Capítulo 28

280 18 16
                                        

¿Me quieres?

Hailey
El sol apenas filtraba su luz por las cortinas, dibujando líneas tibias sobre las sábanas. Yo estaba atrapada en ese punto dulce entre sueño y vigilia, con el cuerpo todavía pesado, cuando sentí una caricia recorrerme la espalda. No era un toque normal. Fue como si alguien hubiera deslizado la yema de los dedos con tanta suavidad que mi piel reaccionó sola, erizándose.

Me estremecí y abrí los ojos, un poco desorientada, y fue entonces cuando lo sentí más claro: el calor de su respiración contra mi cuello, el peso de su cabeza acomodada justo en el hueco entre mi cuello y mi hombro.

—Buenos días —murmuró Josh, su voz sonó grave y aún somnolienta, como si llevara horas ahí, esperando a que despertara.

No pude evitar sonreír, aunque seguía de espaldas a él.

—Buenos días... —susurré, dejando que mis labios rozaran la almohada.

Sentí cómo sus brazos se cerraban un poco más alrededor de mi cintura, como si al escucharme responder necesitara confirmar que de verdad estaba despierta.

Su pecho subía y bajaba despacio contra mi espalda, acompasando mi respiración.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —pregunté al fin, con la voz aún ronca.

Josh soltó una risa baja que me hizo cosquillas en el cuello.

—No lo sé... —susurró, pensativo—. Un rato.

—¿Un rato cuánto? —insistí, sonriendo pese a mí misma.

—Lo suficiente como para convencerme de que nunca quiero moverme de aquí —respondió, con sinceridad repentina. —Ni aunque ronques como un señor de ochenta años.

Solté una risa corta y en un momento, él dejó de hablar. No fue incómodo; más bien parecía que pensaba en algo. Sentí sus dedos dibujar líneas invisibles sobre mi espalda, con la paciencia de quien memoriza un mapa.

—Y...veintiuno —dijo, de pronto.

Fruncí el ceño, sin girarme.

—¿Veintiuno qué?

—Tienes veintiún lunares en la espalda.

Me volteé para mirarlo, y ahí estaba: recostado sobre un codo, observándome con esa expresión satisfecha.

—¿Me estás diciendo que te has puesto a contarlos?

—Desde que me desperté, sí —respondió con descaro—. Y no fue fácil, porque algunos son muy pequeños o poco visibles.

—Idiota. —dije, riendo.

—No. Soy un hombre que presta atención a los detalles. —Se inclinó un poco más—. ¿Sabes? Entre todos ellos, el número siete es mi favorito.

—¿El número siete? ¿Ahora les has puesto número?

—Claro. Está cerca de tu hombro. Parece un corazón. —Hizo una pausa, su mirada bajando por mi espalda como si la repasara de memoria—. Aunque el catorce me dio pelea.

—Josh... —negué con la cabeza, conteniendo la risa—. No puedo creer que hayas contado mis lunares como si fueran cromos.

—No son cromos, son... —se acercó hasta rozar mis labios con los suyos— puntos de referencia.

Lo empujé suavemente con la mano en su pecho, aunque no dejaba de sonreír.

—Deberías buscarte un pasatiempo.

Solo tú (1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora