Capítulo 3: Lealtad III

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Wen Chao lo había atrapado.

El destino le había jugado una mala pasada, y ahora, bajo el yugo de los Wens, Wei WuXian estaba a merced de aquellos que habían destruido todo lo que una vez amó. Habían logrado capturarlo mientras esperaba, con esperanza, que Jiang Cheng despertara y bajara de la montaña, ambos con la promesa de reencontrarse en el pueblo cercano al costado del lugar, en aquella posada en donde se mantuvo esperando la llegada de su hermano. Pero el destino cruel se interpuso entre ellos, y lo que debía ser un reencuentro animado se convirtió en una pesadilla de la que no podría despertar.

En lugar de abrazar a su hermano, con sus ojos hundidos y su cuerpo débil como el de una persona del común, pero feliz de ver la vigorosa energía inundar cada facción de Jiang Cheng, en lugar de esa dulce fantasía, cayó en las manos inmundas de Wen Chao, ese ser repulsivo cuyo placer perverso era infligir dolor. No hubo demora en comenzar su tortura. Los golpes sucedían uno tras otro, como un martillo impío, destrozando su cuerpo ya moribundo, arrancando lo poco que quedaba de él. Cada herida ardía, cada fibra de su ser clamaba por misericordia, pero su alma estaba tan desolada, tan hundida en la desesperación, que el dolor físico ya no le importaba.

¿Qué era su sufrimiento comparado con la seguridad de Jiang Cheng? Si al menos tenía la garantía de que su hermano estaba bien, eso bastaba. Que estuviera rebosante de energía espiritual, intacto. Eso era lo único que lo mantenía en pie, el único consuelo que podía aferrarse mientras su cuerpo era triturado, hay un dolor en su vientre y supone que se trata de los puntos sin curar de la cirugía en medio de su ingenuidad, sin poder evitarlo se abraza a si mismo para evitar que cualquier golpe diera con ese lugar, enroscándose sobre si mismo en busca de proteger algo que realmente no sabe si continúa ahí, fue un instinto, fue su propia naturaleza de proteger a los más débiles.

Una patada dio contra su espalda con fuerza sacando una tos tosca y dolorosa de su garganta, los azotes sin curar de Zidian le hicieron ver blanco por un instante.

Patético.

Se sentía patético.

A esto se ha reducido el orgulloso chico reconocido por ser un maestro en las seis artes, que brillaba por si mismo con su talento prodigio.

Ahora no es más que un insulso humano con su cuerpo pintado de azul y negro.

De verdad, muy patético.

Cuando Wen Zhuilu, el infame "Mano que derrite núcleos", levantó su palma para atacar, Wei WuXian no pudo evitar sentir una amarga satisfacción en medio de su autodesprecio. No había nada que destruir, nada que derramar. Él estaba vacío, hueco, una cáscara sin alma ni poder, ni siquiera ambición, era como un títere cuyas cuerdas fueron cortadas, incineradas en el fuego. Quiso burlarse, mostrar una sonrisa amarga ante la sorpresa que reflejaba el rostro de su verdugo, mostrar sus dientes ensangrentados en una sonrisa de desafío. Pero el dolor y el agotamiento lo mantenían sumido en el silencio, incapaz de expresar siquiera esa mínima victoria.

Otra vez, patético.

Con el aliento entrecortado y las fuerzas apenas suficientes para mantenerse consciente, desafió a Wen Chao. Lo retó a matarlo, a terminar lo que había comenzado, con la promesa oscura de que si moría, regresaría como un espíritu resentido, un vengador espectral que no descansaría hasta ver a la secta Wen sumida en la misma destrucción que habían sembrado a los demás. Prometió que sus manos demoníacas serían las que derramarían la sangre de aquellos que prendieron fuego al hogar de Lan Zhan y lo hicieron derramas lágrimas por un padre fallecido, de aquellos que lastimaron a Jiang Cheng y se burlaron de las cenizas en donde estuvo su hogar, de aquellos que destrozaron su mundo. Sus palabras estaban cargadas de odio, de un rencor que lo consumía como veneno ardiente que fluía por sus meridianos vacío, el como si su propia sangre caliente se convirtiera en un océano gélido que lo dejó insensible a todo. Wen Chao y esa maldita mujer que lo acompañaba, esa arpía cuyo solo rostro le repugnaba, eran la encarnación de todo lo que despreciaba. Y al menos ella, aterrada, había cerrado la boca ante la furia oscura que emanaba de su mirada.

Latidos Ocultos [MDZS]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora