138. A goodbye for us?

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Se lo dije sin rodeos, porque si dudaba un segundo no iba a poder hacerlo.

—No voy a Boston.

Scott levantó la cabeza de inmediato. Estábamos en la cocina, de noche, con la luz apagada y solo el reflejo de la calle entrando por la ventana.

—¿Qué?

—No voy a estudiar contigo —repetí—. No voy a quedarme aquí.

Dejó la taza sobre la mesa con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más.

—¿Entonces a dónde vas?

Respiré hondo.

—A Cambridge.

Dijo mi nombre en voz baja, casi como una súplica.

—Eso no era lo que habíamos planeado.

—Lo sé —respondí—. Y por eso duele tanto.

Me apoyé en la encimera para no caerme.

—Boston es seguir siendo quienes éramos —continué—. Es fingir que puedo construir algo nuevo sin haber sanado nada. Cambridge es... irme lo suficientemente lejos como para no tener que sostenerme por nadie.

Scott dio un paso hacia mí.

—Puedo ir contigo.

Negué con la cabeza, sintiendo las lágrimas arder.

—No —dije—. Necesito hacerlo sola.

—¿Por qué? —preguntó, con la voz rota—. ¿Por qué sin mí?

Lo miré a los ojos, y ahí fue cuando me quebré de verdad.

—Porque te amo —susurré—. Más que nunca.

Eso lo desarmó.

—Y porque cuando te tengo cerca —continué— quiero ser fuerte, quiero estar bien, quiero prometerte cosas que ahora mismo no puedo cumplir. Si me quedo contigo, voy a fingir. Y no quiero mentirte.

Las lágrimas cayeron sin permiso.

—Necesito sanar sin ser la Becca que se esfuerza por no romperse delante de alguien que ama —dije—. Necesito caerme sola para poder levantarme.

Scott negó con la cabeza, desesperado.

—No quiero ser algo de lo que tengas que alejarte para sobrevivir.

—No lo eres —respondí rápido—. Eres lo mejor que tuve en medio de todo esto. Pero incluso lo mejor puede doler cuando no estás lista para sostenerlo.

Hubo un silencio largo. Pesado.

—¿Esto es un adiós? —preguntó al final.

Tragué saliva.

—Es un "no sé" honesto —dije—. No sé quién voy a ser cuando sane. No sé si voy a volver. Y no quiero pedirte que me esperes mientras descubro si puedo seguir existiendo.

Me acerqué un poco más, sin tocarlo.

—Solo espero —susurré— que algún día puedas perdonarme por irme. No por dejar de amarte... sino por amarte lo suficiente como para no quedarme rota a tu lado.

Scott cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas.

—Cambridge —dijo—. Donde nadie te conoce.

—Donde puedo empezar sin ser un recuerdo —asentí.

Nos quedamos mirándonos, con todo lo que no iba a pasar entre nosotros flotando en el aire.

No nos abrazamos. No hicimos promesas.

Y aun así, cuando me di la vuelta, sentí que estaba dejando atrás una parte de mí que jamás iba a recuperar.

Pero sabía, con una certeza dolorosa, que quedarme habría sido perderme por completo.

Scott no dijo nada más.

Eso fue peor que cualquier grito.

Se quedó quieto unos segundos, mirándome como si intentara memorizarme y olvidarme al mismo tiempo. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo tragaba saliva una y otra vez, buscando una respuesta que no iba a llegar.

—No puedo quedarme aquí —dijo al fin, con la voz dura—. No así.

Asentí, aunque cada parte de mí quería suplicarle que no se fuera de esa manera.

—Lo entiendo.

Se rió sin humor.

—No, no lo entiendes —respondió—. Me estás pidiendo que acepte perderte mientras finges que es por amor.

La frase me atravesó como un golpe.

—No estoy fingiendo —susurré.

—Tal vez no —dijo, acercándose a la puerta—. Pero igual duele.

Tomó su chaqueta con brusquedad. El sonido de la cremallera fue ensordecedor en el silencio de la casa.

—Te vas a Cambridge —continuó, sin mirarme—. Te vas a borrar. Y yo me quedo aquí con todo lo que no dijimos.

No supe qué responder. Porque tenía razón.

—Ojalá algún día entiendas lo que acabas de hacer —dijo, ya con la mano en la manija.

—Ojalá algún día puedas perdonarme —contesté, con la voz rota.

Scott se detuvo. Por un segundo pensé que iba a volver, que iba a abrazarme, que iba a decir algo que nos salvara de ese final.

No lo hizo.

—No te prometo nada —dijo—. Ni siquiera que no te odie un poco por esto.

La puerta se cerró con un golpe seco.

No grité. No corrí tras él.

Me quedé ahí, de pie, sintiendo cómo el aire abandonaba la habitación.

Cuando sus pasos desaparecieron por completo, mis piernas cedieron.

Caí al suelo y llevé las manos a mi rostro, intentando contener un llanto que ya no tenía forma. Me dolía el pecho, como si el corazón estuviera tratando de escapar de un cuerpo que no podía sostenerlo.

—Lo siento —susurré al vacío—. Lo siento tanto.

Amarlo había sido fácil.

Dejarlo ir estaba siendo insoportable.

Me quedé ahí mucho tiempo, rodeada por el silencio que él dejó atrás, preguntándome si algún día ese dolor iba a convertirse en algo parecido a la paz...
o si Cambridge solo sería otro lugar donde aprender a extrañarlo.

Aeternum.#OTL3Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora