«No se puede llegar a Las Ciudades Burbuja, porque ni sus habitantes saben dónde están».
Dicho popular.
La migración forzosa por La Pequeña Edad de Hielo fue cuidadosamente vigilada y controlada por una élite en la sombra que aprovechó los asentamientos límite de las ciudades lanzadera como un sistema de selección de personal. Toda persona que reunía sus requisitos era atraída y trasladada en avión o barco. Durante el viaje cada futuro ciudadano debía entrar en una cabina donde se le sometía al proceso de «Olvido». Así se impedía que cualquier actitud conflictiva o inadecuada pudiera contaminar a los pacíficos habitantes de Paragon. Una vez en la capital, la persona podía conseguir un empleo por su cuenta, o ser requerido por la élite para prestar un servicio especial, si la persona se negaba, era sometida mediante el «Rapto Legal».
Así, más de los nueve millones de personas que ahora viven en Paragon, no llegaron por su voluntad, fueron reclutadas.
Razones para una rebelión, por BIRD
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Lion parpadeó para acostumbrarse a la nueva luz. Le dolía la cabeza y una picazón, que creía curada, volvió a palpitar. ¿He olvidado tomarme la pastilla? Instintivamente, tocó la herida de su costado izquierdo para asegurarse de que no sangraba, aunque eso no podía pasar en una quemadura cicatrizada. Lo peor, es que había tenido la pesadilla más extraña desde que murió Claire hacía dos años. Además, estaba la luz. Miró con recelo a través de la ventanilla del avión, porque otra vez amanecía en azul.
Cuando empezó este fenómeno, la gente buscaba los rayos dorados del sol, y los niños jugaban a contarlos; ahora solo se podían ver en los anuncios y en películas antiguas. Lion odiaba los amaneceres azules y las pesadillas.
Uno de los agentes, Red, golpeó la puerta con los nudillos y le ofreció un café. Le indicó que lo siguiera a una pequeña sala, donde Blue ya lo esperaba.
—Ya sabe, no podemos dar nuestros nombres verdaderos, pero nos puede seguir llamando, Red y Blue. Pronto aterrizaremos, pero no será en Paragón Capital. —Lion se incorporó con cara de pocos amigos—. Cálmese. Llegará a Paragón a tiempo dando un pequeño rodeo. En cuanto lleguemos al aeropuerto de Rombergen, seguirá el viaje usted solo en un coche automático.
—¿Un pequeño rodeo? ¿De qué va esto, me van a dejar solo?
—Sí. Acabamos de recibir nuevas instrucciones. Aquí las tiene —Red mostró su tablet para que Lion pudiera ver la autenticidad del comunicado y resumió: El difunto Eduard Castle pagó para asegurar que su paquete, usted, llegará sin contratiempos a Paragón Capital y por eso nos desviaremos a Rombergen.
Red se acercó a Lion para mostrarle un mapa.
«Como ve, Rombergen está a unos ciento cincuenta kilómetros de Paragón. Pero ahorrará tiempo porque atajará por la vieja autopista que llega cerca del Star & Steel, donde le espera Valerie Mirren—. Ante la cara de sorpresa de Lion, Red aclaró—: A nosotros también nos extraña, pero tenemos instrucciones de contárselo todo y dejarlo ir, porque al parecer, Castle confiaba en que usted se presentará puntual como si lo hubiéramos llevado nosotros mismos en persona. Como ve —dijo Red enseñando las instrucciones—, Castle se fiaba de usted, y nosotros también debemos fiarnos».
—¿Y ustedes?
—No podemos acompañarlo... llamaríamos mucho la atención.
—Han cobrado por adelantado —dijo Lion a nadie en particular.
Tras aterrizar en Rombergen, Lion tuvo oportunidad de desayunar y estrenar un traje pasado de moda. Cuando estuvo listo, le montaron en un coche automático de la Agencia, sin distintivos especiales, pero con un rastreador GPS «para que el paquete llegue bien», dedujo Lion.
En cuanto se alejó, todo el recinto del aeropuerto quedó a oscuras salvo la torre de control. «Un aeropuerto fantasma para llegar a Paragon Capital», dedujo Lion. «Así que hay algo de verdad en toda la mitología alrededor de Las Ciudades Burbuja».
El coche tenía mal aspecto por fuera, pero era muy cómodo, el tipo de coche que permite al viajero comer, dormir o trabajar. Lion prefirió dejar las ventanas transparentes porque no recordaba si había estado en Rombergen, y aunque temía que la mayoría de las casas estuvieran abandonadas, quería recordar cómo eran las ciudades antes del Cambio Climático.
Sin embargo, pasaron los minutos y todo lo que podía ver eran campos. Kilómetros de campos en todas direcciones... hileras de árboles frutales y sembrados de todo tipo. Ningún humano a la vista, sólo cosechadoras y robots se hacían cargo de las labores agrícolas. Las únicas construcciones eran almacenes, silos, hangares y naves industriales de todo tipo.
Reparó también en que, en todo el trayecto, no había visto ningún vehículo de pasajeros ni en su dirección ni en la contraria. El tráfico estaba compuesto exclusivamente de contenedores automatizados que viajaban a mucha velocidad.
Dejó de mirar a su alrededor, porque oyó una tenue vibración procedente del diario.
Al sacarlo de la caja, lo notó tibio. Estaba claro que aquel diario se había activado por algún sensor interno debido al movimiento del coche u otra razón que desconocía.
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El paisaje de ocres y verdes que una vez fue Rombergen, fue cambiando a los tonos grises de las carreteras interminables. Al final de aquella planicie, surgían los colosales rascacielos de Paragón Capital cuyos dedos se asomaban entre la bruma para arañar el cielo con sus dedos pálidos. En uno de aquellos monstruos de un kilómetro de alto, le esperaba Valerie Mirren para que aceptara ser heredero de Eduard Castle.