CHAPTER TWENTY TWO

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𝐂𝐇𝐀𝐏𝐓𝐄𝐑 𝐓𝐖𝐄𝐍𝐓𝐘 𝐓𝐖𝐎

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UNA NIEBLA ESPESA CUBRÍA LA COSTA, y el mar parecía un espejo gris que devolvía solo el reflejo del desastre. En el horizonte, las velas negras de la flota de Grimmel se deslizaban como bestias silenciosas, arrastrando consigo el eco lejano de los rugidos. Los dragones se perdían en la distancia, convertidos en sombras encadenadas.

Nadie hablaba.

El campamento estaba inmóvil, aturdido, como si el mundo se hubiese detenido al mismo tiempo que ellos. Hipo permanecía junto a la orilla, con los brazos caídos y la mirada fija en el horizonte. Astrid, a su lado, intentaba sostenerlo con palabras que él no oía.

—No es tu culpa —murmuró ella por enésima vez—. Lo hiciste todo por protegerlos.

Pero él no la miraba.

Tenía el rostro cubierto de sal y polvo, las manos temblorosas y los labios apretados, conteniendo una culpa que le consumía el pecho.

—Era mi plan... Los arrastré a esto. A todos.—susurró al fin, apenas audible—. La decepcioné...

Astrid bajó la mirada, sabiendo perfectamente a quien se refería, sin poder evitar mirar en su dirección.

Patapez mantenía la cabeza baja, los gemelos se movían inquietos, sin saber si bromear o llorar. Patán se limitaba a cruzar los brazos, mordiéndose el labio.

Todos esperaban una señal, algo que los devolviera a la vida. Y esa señal, sin saberlo, estaba unos metros más adelante.

Hilda no se movía.

VALHALLA | how to train your dragonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora