Cuando una brillante científica decide poner en práctica sus investigaciones, el mundo que hoy conocemos, colapsa. Cualquier tiempo y espacio se mezcla, dando paso a lo imposible.
¿Qué ha pasado? ¿En dónde estás? ¿Quién eres?
Doscientos años despué...
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Gira otra vez sobre la cama. Los nervios le carcomen el alma, provenientes de la ansiedad que le genera enfrentarse al día de mañana. Por supuesto que tiene miedo, ¿quién no lo tendría? Pero no dirá nada, después de todo, el decirlo sería insignificante.
El frío viento entra por la ventana y mece levemente sus cortinas. Se encuentra tapado hasta la mandíbula, rodeado de un estruendoso silencio. Su mente parece una máquina, analizando, inventando, pensando. Y es que todavía no puede creerlo. Él y su hermano van a ser uno de los primeros seres humanos en pisar el exterior de Mindrest después de 200 años de aislamiento. ¿Qué cómo sobrevivieron? Respiran y viven gracias a la esfera de loyone, un material aislante e inquebrantable que cubre toda la superficie habitada.
Su cuerpo es una mezcla de sudor, dolor e insomnio, pues tuvo una ardua jornada laboral que le quitó las pocas energías que había adquirido la noche pasada. Sin embargo, a pesar de que el cuerpo le duele y le implora descansar, su mente está más lúcida que nunca.
Piensa una y otra vez en lo que le espera al día siguiente. A pesar del período en el cual entrenó y se preparó para la gran misión, jamás ha tenido tiempo de observar detalladamente aquella abrupta noticia. Salir, buscar, regresar y repetirlo cada que vez que lo soliciten. Sí, parece fácil, pero el exterior es tan incierto que temer es algo natural. A Brais le parece ridículo mandar a un grupo jóvenes a registrar el mundo exterior en busca de objetos que quizás ya no existan, pero por más que lo consideren inútil y una pérdida de tiempo, un extraño sentimiento de felicidad le quema el corazón y le susurra en el oído "libertad".
Debido a que el debatir está poco popularizado y solo debes escuchar, asentir y hacer, aquella noticia tan revolucionaria ha sido prácticamente enterrada. Aunque quizás esa haya sido una buena idea, pues darle muchas vueltas al asunto habría hecho que unos cuantos se dieran cuenta del lugar en donde se estaban metiendo.
Dieciséis personas utilizadas como ratitas de laboratorio disfrazadas de obreros valientes. ¿Quién diría que ellos, siendo tan normales, harían una misión tan complicada?
La noche es dura para el joven muchacho. Pese a que nunca sueña, esta vez tuvo una pesadilla constante que le ahuyentó el sueño durante toda la noche. Se trató de un hermoso bosque cubierto de una vegetación extravagante y...pura. El ambiente era tan relajante que un cosquilleo inundó el corazón y lo hizo bailar al son de una canción alegre. Sin embargo, cuando sus chispeantes ojos le obligaron a dar un lento pestañeo inevitable que pareció eterno, cada planta que consideró hermosa y especial ya no estaba. Algunos cadáveres de animales yacían en el suelo emanando un nauseabundo olor, además de que los colores vivos y puros que decoraban el lugar se habían vuelto sucios y opacos.
Pero no todo estaba perdido.
Entre medio de toda esa desolación y tristeza, se lograba apreciar un pequeño arbusto verde lima, vivo y radiante. Lo miró fijamente por un rato, embobado por el gran contraste que había entre él y las hojas secas de las demás plantas que lo rodeaban. Entonces ocurrió algo extraño. Las hojas del pequeño matojo comenzaron a zarandearse y moverse con brusquedad, como si un animal rabioso fuera a salir de golpe dispuesto a atacarlo. Brais se colocó en guardia, atento a cualquier cosa. Pasaron unos segundos en la misma situación, pero en el momento en el que creía que por fin la bestia iba a salir de su escondite una extraña sensación comenzó a aparecer en la boca de su estómago y subió hasta su garganta, quemándole por dentro. Se llevó las manos al cuello en un intento por apaciguar la picazón sin embargo, en el momento que cerró los ojos por el incesante picor, despertó.