Extra 4 parte 2.-

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Los seis meses de embarazo ya eran notorios, y Koska no se sentía del todo cómoda con su vientre hinchado y las partes faltantes de su armadura. No estaba obligada a vestirla durante el embarazo, pero se sentía más segura llevándola puesta. Aun así, ocultaba su abdomen con un poncho que Din le había comprado: lo bastante ligero para no darle calor y lo suficientemente abrigado para protegerla del frío. Era perfecto.

Koska acarició su vientre bajo la tela del poncho. Había decidido acompañar a Din en una misión sencilla. Se aburría en el Encubierto y estaba harta de que le negaran participar en las guardias y de que le repitieran que debía guardar reposo. Estaba cansada de "guardar reposo".—Me gustaría comer algo dulce —murmuró mientras caminaba junto a Din, tomándolo del brazo—. ¿Tal vez un helado?

—Cuando entreguemos la recompensa —respondió él, alzando una pequeña bolsa de tela ensangrentada, con una cabeza en su interior—. Te compraré uno para que lo disfrutes con tranquilidad en la nave.

Ella sonrió bajo el casco y asintió. Estaban en Ord Mantell, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras y parecía que en cualquier momento llovería. Entraron en un edificio. Koska pensó que los guardias dirían algo al verlos, pero simplemente los dejaron pasar. Subieron en un ascensor hasta el piso catorce, y bajaron allí.

Todo el piso era una mezcla de casino y bar. Había distintos humanoides, música fuerte, risas, gritos y alcohol por todas partes. El aire olía a especias... y a problemas.

—Qué vida... —dijo Koska con una risa, soltando ligeramente a Din sin separarse del todo. Lo siguió con paso firme hasta lo que parecía ser la mesa principal. Allí, una mujer de especie Togruta, con la piel roja y marcas blancas, fumaba, bebía y lanzaba fichas sobre la mesa con pereza.

—Mando —saludó ella con una sonrisa mientras Din arrojaba el saco sobre la mesa. La sangre ya estaba seca, por lo que no ensució nada—. Letal como siempre —agregó con satisfacción, haciendo una seña a uno de sus acompañantes, quien lanzó una bolsa de créditos hacia el mandaloriano.—¿Te quedas a beber un trago?

—Será la próxima vez —respondió Din, con cortesía, pero sin compromiso. Evitaba mezclarse demasiado con ese tipo de gente. Le daban un trabajo, lo cumplía, y eso era todo.

La mujer miró con interés a Koska, dejando escapar una risa ronca antes de dar otra calada a su cigarro.—Parece que conseguiste con quién pasar el rato, Mando —dijo divertida, observando el modo en que Koska se mantenía cerca de él—. Espero que te quite ese mal humor, querido.

Din no respondió. Solo hizo una ligera inclinación de cabeza. La mujer le hizo una seña con la mano, indicándole que podía marcharse.

—Hasta la próxima —añadió con sorna mientras tomaba una copa de licor.

Din giró sobre sus talones y Koska lo siguió de inmediato. Salieron del edificio sin prisa, dejando atrás el bullicio del casino. Afuera, el cielo seguía gris y el aire olía a humedad.

Caminaron un par de calles hasta encontrar un local iluminado con luces tenues. Era una especie de pastelería, aunque también ofrecía helados. Al verlos entrar, el encargado —un hombre bajito con delantal— casi se atragantó al ver a los dos mandalorianos armados cruzar la puerta. Pero cuando Koska, sin rodeos, pidió un bote de helado, el hombre se relajó notablemente.

Unos minutos después, salían del lugar con una bolsa en manos de Koska.

—¿Ya te dije lo mucho que te amo, Din? —dijo ella, abrazando la bolsa como si fuera un tesoro.

Our Own Way  [Finalizado]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora