Las semanas pasan una tras otra, todas iguales, y de repente se encuentra con mayo a punto de acabar. Martin pasa casi todo su tiempo en el gimnasio, realizando rutina tras rutina. Dedica horas a cada una de las especialidades de su disciplina, dando vueltas hasta marearse y saltando de barra en barra y de aro en aro. Le han confiado, objetivamente, una de las pruebas más complejas: la prueba de suelo individual. Ni siquiera entiende en qué momento ha sucedido, pero las expectativas están por las nubes y sabe que no puede quedarse atrás.
Apenas ve a sus amigas durante ese tiempo. Su gimnasio se encuentra en el mismo recinto que las piscinas; pero los tres chicos entrenan en sus turnos respectivos, y Martin no tarda en darse cuenta de que su horario y el de sus amigas es casi totalmente incompatible.
Se dirige a paso firme hacia la entrada, con su bolsa colgada del hombro y el pelo húmedo de la ducha que se acaba de dar. Es uno de esos días afortunados en los que su entreno y el de Chiara acaban a la misma hora, por lo que siente un especial deseo de abandonar el lugar lo más pronto posible.
Escribe con una mano una respuesta al mensaje de su amiga mientras acelera por el amplio pasillo. Le parece casi imposible cruzarse a alguien con todo el espacio que tienen. Aun así, siente su cuerpo colisionar contra algo.
El chico ni siquiera se detiene por el choque. Pasa de largo sin ningún reparo en el efecto que su golpe haya podido tener en Martin. Se gira, no muy seguro si para ofrecerle una disculpa o reclamarle por su actitud, pero lo único que encuentra es una silueta de metro ochenta y largos y espalda ancha.
— Vigila por dónde vas, niñato —escucha su voz alejarse, y Martin decide que no merece la pena.
(...)
No tarda mucho en volver a encontrárselo. Descubre que sus horarios son muy parecidos, y le sorprende no habérselo cruzado antes. Probablemente sí lo haya hecho, se convence, pero su existencia no tenía la suficiente importancia en la vida de Martin como para ser algo destacable.
Se vuelve un experto en diferenciar su nariz perfilada, su pelo cuidadosamente peinado y sus mejillas sonrosadas. Parece que siempre está ahí, en alguna parte del Instituto del Deporte, con esa cara de pocos amigos que tan poca justicia le hace a su belleza. Si tan solo hubiera sido un poco amable con él en su primer encuentro, Martin está seguro de que habría caído rendido a sus pies. Pero agradece saber de antemano que no le interesa relacionarse con él.
Se descuelga de las barras con un golpe seco, aterrizando de forma impecable tras repetir una vez más la rutina. Aún están barajando opciones con su entrenador, pero siente el progresivo alivio de ver cómo el esfuerzo da sus frutos y su presentación toma cada vez más forma.
Se seca el sudor con el dorso de la mano y se acerca al banco, rebuscando de entre sus cosas su botella de agua. Bebe el líquido con urgencia, agotado después de tantas horas de esfuerzo. Escucha a medias los apuntes del coreógrafo, asintiendo en los lugares correctos hasta que oye esas palabras que esperaba con tantas ansias– ya habían hecho suficiente por hoy, y se reunirían la mañana siguiente para seguir trabajando. La idea de madrugar no le emociona, pero saber que en una hora se encontrará en la comodidad de su cama es consuelo suficiente.
Recoge sus cosas tan rápido como sus cansadas extremidades se lo permiten. Está a medio camino de los vestuarios cuando su entrenador lo llama.
— Las duchas del vestuario no funcionan. Puedes usar el de la piscina, si quieres.
Martin gira sobre sí mismo y sigue las indicaciones del hombre, sin darle muchas vueltas. Lo único en que piensa es en quitarse la suciedad del cuerpo cuanto antes para poder ir a descansar.
Baja a la piscina y se adentra en los vestuarios, rezando por que no haya mucha gente haciendo cola para usarlos. Se encuentra la habitación vacía, así que no tarda nada en deshacerse de su ropa y meterse en la ducha.
Es ahí que encuentra a un chico, también en proceso de lavarse. Martin intenta no mirarlo, de repente lleno de esa incomodidad que trae compartir espacios así con gente que no conoces, pero sus ojos lo traicionan. Y se odia por ello, porque apenas tarda en reconocer esa espalda musculada y pelo bien cortado.
No dice nada porque, realmente, no tiene que decir. Intuye que está en el equipo de natación, por la gran cantidad de veces que lo ha visto entrar y salir de ese mismo lugar. Pero se recuerda que apenas han coincidido una vez en los últimos meses. Ese chico no lo conoce y, realmente, Martin a él tampoco. Ni siquiera sabe su nombre.
Con esta información en mente, se mete bajo una ducha y enciende el agua, centrándose únicamente en cumplir con su cometido. Sin embargo, el sonido del agua no pasa desapercibido por el más alto. No lo había escuchado llegar; pero, al notar su presencia, se gira para mirarlo.
— Este no es tu vestuario —le informa, y su tono es igual de seco y brusco como lo recordaba. También apunta que tiene una voz grave, más bonita de lo que le gustaría reconocer.
— Lo sé. Los míos no funcionan y me han mandado aquí.
— Ah, vale.
La conversación muere ahí, así que Martin se ocupa en llenarse la mano de jabón y restregarlo por su cuerpo. Encuentra esta tarea algo complicada, pues siente los perforadores ojos del contrario clavados en él. No sabe si está esperando a que se vaya, si intenta asesinarlo con la mirada o si realmente debería incomodarle este tipo de atención sobre él. Le da cosa girarse para comprobarlo, no muy seguro de si le gustará lo que encuentre.
Se baña lo más rápido que puede y sale corriendo de la sala. Se cerciora, una vez más, de que ese chico es raro de cojones.
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equilibrio
FanfictionJuanjo y Álvaro llevan soñando desde niños con representar a España en las Olimpiadas, en las disciplinas de natación y gimnasia respectivamente. Y, sobretodo, sueñan con poder hacerlo juntos. Cuando el recién llegado Martin se hace un hueco en el...
