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"Él era demasiado orgulloso para admitirlo, pero en sus ojos, cuando la miraba, se notaba: ella era su principio y su fin, la única realidad en un mundo que le resultaba irrelevante sin ella"
—F. Scott Fitzgerald.
Edward
Me encontraba en la misma posición desde hace horas.
La cabeza me iba a estallar y el dolor de testículos no ayudaba.
Era como si cada punzación por parte de ambas partes se sincronizara en los dolores más insoportables que había llegado a experimentar.
Por más que trataba de acomodármela, no cedía, y la rabia acumulada llegó a tal grado que terminé por salirme de la cama yendo al baño.
Aún era de madrugada, casi por amanecer, los insípidos rayos de sol ya empezaban a colarse por los grandes ventanales.
Me di una ducha fría con la estúpida esperanza de que la erección bajara aunque fuera un poco.
No lo conseguí.
Me la jalé dos veces y tampoco.
A la tercera capturé el momento perfecto en mi mente y logré correrme, pero fue peor.
Quedé con más ganas que antes, con la mano hecha un desastre, mi semen escurriéndose por mis dedos causándome una sensación de fastidio inmediato.
Me duché de nuevo.
Terminé rompiendo el vidrio de la ducha con mi puño.
Mi rabia era algo que no podía controlar, menos cuando otras personas estaban involucradas y solo para joderme.
¿Sus vidas serán tan patéticas que tienen que meterse en la mía para buscar entretenimiento?
No soy una fuente de diversión, estoy lejos de ser eso.
Y si lo piensan, debo recordarles lo que son ellos y lo que soy yo.
Me coloqué unos pantalones de chándal, los nudillos solo los limpié dejando que sanaran solos.
Pasé por la habitación para coger el portátil, pero mi vista se dirigió a la chica que se removía debajo de las sábanas.
No estaba dormida, podría jurarlo.
La curva de su trasero se marcaba debajo de la manta haciendo que la verga me doliera aún más.
Tomé el aparato y salí.
Problema tras problema.
Cualquier persona que me conoce sabe que no soy alguien simpático y no me preocupo en lo más mínimo por serlo.