Escena Extra

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Bienvenida, mi dulce Mi'te

Tuktirey ya no era una niña.

El mar la había criado como si siempre le hubiera pertenecido, aunque hubiera nacido entre árboles y raíces. Se quedó en Awa’atlu por elección, no por obligación. Allí encontró el amor, no uno de guerra ni de tragedia, sino uno suave, de manos cálidas y risas compartidas bajo el agua. Su amigo de la infancia se volvió su compañero de vida, y juntos llenaron el arrecife de voces nuevas.

Tuvieron hijos.

Y cada uno creció escuchando la misma historia.

La de Mi’te.

La hermana mayor que había sido valiente.
La que había amado.
La que había muerto demasiado pronto.
La que Tuk amaba con el alma.

Tuk nunca dejó que su nombre se desvaneciera. Lo decía en voz alta, lo repetía como una oración. Les contaba cómo era su risa, cómo nadaba, cómo miraba el mundo como si siempre estuviera protegiendo algo.

Y con los años, el mundo fue llevándose a todos.

Jake y Neytiri.
Kiri.
Lo’ak.
Neteyam.
Sus hermanos crecieron, hicieron sus propias vidas, y uno por uno se convirtieron en recuerdos.

Incluso Ao’nung, que había sido tan devoto a Mi’te, se fue.

Y al final solo quedó Tuk.

Vieja ya, pero con el corazón lleno de nombres que nadie más pronunciaba.

A veces miraba el mar y se preguntaba cómo se vería Mi’te ahora. Si su cabello sería más largo, si sus ojos aún tendrían esa luz, si seguiría riéndose de la misma manera.

Nunca dejó de imaginarla.

Hasta el día en que una de sus hijas entró en labor de parto.

Tuk estuvo ahí, sosteniéndola, susurrando palabras suaves mientras una nueva vida llegaba al mundo. Cuando el llanto de la bebé llenó la habitación, algo en el aire cambió.

— ¿Cómo la llamarás? —preguntó Tuk, con la voz temblorosa.

Su hija la miró con una sonrisa llena de amor.

— Mi’te.

Tuk sintió que el pecho se le apretaba.

— En honor a tu hermana —dijo su hija—. Sé cuánto la extrañas.

Las lágrimas no pidieron permiso.

Cuando Tuk tomó a la pequeña en brazos, su respiración se detuvo.

El patrón bioluminiscente de la bebé brillaba suavemente… idéntico.
El mismo dibujo.
La misma luz.

Como si el océano hubiera copiado una memoria.

Tuk la abrazó contra su pecho.

— Serás una gran guerrera —susurró—. Mi pequeña Mi’te.

Y por primera vez en décadas, no sintió solo tristeza.

Así como Mi’te la había protegido cuando eran jóvenes.

Ahora, Tuk la protegería a ella.

Mi pequeña Mi’te.

Tuktirey pasaba cada vez más tiempo con su nieta Mi’te.

No porque los demás no la quisieran, sino porque había algo en esa niña que la llamaba tanto. Tuk la llevaba a nadar temprano, cuando el mar aún estaba tranquilo y la luz del sol apenas empezaba a atravesar el agua. La sentaba junto a ella en la orilla del arrecife, le contaba historias que nadie más recordaba, le cantaba canciones que su madre Neytiri le solía cantar. Incluso, le contaba historias sobre sus hermanos.

Mi’te escuchaba con los ojos muy abiertos.

Y a veces, cuando sonreía, el corazón de Tuk se detenía un segundo.

Porque era la misma sonrisa.

La misma forma en que su hermana mayor sonreía antes de lanzarse al agua, antes de hacer una pequeña travesura que involucraba ser regañados por Jake y Neytiri.

No era solo el patrón bioluminiscente, idéntico, como si Eywa lo hubiera calcado con cuidado. Era la manera de moverse. La forma de inclinar la cabeza cuando algo le daba curiosidad. La forma de proteger a los más pequeños sin que nadie se lo pidiera.

Un día, mientras caminaban por la orilla, Mi’te se detuvo a ayudar a un niño Metkayina que se había caído. Lo hizo sin pensar, sin buscar recompensa. Solo lo ayudó… y siguió caminando.

Tuk se quedó mirándola.

Así era Mi’te.
Su Mi’te.

Las lágrimas le llenaron los ojos, pero no eran solo de tristeza.

— Te pareces tanto a ella —susurró—. Tanto que a veces siento que estoy soñando.

Mi’te levantó la vista.

— ¿A quién?

Tuk sonrió con suavidad.

— A mi hermana. Era valiente. Y buena. Y amaba sin miedo.

La niña no entendía del todo, pero tomó la mano de Tuk.

Y ese gesto…
Ese gesto era exactamente igual.

Tuk la apretó con cuidado, como si temiera que si la soltaba, la memoria se deshiciera.

Tal vez Eywa no le había devuelto a su hermana.
Tal vez nunca podría.

Pero le había dado algo que dolía y sanaba al mismo tiempo.

La oportunidad de volver a verla vivir.

En otra forma.
En otra vida.
Pero con la misma luz.

Mientras Tuk era abrazada por su nieta.

Por un instante no sintió brazos pequeño, sintió los de Mi’te.

Como si su hermana mayor estuviera ahí, envolviéndola desde algún lugar que no tenía tiempo ni muerte. Como si le estuviera diciendo sin palabras que todo estaba bien. Que ya no tenía que sostener sola tantos recuerdos.

Que había sido fuerte.
Que había sido valiente.

Su Tuk.

Y por primera vez en mucho tiempo, Tuk ya no se sentía sola.

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𝑳𝒐𝒗𝒆 𝑶𝒇 𝑻𝒉𝒆 𝑺𝒆𝒂 / 𝑨𝒐'𝒏𝒖𝒏𝒈Donde viven las historias. Descúbrelo ahora