—¿Sabe? Un tipo que salía de una larga condena me confesó algo curioso: "Incluso un sueño es, a la vez, fantasía y realidad; dormido no puedo distinguirlas. En algunos sueños puedo ubicarme como si viera una ciudad a vista de pájaro y visitar rincones acogedores". »Yo muchas veces regreso al sueño para entrar en la casa de mis pesadillas—dijo Lion.
»—¿Y por qué vuelve? —sondeó el psiquiatra.
»—Para luchar contra la Muerte Azul; se llevó a Claire y ahora viene a por mí».
Grabación del doctor L. Frenon. Paciente: Lion Lamarc. Dto. de Psiquiatría, Hospital de Suttherland
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Lion soñaba: se vio subir a la azotea para arreglar una teja. «Es cuestión de unos minutos», pensó.
Ya estaba terminando cuando le pareció oír la voz de Claire. Esperó para asegurarse, pero no escuchó nada más. Se levantó para enderezar la espalda y bebió un trago. El azul se extendía sin nubes y Lion se giró al sentir una extraña sensación de vacío. Enseguida notó movimiento bajo sus pies. Tenía que haber estado más atento. Ya era tarde: la casa flotaba en medio del mar.
No quería mirar, pero sabía que Claire era arrastrada por la Muerte Azul y que ahora el mar volvería a por él. Debía bajar antes de que la casa se hundiera, pero el agua lo cubrió y tuvo que apartar las sábanas y almohadas que se le pegaban al cuerpo. Tenía que moverse rápido o se ahogaría.
Buceó hasta la puerta y luchó para soltar el pestillo. Cuando lo consiguió, la corriente en torbellino lo arrastró escaleras abajo como por un tobogán.
Salió del mar chapoteando en la orilla y empezó a caminar por la calle.
La oscuridad era casi absoluta y a Lion le costó encontrar las tenues líneas blancas que señalaban el centro de la calzada. Cuando las encontró, siguió caminando sin miedo. Nada ni nadie se movería hasta el amanecer. En Suttherland ahorraban toda la energía posible, como en lo peor de la Pequeña Edad de Hielo. Al llegar al paseo, empezó a correr y la primera farola lo enfocó unos segundos, hasta que la siguiente tomó el relevo. Lion iba despertando farolas al ritmo creciente de sus zancadas, cada vez más largas y precisas. Cuando se dio la vuelta, una línea dorada quemaba el horizonte.
* * *
Oyó los frenos y distinguió la furgoneta en una esquina antes de llegar a su casa. Siguió caminando con tranquilidad, convencido de que no podía ser nada grave. No recordaba haberse metido en problemas en los últimos meses y, desde luego, no podía ser un Rapto VIP. Aunque algo en la actitud de los agentes se lo hacía sospechar, porque en el pasado él mismo había ido a la caza y captura de alguien.
Los dos agentes parecían molestos por no encontrarlo en casa, pero ninguno miraba en su dirección. El más cercano vestía el traje reglamentario; el otro, una gabardina gris, del todo inapropiada para una misión oficial. Seguramente un freelance contratado a última hora.
—¿Un café, Red? —preguntó Lion al de la gabardina, que fue el primero en descubrirlo.
Y cuando el otro se giró, añadió:
—Lo siento, Blue; no tengo té.
Blue no encajó bien la broma y trató de confrontar a Lion, pero este siguió andando hacia la casa. En el rostro de Blue se mezclaban alarma e incredulidad y trató de alcanzarle con los puños crispados, pero Red lo frenó con gesto firme.
—¿Lion Lamarc? —Red hizo la pregunta omitiendo el «queda detenido», porque la actitud indiferente de Lion le hacía dudar. Quizá se habían equivocado de persona.
—Entren en casa. Una ducha y estoy con ustedes.
—¡No ha contestado a la maldita pregunta! —protestó Blue.
Lion entró quitándose la ropa empapada de sudor.
—Entremos —ordenó Red al ver la quemadura en el costado de Lion.
Los agentes empezaron a revisar todo con cuidado. Ya habían visto el exterior: era una robusta casa, típica de las ciudades del sur, con una sola entrada y a prueba de ventiscas. Dentro había fotos de Claire y Lion juntos, algunas plantas y adornos con un toque femenino, aunque con polvo acumulado en los rincones.
Los dos hombres se sentaron y permanecieron callados hasta oír el chorro de la ducha.
—No nos teme —se quejó Blue.
—Es nuestro hombre. ¿No has visto la quemadura?
—Sí, la he visto, pero si recuerda que fue un agente podríamos tener muchos problemas.
—Quizá lo recuerde, quizá no. Acaba de salir de un coma, y no es culpa nuestra que el chip no funcione.
—El cliente, Eduard Castle, está muerto. Deberíamos informar y dejar este asunto.
—Pero pagó por adelantado y, además... no es el único cliente —añadió Red, al tiempo que le mostraba el formulario con la orden de rapto firmada por Valerie Mirren, abogada del Star & Steel—. Cobraremos el doble por el mismo trabajo y... de la operación se encarga el mismísimo Bird.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
Red levantó una mano para evitar que Blue siguiera hablando, porque Lion entró con tres tazas de café. No lo vieron venir; el agua de la ducha seguía corriendo.
—¿Cuánto tiempo lleva escuchando? —dijo Red, alarmado.
—Verán, me estoy medicando por mi depresión y, de tanto en tanto, me emborracho con mis amigos del presidio. Pueden añadir todo eso a la lista de motivos para no raptarme. Seguro que su cliente vivo se alegrará de no verme.
Red y Blue sopesaron sus palabras con seriedad, mientras aceptaban sendas tazas de café en perfecta sincronía, lo que provocó en Lion una sonrisa torcida en su habitual rostro de piedra.
—¿Recuerda que fue un agente en Paragon Capital?
—Sí, pero como ustedes saben, acabo de salir de un coma... mis recuerdos están fragmentados. Por ejemplo, no sé cómo volví a Suttherland, ni cómo conseguí el empleo de la cárcel ni dónde estuve antes de eso.
Red observó con simpatía que, pese a su mala situación, Lamarc no mostraba ningún gesto de abatimiento.
—¿Le ha contado a alguien que trabajó como agente? —inquirió Blue.
—¿En mi estado actual? ¿Quién me creería? Además, desde la Calma Climática ya nadie emigra ni está interesado en buscar Paragon Capital. Para esta gente no es más que una ciudad burbuja, un cuento para niños.
—Me gustaría enseñarle algo que tengo en la furgoneta —invitó Red.
—Oiga... —protestó Lion.
—Está bien, yo lo traigo. Blue, vigílalo.
En veinte segundos, Red estaba de vuelta con un sobre y un paquete.
—Por favor, señor Lamarc, lea esta nota —entonó Red como si le estuviera leyendo sus derechos a un detenido—. Tenemos orden de acompañarlo a Paragon Capital. Podrá ver el contenido del paquete durante el trayecto. Si necesita tiempo para recoger sus cosas, esperaremos. Ya sabe cómo va esto.
La nota decía:
«Estimado señor Lamarc: Siguiendo las últimas voluntades del difunto Eduard Castle, le informo de que es usted uno de sus herederos. Le espero el día 3 de abril a las 10 a. m., en la sede del Star & Steel de Paragon Capital. Valerie Mirren».