2012

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Jamás pensó que la primera vez que pisaría la cárcel sería para ver al peor hombre que había tenido la desgracia de engendrarlo.

Jos Verstappen.

En realidad, jamás se esperó entrar a un lugar como ese.

Pero ahí estaba él junto a su hermana y mamá, la primera junto a él con un semblante quieto que no demostraba emoción alguna; el segundo, quedándose atrás hablando en la comisaría.

No iban solos, un oficial del lugar los escoltaba donde las celdas grupales se convertían en el techo de múltiples convictos, robos, asaltos a mano armada, culpables de conducir en embriaguez.

Tensó la mandíbula.

El hombre al que iban a ver no fue a parar en ese lugar por alguna de esas violaciones, claro que no, Jos siempre se iría por la puerta grande y justo un día antes del cumpleaños de su mamá.

Según escuchó, su padre fue arrestado el día anterior por un intento de asesinato, producto de haber sido el encargado de arrollar a su pareja (No la señorita Bakker, terminaron una semana después de Navidad) en Roemond. Según su madre le comentó—aunque muy por encima—que se habían llevado a la mujer en ambulacia con heridas y abrasiones graves. Pero eso no era lo que más le fastidiaba.

En lugar de estar festejando el cumpleaños número 37 de su mamá, despertándolo con un buen desayuno, yendo a comprar una torta y velas, riendo con él y en sí, ser su compañía, se vieron obligados a asistir a un hospital para visitar a la moribunda ¿novia? ¿ex-novia? No lo sabía, lo único que conocía de esa mujer era que se llama Kelly y es una aspirante a modelo o algo así.

Si tuviera que describir el pobre estado de la mujer sin duda utilizaría la palabra lamentable. Todo tipo de vendas surcaban por sus brazos y parte de su cara, no se quería imaginar las piernas. Cables de intravenosa surcaban por el dorso de su mano derecha y un monitor les recordaba a todos que la mujer aún seguía con vida. Ella les saludó con un gemido que sonó más como un zombie, la garganta seca le impedía hablar con normalidad y para su desdicha, su madre, como el ángel que era, se quedó un par de minutos haciéndole compañía, no preguntó nada, simplemente pidió permiso para tomar la mano de la mujer y acariciarla en un gesto de apoyo. Eso no quiso decir que no le dieron celos.

Luego de despedirse y pedirle perdón, ¿por qué pedía perdón?, se fueron rumbo a la comisaría a ver al criminal. Como siempre, Jos, en cuanto lo arrestaron, fue a lloriquearle a su mamá para que pagara y asi salir de la cárcel, cosa inútil pues no tenía monto; estaba a espera de investigación.

Él mismo se pregunta por qué accedió ir y si alguien más se lo cuestionara su respuesta sería "por mi hermana," aveces se molestaba mucho con ella, ¿no entendía que el hombre no la quiere? ¿Por qué aferrarse tanto a la esperanza? ¿Por qué extrañarlo? No lo entendía. Pero terminaba doblegándose, tal vez el sentimiento de hermano mayor podía más con él.

Saliendo de sus pensamientos, observó el interior de la celda frente a él, lúgubre con olor terrible a sudor. Había otros tres tipos dentro con Jos, un posible drogadicto, un joven con una expresión de mierda y un malote de turno con tatuajes en la cara.

—Verstappen. Cinco minutos.

Ese llamado no fue para ninguno de los jóvenes, sino para el hombre rubio que se levantó apresurado y los miró con una sonrisa, ¿que se creía?

Bajó la voz autoritaria del oficial, los tres hombres dentro de la misma celda voltearon a la pared, dándoles privacidad. Se le hacía tonto, ¿no era mejor llevarlos a una habitación privada así como en las películas?

Al parecer no, pues al segundo, el oficial le dijo que le darían quince minutos para hablar con ellos para después alejarse unos metros, aún siendo visible para ambos jóvenes.

Ik Hou Van Je, MamaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora