CAPITULO 37

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Sin duda fue la noche más larga que cualquiera de ellos pudiera imaginar. Para los Galitzine, aquellas horas no eran solo interminables.

Eran un suplicio, una espera en la que cada segundo pesaba como una eternidad.

El hospital olía a desinfectante y desesperanza. Las luces blancas del pasillo resultaban insoportablemente frías; todo allí parecía diseñado para borrar cualquier atisbo de calidez. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales como un metrónomo macabro.

Los periodistas llegaron casi al mismo tiempo que las ambulancias. En cuanto se filtró en qué hospital estaba Alan, el lugar se llenó de flashes, micrófonos y voces inquisitivas. Como aves de rapiña, buscaban un titular, una exclusiva, aunque fuera a costa de destrozar la poca calma que quedaba.

Taylor: Por favor retírense - ordeno mientras intentaba hacerles frente — Los señores no están en condiciones de dar alguna entrevista.

— Solo queremos saber cómo se encuentra el joven Galitzine — replicó uno de los reporteros, su voz incisiva — y qué pasará con el anuncio que se dio en la gala.

— Solo serán unos segundos… joven Nicholas — otro periodista, un hombre alto de pelo castaño, intentó arrastrar la atención del rubio que estaba detrás del moreno — ¿Podría darnos una pequeña entrevista?

Taylor apretó la mandíbula, intentando mantener la compostura.

Taylor: Ya les dijimos que no se podrá, retírense o llamaré a seguridad.

Hubo un breve silencio, luego una oleada de murmullos decepcionados. Finalmente, los reporteros se alejaron, pero su marcha dejó tras de sí un vacío cargado de tensión. Tenían muy poca información, sí, pero era suficiente para convertirla en una exclusiva al día siguiente.

El reloj seguía su curso cruel. Las agujas avanzaban con lentitud mientras nadie salía de la sala de emergencias. Terrem intentó varias veces salir a buscar noticias, pero Marcus lo detenía con firmeza. La amenaza de aborto había sido grave y no podía arriesgarse.

Nicholas no pronunciaba palabra. Por más que Taylor trataba de hablarle, no obtenía respuesta. Estaba ausente, como si una parte de él se hubiera apagado.

Rogers, con la espalda encorvada, se sentó sin mirar a nadie. Akshay le ofreció café, pero el alfa ni siquiera alzó la vista. Sus manos temblaban levemente; sus ojos, fijos en el suelo, parecían vacíos.

Graciela se abrazaba las piernas mientras lloraba. Su llanto era apenas un murmullo, pero desgarrador. Sarah la había llevado a comer algo, pero solo probó un trozo de pan antes de apartar el plato.

Las dos de la mañana llegaron como un golpe seco. De pronto, la puerta de la sala de emergencias se abrió. El doctor salió, su expresión seria, con la bata aún manchada de sangre.

— Familiares del joven Galitzine.

Todos se pusieron de pie al instante.

Rogers: Somos nosotros — respondió, con voz rota y esperanza en los ojos.

— El veneno que el joven Alan consumió es muy raro y letal. Puede dañar las venas, las defensas… incluso descomponer órganos enteros. En el peor de los casos, llega al corazón — Nicholas tragó saliva y asintió débilmente — Seguro el joven Alan vomitó sangre — continuó el médico — Ese es uno de los efectos. Este veneno actúa al instante. No espera ni un segundo.

Rogers: Pe-pero doctor… ¿cómo está mi hijo? — balbuceó.

Hubo un silencio que se extendió demasiado, al punto de parecer eterno. Graciela se llevó las manos a la boca esperando lo peor; Taylor bajó la mirada. Hasta el aire parecía haberse detenido.

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