↳ ❝Lisa jamás pensó que un simple viaje a Mallorca con sus amigos haría que su vida de un giro de 140 grados conociendo a la cantante del momento young miko.❞
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En el aeropuerto, la cara de dormida se me notaba a kilómetros. Me había quedado hasta las once de la noche preparando la maleta, revisando cada detalle como si mi vida dependiera de ello. Y aunque al final logré levantarme a tiempo, mi cuerpo todavía protestaba por la falta de sueño.
—¿Se me nota mucho la cara de dormida? —pregunté, frotándome los ojos mientras bostezaba.
Vicky me miró con una sonrisa tierna y negó con la cabeza.
—Estás preciosa, mami.
Rodé los ojos, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Son las once de la mañana y ya me estás poniendo roja...
Vicky se encogió de hombros con esa actitud despreocupada suya.
—Perdón, es que contigo es imposible.
Iba a responderle, pero en ese momento escuché el anuncio del altavoz llamando a los pasajeros de nuestro vuelo.
—¡El vuelo! —exclamé, tomando la mano de Vicky y apresurándome hacia la fila de embarque.
Ella se rio y me siguió el paso sin soltarme.
—Tranquila, bebé, no nos vamos a quedar.
Nos colocamos en la fila y, mientras esperábamos, me apoyé en su hombro, sintiendo cómo el sueño volvía a arrastrarme.
—Voy a dormirme en el avión —murmuré, cerrando los ojos por un momento.
—Hazlo, yo te cuido.
La forma en que lo dijo, con tanta naturalidad, hizo que mi corazón latiera más rápido. Me quedé en silencio unos segundos antes de susurrar:
—Gracias, Vicky.
Ella me besó la frente suavemente.
—Siempre, mi amor.
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El aterrizaje fue más suave de lo que esperaba, pero el cambio de clima se sintió de inmediato. Apenas bajamos del avión, el aire cálido y húmedo de Puerto Rico me envolvió, haciéndome soltar un suspiro. Miré a Vicky, quien sonreía como si estuviera en casa. Y, bueno, lo estaba.
—Bienvenida a mi isla, mami —dijo, rodeando mi cintura con un brazo y besándome la sien.
—Hace calor —murmuré, abanicándome con la mano mientras arrastraba mi maleta.
—Eso es porque estás demasiado vestida. Te dije que trajeras menos ropa —bromeó, guiñándome un ojo.
Rodé los ojos, pero sonreí. No podía evitarlo cuando Vicky estaba así, completamente en su elemento. Cruzamos el aeropuerto entre risas, recogimos el equipaje y nos dirigimos a la salida, donde un auto ya nos esperaba.
—¿Lista para conocer a mami? —preguntó Vicky, acomodándose en el asiento y lanzándome una mirada expectante.
Tragué saliva. Conocer a su mamá... eso sí que era un gran paso.
—Lista no sé, pero vamos.
Ella soltó una carcajada y tomó mi mano, entrelazando nuestros dedos.
—Te va a adorar, ya lo verás.
Mientras el auto arrancaba y el paisaje tropical pasaba ante mis ojos, sentí una mezcla de emoción y nerviosismo. Puerto Rico ya se sentía diferente a cualquier otro lugar, y algo en mi interior me decía que este viaje iba a cambiarlo todo.
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El aire estaba lleno de olores tropicales, el sonido de la ciudad comenzaba a filtrarse en el auto, y la ansiedad de conocer a la mamá de Vicky me hacía sentir como si fuera a dar un gran salto. Miraba cómo ella se recostaba en el asiento, confiada y relajada, mientras yo trataba de mantener una expresión tranquila.
—No te preocupes, mami es increíble. Te va a hacer sentir como en casa —dijo Vicky, notando mi incomodidad.
—Eso espero —respondí, intentando sonar más relajada de lo que me sentía.
El auto comenzó a avanzar por las calles de San Juan, y a medida que nos alejábamos del bullicio del aeropuerto, el paisaje comenzaba a volverse más verde y exuberante. El sol, aunque abrasador, parecía tener un brillo especial en Puerto Rico, como si la isla misma estuviera invitándome a ser parte de su magia.
—¿Siempre has vivido aquí? —le pregunté a Vicky para desviar mi mente de la preocupación.
—Sí, siempre. Aunque he viajado bastante, Puerto Rico siempre ha sido mi hogar. Este es el lugar donde todo comenzó para mí. Mi familia, mis amigos... es como una parte de mí que nunca se va, por más lejos que esté —explicó, su voz suavizándose un poco al pensar en ello.
Asentí, observando cómo las casas de colores brillantes y las palmas adornaban las calles. Podía sentir que cada rincón de la isla tenía su propio carácter, su propia historia, y me encontraba ansiosa por formar parte de todo eso. Pero el nerviosismo seguía allí, creciendo a medida que nos acercábamos a la casa de su madre.
Finalmente, llegamos. Una casa sencilla pero acogedora, con un porche lleno de plantas y una fachada pintada en un tono cálido que parecía reflejar la hospitalidad de la isla. Vicky se bajó primero, casi sin dudar, y se dirigió rápidamente hacia la puerta.
—Te dije que te iba a encantar —me dijo mientras me extendía la mano para ayudarme a salir del auto.
Tomé su mano, intentando calmar mis nervios, y juntos subimos los escalones. Cuando la puerta se abrió, apareció una mujer de mediana edad con una sonrisa cálida y los ojos brillando de cariño.
—¡Vicky, mami! —dijo, abriendo los brazos para recibirla. Luego, se giró hacia mí. —¿Y tú debes ser la chica que tanto habla de mí? Bienvenida a casa.
Sonreí nerviosa, tratando de imitar la naturalidad de Vicky mientras me acercaba.
—Sí, soy... un placer conocerte. Vicky me ha hablado mucho de ti.
La mujer rió suavemente, abrazándome también.
—Eso me han dicho. Pero tranquila, mija, aquí todo el mundo es bienvenido. ¡Y ya verás que serás parte de nuestra familia pronto! —su tono era tan cálido y genuino que no pude evitar relajarme un poco.
Nos llevó dentro, donde la casa olía a comida casera y a mar, un aroma que me hizo sentir inmediatamente como si estuviera en un lugar especial. El comedor estaba lleno de fotos familiares, y el aire acondicionado era un alivio tras el calor afuera.
A medida que me acomodaba, sentía que el viaje a Puerto Rico iba a ser más que solo unas vacaciones. Algo en el ambiente me decía que este sería un punto de inflexión en mi vida, y por más nerviosa que estuviera, algo me aseguraba que todo saldría bien.