Latidos que no sé leer
Hailey
Secaba platos sin mucha prisa, dejando que el trapo pasara una y otra vez sobre el mismo vaso, más por distracción que por necesidad. En la barra, Johny y Nicolle llevaban ya rato a lo suyo, discutiendo por cualquier tontería.
—¡Que no lo he roto yo, joder! ¡Te lo juro! —decía Johny, con ese tono de indignación exagerada que usaba siempre que intentaba salirse con la suya. —Deja de acusar me sin pruebas o llamaré a mi abogado.
—Claro, claro... ¿porque el vaso se ha partido solo del susto al verte, no? —le soltó Nicolle, apoyada en la encimera, mirándolo con una ceja levantada y los brazos cruzados.
—¡Oye! Que en este restaurante pasan cosas paranormales... objetos que se caen, cucharas que desaparecen, ¡misterios sin resolver!
—Sí, ya. Porque este lugar es un nido de fantasmas ¿no? —Cogió una servilleta y formo una bolita para lanzársela con fuerza. —Eso explica que tu cara espanté a todos los clientes.
—Lo que es, es un espectáculo cada día.—murmuré, sin dejar de reírme.
Y como era de esperarse, justo en ese momento apareció Billy. Con su cara habitual de pocos amigos, su sombrero de chef mal puesto y el delantal que parecía una bandera de guerra. Se apoyó en el marco de la cocina y nos miró como si hubiera pillado a sus hijos haciendo el tonto.
—¿Se puede saber qué hacéis? ¿Jugando a las cocinitas o trabajando? —gruñó.
—Estoy defendiendo mi honor, amigo. ¡He sido agredido! —dijo Johny, señalando la servilleta aún en el suelo como si fuera una prueba forense.
Billy puso los ojos en blanco.
—No soy tu "amigo". Y además a ti lo que te hace falta es trabajar el doble y hablar la mitad. No porque sea el negocio de tu familia significa que puedas hacer el vago. Y tú, Nicolle, deja de lanzarle cosas al inútil este, que luego rompéis los vasos y el precio te lo descuentan de tu sueldo.
—¿Sueldo? ¿Qué sueldo?—preguntó ella con una sonrisilla, pero sin moverse ni un centímetro. —A mí me pagan una miseria. Hasta ese vaso costaba más que mi sueldo de una semana.
—"Metete a trabajar al restaurante de tu tía" decían —murmuró Johny. —"Te pagará bien" decían. No te culpo a mi me paga incluso menos, y eso que soy de su mismo árbol genealógico.
Billy resopló y se volvió a meter en la cocina mascullando algo sobre "una panda de vagos con sueldo".
Yo me acerqué a la cafetera y la miré como si fuera a empezar un pequeño ritual. Puse un vaso de cartón debajo del grifo y dejé que el café negro cayera lentamente, espeso y humeante. El aroma me subió directo a la nariz, y no pude evitar poner una mueca.
No me gusta demasiado el olor a café pero ese era el que le gustaba a Josh. Siempre el mismo. Sin azúcar, sin leche. Fuerte, amargo, y caliente como el mismo infierno.
Miré el reloj. Las diez en punto.
Me quedé de pie, sujetando el vaso como si fuera lo único importante que tenía entre manos. Josh venía todos los días. Todos. A la misma hora, con la misma chaqueta negra sobre el traje de trabajo, la misma expresión medio seria, medio cansada. A veces ni hablaba, simplemente me daba las gracias y rozaba mis dedos más de lo estrictamente necesario al coger el vaso, causándome mariposas en el estómago.
Pero hoy no.
Hoy no estaba.
—¿Le estás echando miraditas al reloj otra vez? —me dijo Nicolle, que había dejado a Johny atendiendo una mesa y ahora limpiaba otra vacía, justo a mi lado. —Esperando pacientemente a que aparezca tu galán.
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Solo tú (1)
RomancePara Hailey Stone el amor supone la vulnerabilidad y dolor. Cada persona a la que alguna vez quiso no hacia más que aprovechar se de esa debilidad emocional. Josh Anthony es todo lo contrario a su chico ideal, un inmaduro, malcriado con dinero, que...
