar adónde ir.

En cuanto tomó la decisión de avanzar hacia el faro, el camino se elevó, obligándolo a caminar con dificultad, y le llegó un extraño sonido, como de agua chocando con roca.

Al descender, los charcos le confirmaron que tras el faro aguardaba el azul de sus pesadillas: el mar absoluto, un muro oscuro e infranqueable, sin lugar donde poner un pie. El miedo lo hizo llegar en un instante hasta el faro y huyó escaleras arriba.

Notó cómo el mar crecía a sus espaldas; se giró y lo enfrentó, suplicando que el torreón resistiera la pared de agua que se cernía por encima de su cabeza. Al llegar a la entrada, lo cegó un destello incomprensible en la luz del faro:

«Estoy en el torreón. Ven a buscarme».

Cuando la ola se precipitó, tuvo la visión del cadáver de Claire, arrastrado rígido sobre la cumbre de otra ola. Lion la contempló un instante antes de verla desaparecer entre la espuma de las crestas blanquiazules.

Retrocedió aturdido para no mirar a la Muerte Azul, pero tropezó con la barandilla y sintió el terror del mar bajo sus pies. A duras penas se mantenía agarrado y se resignó al inevitable final.

Pero no ocurrió nada.
Giró la cabeza y vio que el horizonte era un mar sin nubes.
Todo era infinito azul, calmado y estático.

—Todo es espacio —dijo el Reflejo.

Lion se sintió observado mientras la visión del azul lo inmovilizaba.
Sin ningún lugar adónde ir, Lion se despertó.

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