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En el imponente castillo del Este, las noches parecían tener un brillo especial cuando Rosé y Jisoo compartían tiempo juntas. Sin embargo, ultimamente, Rosé había notado algo diferente en su esposa. Jisoo, que siempre había sido encantadora y algo juguetona, ahora era un torbellino de coquetería y romance que la dejaba con las mejillas encendidas y una mezcla de emociones que no lograba descifrar del todo.

Era tarde, y Rosé estaba revisando algunos documentos importantes en su escritorio del estudio real. Los asuntos del reino parecían multiplicarse con cada día: tratados comerciales, informes de cosechas, y solicitudes de los nobles que exigían su atención constante. La luz de las velas iluminaba su rostro, haciendo brillar sus ojos cansados pero decididos. Justo cuando lograba concentrarse, sintió cómo unas manos suaves rodeaban su cintura desde atrás.

-Mi reina tan trabajadora. -murmuró Jisoo con una voz baja y aterciopelada, su aliento rozando la oreja de Rosé. -¿Cuánto más me harás esperar esta noche?

Rosé cerró los ojos por un momento, intentando mantener la compostura. El simple contacto de Jisoo hacía que su corazón latiera con fuerza, como si fuera una joven inexperta en el amor y no una mujer casada con la persona que adoraba.

-Jisoo, sabes que tengo mucho trabajo pendiente. -dijo Rosé, girando ligeramente para mirarla. Pero su voz sonaba menos firme de lo que esperaba.

Jisoo sonrió, esa sonrisa traviesa que parecía esconder mil pensamientos picantes. 

-Y yo tengo mucho amor pendiente de darte, ¿no crees? -Respondió, inclinándose lo suficiente para dejar un beso suave en el cuello de Rosé. -Deberías aprender a delegar un poco. Podrías empezar delegándote a mí por esta noche.

Rosé dejó escapar una risa entrecortada, mezcla de nervios y placer.

-Eres imposible. -susurró, pero no hizo ningún esfuerzo por apartarse.

-Soy tu esposa. -corrigió Jisoo, dejando sus manos deslizarse hasta los hombros de Rosé y comenzando a masajear suavemente. -Y como esposa, es mi deber asegurarme de que estés feliz... relajada...

Rosé sintió cómo el calor subía por su cuello. La tensión en sus hombros disminuía bajo el toque experto de Jisoo, pero su mente luchaba contra los pensamientos que ese gesto evocaba. Sabía hacia dónde se dirigía esa conversación, y una parte de ella deseaba abandonarse por completo a ello. Pero otra parte, la parte de reina responsable, la retenía.

-Jisoo, en serio, necesito terminar esto. El consejo espera mi decisión mañana. -dijo Rosé, intentando sonar convincente mientras recogía un pergamino.

-El consejo puede esperar. -replicó Jisoo, inclinándose más cerca hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del de Rosé. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que dejaba sin aliento. -¿Acaso crees que ellos te quieren tanto como yo?

Rosé sintió cómo su determinación flaqueaba. ¿Cómo podía resistirse a esa mirada? Jisoo era todo lo que siempre había deseado: fuerte, segura de sí misma, y profundamente amorosa. Su coquetería, aunque a veces abrumadora, era una expresión pura de su amor y deseo por ella.

-Jisoo, por favor... -empezó a decir, pero su voz se apagó cuando sintió que los labios de Jisoo rozaban los suyos en un beso suave, casi tentativo, como si estuviera probando sus límites.

Cuando Jisoo se apartó, sus ojos tenían un destello de ternura y pasión que hacía que el corazón de Rosé diera un vuelco. 

-No te pido mucho, amor. -susurró. -Sólo unos minutos para recordarte que, antes de ser reina, eres mi Rosé.

Rosé tragó saliva, sintiendo cómo las palabras de Jisoo resonaban en su corazón. Pero también sentía el peso de sus responsabilidades, una carga que no podía simplemente ignorar, por más que deseara hacerlo. Su mirada cayó sobre los documentos frente a ella, pero su mente estaba llena de la imagen de Jisoo, de su sonrisa, de sus manos que aún descansaban sobre sus hombros.

Princesa y Guardia [Chaesoo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora