Día 9

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Por fin es viernes, último día de la semana.
Mi tía nos lleva a la escuela, porque mi mamá debe quedarse descansando.
Llegamos justo a tiempo.
Dos minutos más y habríamos llegado tarde.
Detesto la impuntualidad.
En la escuela ya no me importa; llevo llegando a tiempo todo el tiempo que he estudiado ahí, así que no me parece grave llegar tarde una que otra vez.
Pero detesto que alguien quede de verse a una hora contigo y se aparezca mucho después.
Entonces, como detesto que la gente sea impuntual, tampoco me gusta serlo.
Pero, en fin, yo no iba manejando, así que debía atenerme.
Mientras tanto, tú y yo seguimos hablando.
Sé que no deberíamos.
Sé que está mal.
Pero no quiero irme.
No quiero volver a lastimarte.

* * *

Estamos en hora libre.
Mary y yo estamos sentadas en una banca, leyendo un poco.
Las próximas dos clases son filosofía.
Ruedo los ojos ante la idea.
Antes no teníamos dos horas de filosofía seguidas.
Antes teníamos al profesor César.
El mejor profesor que he tenido y jamás tendré.
Es esa clase de profesores que te enseñan más que una materia.
Esos que se ganan tu corazón.
Esos que hacen que la clase sea disfrutada.
Esos que valen la pena.
Pero también se convirtió en uno de esos maestros que despiden injustamente.
Por lo que sabemos, todo fue a causa de un estúpido mal entendido, pero no había nada que nosotros, como alumnos, pudiésemos hacer para hacerlo volver.
Así que ahora tenemos un maestro nuevo.
Mauricio.
Todo lo opuesto al profesor César.
No utiliza el uniforme del colegio; probablemente aún no se lo han dado.
Es unos veinte años más joven que el profe César.
Y además, trabaja en una universidad por las mañanas.
A causa de esto, tuvimos un cambio de horario.
De ahora en adelante recibiremos la clase de matemáticas dos veces los días miércoles, mientras que los viernes tendremos dos horas seguidas con él.
Y ahí estábamos Mary y yo, dirigiéndonos a su clase, preparándonos para pasar sentadas una hora y media en el mismo sitio, escuchando a la misma persona, hablando sobre un mismo tema.
Justo cuando entramos al aula, queríamos tener en frente al profesor César.

* * *

Después de todo, la clase con Mauricio no fue tan mala.
Nada comparado con el profe César.
La verdad, me pregunto cómo nos habría impartido esa nueva clase el profe César.
No habíamos visto filosofía este año.
Durante el primer semestre el profe César nos había estado dando la clase de sociología.
En el segundo semestre nos impartiría filosofía.
O eso esperábamos.
Pero como siempre, las cosas no suelen salir como esperas.
Pasamos una hora sentados en el mismo sitio, pero a mí no me afectó mucho.
Se nota que él quiere enseñarnos, y el tema está realmente interesante, pero esa aula de clase nunca más será lo mismo.

* * *

Llego a mi casa a medio día.
Los viernes no hay entrenamientos.
Mi madre está en el hospital, pues tenía una cita médica.
Tú y yo seguimos hablando por mensajes.
No he podido dejar de hablarte.
Pero no debo dejar que eso pase de esta noche.
La casa está sola ahora.
Mi prima se fue a casa de una amiga, mi hermana y mi tía fueron a hacer mandados, y mi tío está en su oficina.
Observo el teléfono y no puedo evitarlo.
"¿Estás solo?," te pregunto.
"Para ti, siempre, Alice" me contestas, y sonrío.
"¿Te parece si te llamo y hablamos un rato?"
"Por supuesto," contestaste, y no hubo más que decir.

* * *

Hace poco hemos terminado la llamada.
Pasamos hablando toda la tarde, sobre todo.
Te conté cosas de mis días.
Me contaste cosas de tu casa.
Nos contamos todo y nada.
Así pasamos la tarde, como solíamos hacerlo.
Y estuvo mal.
Sé que estuvo mal.
Pero si voy a irme de nuevo, quería escuchar tu voz una vez más.
Seguimos mensajeando.
Tú vas de salida a comer con tu familia.
Yo tengo que esperar el momento adecuado para decirte que hoy es mi última noche contigo.
Pero tengo sueño.
No te duermas, Alice.
Solo voy a descansar un rato.

Mis Días Sin Ti.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora